Fragmentos del alma

Puertas abiertas

Por la mañana del lunes, Ricardo recibió una llamada del rector, quien le explicó lo sucedido con su hijo. Al notar que el hombre no parecía saber lo ocurrido en el último encuentro entre Kevin y Gabriel, el rector decidió no mencionarlo.

—Señor Jiménez, lamento profundamente lo ocurrido. El joven Guzmán y los demás estudiantes involucrados recibirán una sanción acorde a su participación.

—¿¡Una sanción!? —replicó Ricardo, alzando la voz con incredulidad—. ¡Ese muchacho casi destruye a mi hijo!

—Debe tranquilizarse, por favor —respondió el rector con tono pausado—. El joven Guzmán confesó lo sucedido, y eso evitó que lo expulsáramos. Pero los principales responsables, aquellos que actuaron con mayor violencia, sí serán expulsados de la institución.

—¿Y él no hace parte de esos abusones? —su voz temblaba entre enojo y frustración.

—Entiendo su malestar, señor Jiménez, créame. Pero su hijo se encuentra fuera de peligro, y haremos todo lo posible para que nada como esto vuelva a ocurrir.

Ricardo apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Estuvo a punto de soltar un insulto, un “váyase a la mier…”, pero sintió la mano de su esposa posarse sobre la suya, suave pero firme. Su mirada bastó para recordarle que no debía dejarse llevar.

Respiró hondo antes de responder.
—Más vale que cumpla su palabra.

—Le aseguro que así será.

La llamada terminó, y Ricardo permaneció unos segundos mirando el aparato, con el ceño fruncido y el corazón encendido por la impotencia. Aunque el castigo no le parecía justo, al menos sentía que se había hecho algo.

El resto del día transcurrió con una calma forzada. Gabriel, todavía frágil, pasó la tarde con su madre, quien lo llevó a visitar a su mejor amiga para distraerlo. Rieron, jugaron videojuegos y hablaron de todo menos del colegio. Por primera vez en días, Gabriel volvió a sonreír sin fingir.

Cuando cayó la noche y la casa se sumió en silencio, Gabriel regresó a su habitación. Se acurrucó entre las sábanas, dejando que el cansancio lo envolviera poco a poco. Cerró los ojos, dispuesto a dormir, cuando una voz familiar interrumpió sus pensamientos.

—Niño…

El corazón de Gabriel dio un salto.
—¡Dylan! —exclamó más alto de lo que quería.

—No grites, ¿quieres despertar a tus padres?

Gabriel se cubrió la boca enseguida.
—Lo siento —dijo con voz apenada, haciendo una leve reverencia al aire, como solía hacer cada vez que pedía disculpas.

—En serio, ¿siempre haces eso? No puedes disculparte con el aire, pareces un monje perdido.

—¡Es educación! —replicó Gabriel, inflando las mejillas.

—Sí, sí… educación, claro —rió suavemente—. En fin, tenemos que hablar. Sé que tienes muchas preguntas, pero no esperes que lo sepa todo.

Gabriel se incorporó un poco, abrazando la almohada.
—¿Sabes qué soy?

—Un humano, pero digamos que con… un sistema operativo algo diferente.

Gabriel soltó una risita.
—Eso suena muy raro.

—Bienvenido a tu vida, raro —dijo Dylan, dejando escapar un suspiro cansado, aunque su tono no perdía la calidez—. Escucha, niño, no te preocupes tanto por eso ahora.

—¿Qué pasó ayer?

—Te contaré…

Mientras hablaba, Gabriel escuchaba con atención. Cada palabra lo envolvía como un eco dentro de su cabeza. Cuando Dylan terminó, el niño permaneció en silencio, dejando que la calma lo llenara. Por fin, después de tanto tiempo, sentía que alguien lo cuidaba.

—Entonces… ¿eres como un superhéroe?

—Superhéroe no, enano. Digamos… un tipo con demasiadas responsabilidades.

Gabriel sonrió con suavidad.
—Pero me cuidaste.

—Claro. Para eso estoy. Y aunque me metas en más problemas, te cuidaré igual.

El niño bajó la mirada, conmovido.
—Gracias, Dylan.

—Bah, no tienes que agradecer. Solo hazme un favor: trata de no meterte en líos por una semana, ¿sí?

—No prometo nada —dijo, rascándose la nuca algo avergonzado.

—Sabía que ibas a decir eso.

Dylan rió, y esa risa resonó en su cabeza con una familiaridad que le hizo sonreír también.

—¿Hace cuánto estás conmigo?

—Desde que naciste. Siempre estuve escuchando todo, pero sin poder moverme ni hablarte.

Gabriel se quedó mirando al techo.
—Debe haber sido solitario.

—Un poco, sí. Pero ahora puedo quejarme en voz alta, así que algo gané.

El niño rió entre dientes.
—¿Y qué cambió?

—Supongo que tú cambiaste, niño. Has pasado por cosas duras, y eso abrió la puerta.

—¿Qué puerta?

—La que conecta nuestros mundos. Antes era solo oscuridad. Ahora, gracias a ti, podemos ver y movernos. Aunque todo fue a costa de tu dolor.

—¿Y la transformación? —preguntó con cautela.

—Es como cambiar de asiento. A veces estás tú al volante, otras veces nosotros.

—¿Por qué no recuerdo nada?

—Porque no estás listo para recordar. Créeme, es mejor así. Aunque te conté lo que sucedió, no es lo mismo que recordad lo que se sintió el sufrirlo.

Gabriel frunció el ceño.
—Podríamos intentarlo otra vez, ¿no? Solo para ver qué pasa.

—¿Intentarlo? Claro, ¿por qué no? De paso me consigo un infarto mental.

Gabriel rió, tapándose la boca para no hacer ruido.
—No seas exagerado.

—No soy exagerado, soy realista. Tu cuerpo sufre cada vez que cambiamos. ¿No te sentías débil?

—Sí… pero no tenía heridas.

—Porque las curé. Pero eso no significa que no te duela. No quiero verte desplomado otra vez. — Dylan recordó como se veía en su mente cuando él estaba al mando.

—¿Otra vez?

—Nada, olvídalo —murmuró con un tono divertido—. Lo importante es que estés bien.

—A veces pareces mi hermano mayor.

—No lo parezco, lo soy. Aunque uno bastante más gruñón, supongo.

Gabriel sonrió.
—Sí, bastante.

—Sigue así y te cambio el apodo de “niño” por “molesto”.

El pequeño rió, y el ambiente dentro de su mente se volvió cálido, casi familiar.



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En el texto hay: traumas, drama, transformaciones

Editado: 30.01.2026

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