La luz del sol se coló por la ventana de Gabriel, que se despertó al sentir el cálido resplandor sobre su rostro.
El ambiente en casa era tranquilo, casi reconfortante. Laura le preparó el desayuno y llamó a la familia para comer juntos en la mesa.
Era época de vacaciones, y por fin, Gabriel sentía una leve calma dentro de sí. Después de comer, le pidió permiso a su madre para salir a jugar.
Apenas estuvo solo, la voz de Dylan resonó con ese tono firme que usaba cuando quería darle una instrucción importante.
—Ahora que estamos solos, quiero probar algunas cosas.
Gabriel se detuvo, sabiendo que aquello no era un simple experimento.
Dylan continuó con voz serena pero seria:
—Tu cuerpo no resistirá que esté cambiando de lugar contigo constantemente. Pero eso puede cambiar. Por el momento, no lo haré a menos que se trate de algo de extremo peligro para ti.
Gabriel asintió, y Dylan prosiguió:
—El último incidente con Logan me dio una idea.
Entonces Dylan abrió ligeramente la puerta que los unía y se quedó de pie allí. En ese instante, Gabriel sintió cómo su cuerpo cambiaba muy ligeramente: creció un poco y una sensación de fuerza recorrió sus músculos.
—¿Qué está pasando? —preguntó sorprendido.
—Estoy pasando parte de mi esencia —explicó Dylan—. Es lo mismo que ocurrió el día que Logan, por querer jugar, abrió la puerta. Él no cambió por completo contigo, solo te transfirió su esencia, no su conciencia.
Dylan abrió un poco más la puerta. El cuerpo de Gabriel volvió a crecer, pero esta vez comenzó a sufrir; soltó un pequeño quejido al sentir cómo sus huesos se expandían. Dylan cerró la puerta de inmediato, y Gabriel regresó a la normalidad, cayendo de rodillas con la respiración agitada.
—Bien, niño —dijo Dylan con calma—, como puedes notar, ese es tu límite. Puedo darte algo de fuerza sin que sufras, pero será mínima.
—En… entiendo… —balbuceó Gabriel, aún jadeante—. ¿Qué… debo hacer… entonces?
—Debes entrenar tu cuerpo todos los días, hasta que cambiar conmigo no te cause dolor.
—¿Cuánto tiempo durará eso?
—Podrían ser años. Hay que estar preparados para cualquier peligro. Además, mientras descubrimos por dónde empezar nuestra investigación, sería mejor anticipar cualquier obstáculo, y el cuerpo es algo que debe estar bien preparado.
—De acuerdo.
Dylan se cruzó de brazos.
—Hay algo más. Antes, para Logan y para mí, salir o cambiar contigo era imposible. Eso significa que tú eres quien nos permite hacerlo. Ahora es fácil porque sabes de nuestra existencia, pero si tu mente no se mantiene estable, podrías limitarnos. Por eso debes entrenarla también.
—¿Cómo lograré hacer eso? —preguntó Gabriel con cierta inquietud.
—Eso tendremos que averiguarlo —respondió Dylan, esbozando una leve sonrisa—. Pero sé que debes mantener tu mente estable.
Gabriel asintió, decidido a hacerse más fuerte y llegar al fondo de todo lo que ocurría.
Los días siguientes se convirtieron en una rutina exigente.
Cada mañana, mientras el sol apenas despuntaba, Gabriel salía al patio trasero y comenzaba con los ejercicios que Dylan le había indicado. Al principio apenas podía mantener el ritmo; sus brazos temblaban con cada flexión, y el sudor le corría por la frente antes de completar siquiera la mitad de la rutina.
—Vamos, enano, tus músculos no van a fortalecerse solo con quejas —decía Dylan con tono burlón para motivarlo.
—¡Ya lo sé! —respondía Gabriel entre jadeos—. Pero es muy difícil.
—Más difícil es ser el centro de las burlas de la escuela, y tú pasaste por eso.
Aquellas palabras, a pesar del sarcasmo, lo impulsaban a seguir.
Con el paso de las semanas, su cuerpo comenzó a responder mejor. Cada movimiento era menos torpe, cada respiración más controlada. Laura, sin saber los motivos reales de su empeño, lo miraba con orgullo al verlo tan disciplinado.
Por las tardes, cuando el cansancio lo vencía, Gabriel se recostaba y pensaba en cómo podría fortalecer su mente.
—¿Descubriste cómo fortalecer tu mente? —preguntó Dylan.
—No, pero seguiré intentando ser fuerte.
A veces, la voz de Logan irrumpía de fondo, risueña:
—¡O puedes imaginar monstruos y luchar con ellos! ¡Eso sería muy divertido!
—¡Logan! —reclamaba Dylan con fastidio.
—¿Qué? Inténtalo y verás lo divertido que es —dijo el pequeño, haciendo mímicas de combate contra enemigos invisibles. Aquellas escenas tan absurdas hicieron reír a Gabriel hasta las lágrimas.
Esa dualidad dentro de su cabeza, aunque caótica, lo hacía sentir menos solo.
El tiempo avanzaba entre risas, caídas y progresos.
Su cuerpo se fortalecía, sus reflejos mejoraban, se sentía ágil y ahora lograba superar las rutinas básicas de entrenamiento que Dylan le enseñaba.
Después del entrenamiento, Dylan quiso probar el progreso de Gabriel llevándolo a ese lugar donde nadie podría verlo. Esta vez dejó escapar más parte de su esencia, y Gabriel lo resistió bien.
—Nada mal, niño. Antes habrías caído al suelo gritando.
Gabriel sonrió con orgullo.
—Entonces… ¿voy mejorando?
—Sí, pero aún estás lejos de lo que necesitarás ser.
Dylan lo miró con seriedad, como si sus ojos invisibles traspasaran el alma de Gabriel.
—Prepárate, porque este entrenamiento ya no será suficiente. Deberemos aumentar la intensidad.
Gabriel asintió con una mirada decidida.
Las vacaciones estaban por terminar, y sabía que debía llevar su entrenamiento a otro nivel. Estaba dispuesto a todo con tal de entender lo que era y llegar al fondo de su propia verdad.
Entonces se le ocurrió algo. Corrió hacia donde estaba su madre y, con el corazón latiendo con fuerza, le pidió algo que sabía que ella no aprobaría fácilmente… pero también sabía cómo convencerla.
Editado: 30.01.2026