Fragmentos del alma

Entre cuerpo y mente.

El amanecer traía consigo una brisa fresca, cargada del olor a tierra húmeda. Gabriel caminaba junto a su padre por una calle tranquila, donde el bullicio de la ciudad apenas se oía a lo lejos. En su pecho, los nervios y la emoción se mezclaban como una marea imposible de contener.

Ricardo lo miró de reojo y sonrió.

—¿Listo?

—Sí —respondió Gabriel con un leve temblor en la voz, ajustándose la mochila—. Aunque no sé qué esperar.

—Tu abuelo conocía al dueño de este lugar. Jamás pensé que tendría que traerte aquí. —Se agachó hasta ponerse a la altura de su pequeño hijo—. Todo estará bien. Vas a aprender a defenderte y podrás controlar tu mente y tu cuerpo. Así tomarás decisiones adecuadas.

Al escuchar que también entrenaría su mente, Gabriel supo que había hecho lo correcto al pedir entrar a un lugar así.

Frente a él, un gimnasio con una inscripción en el portón: “Academia Yūjin.”

La academia no era lo que imaginaba. No había lujos ni equipos brillantes, solo un amplio salón de madera, el sonido de pisadas firmes y un grupo de estudiantes practicando con concentración. El olor a sudor, esfuerzo y dedicación impregnaba el ambiente.

Un hombre alto, de complexión fuerte y mirada serena, se acercó a recibirlos. Su voz era profunda, pero tranquila.

—Bienvenidos a la Academia Yūjin —dijo el hombre, saludando a Ricardo—. Tiempo sin verte, Ricardo.

—Así es, Leo —respondió Ricardo, estrechándole la mano—. Hijo, él es Leonel, un viejo amigo. Es el hijo del dueño.

—Mucho gusto —dijo Gabriel con una leve inclinación de cabeza—. Me llamo Gabriel.

El maestro bajó la mirada hacia el pequeño, que lo observaba con mezcla de respeto y timidez.

—Tu padre me contó que quieres aprender a defenderte —comentó con una leve sonrisa—. En tus ojos veo determinación, y este es el lugar correcto para pulirla. —Lo miró detenidamente—. Pareces un niño fuerte.

—Es que estuve haciendo ejercicio —respondió algo apenado, con las mejillas ligeramente rojas de la vergüenza.

—Bueno, niño, no te pienso permitir fallar —dijo Dylan dentro de su mente con tono burlón, aunque alentador.

Gabriel reprimió una sonrisa nerviosa.

—No pienso hacerlo —respondió mentalmente.

El maestro Leonel observó ese leve cambio de expresión y asintió con aprobación.

—Empezaremos despacio. Aquí nadie corre sin antes aprender a caer.

Ricardo colocó una mano en el hombro de su hijo.

—Te dejaré aquí. Confío en ti. —Despeinó un poco a su hijo antes de salir y dejarlo en aquel lugar.

Cuando su padre se marchó, Gabriel sintió el peso del silencio… y la emoción del inicio de algo nuevo.

Esa mañana no solo comenzaba un entrenamiento físico; era el comienzo de una nueva etapa.

El sonido seco de los golpes resonaba contra los sacos de arena. Gabriel observaba cada movimiento con atención, tratando de memorizar la forma en que los demás se movían. El maestro Leonel caminaba entre los alumnos, corrigiendo posturas y dando indicaciones con voz firme pero paciente.

—Empecemos con lo básico. Debes conocer tu propio cuerpo —se puso frente a Gabriel—. Debes aprender a coordinar tu cuerpo con lo que tu mente quiere.

—Está bien.

—Primero fortaleceremos tu cuerpo. —Tomó una cuerda para saltar y se la ofreció. Gabriel la tomó.

—¿Debo saltar la cuerda? —preguntó con una expresión inocente, sin entender bien qué debía hacer.

El maestro le enseñó cómo debía hacerlo.

—No se trata solo de saltar la cuerda. Debes hacerlo con un ritmo. Este ejercicio te ayudará a coordinar tus brazos y piernas.

El pequeño respiró hondo y se colocó en posición, intentando imitar lo que veía. Sin embargo, su pie resbaló un poco, perdiendo el equilibrio y cayendo al suelo. La cuerda quedó enredada en sus piernas, y el dolor de la caída lo hizo apretar los dientes. Frente a él, un par de pies se detuvo.

—¿Estás bien, novato?

Gabriel levantó la mirada y vio a un chico un poco mayor que él, de cabello oscuro y mirada serena. Lo ayudó a levantarse y a desenredar la cuerda.

—Soy Gerson —dijo con una leve sonrisa—. Tranquilo, a todos nos pasa el primer día.

—Ah… sí, gracias —respondió Gabriel, un poco apenado.

Antes de que pudiera decir algo más, una voz más fuerte interrumpió la escena:

—¡Oye, Gerson! ¡No digas tonterías! ¡Yo fui perfecto el primer día! —exclamó un chico pelirrojo con una sonrisa orgullosa al lado de Gerson.

—Sí, perfecto cayendo —replicó Gerson con una sonrisa.

—¡Me haces quedar mal! —respondió el pelirrojo con algo de vergüenza—. Me llamo Dan.

—Me llamo Gabriel, un gusto —dijo el pequeño, haciendo una ligera reverencia que descolocó un poco a los dos chicos.

—Oye, novato, ¿qué crees? ¿Que estamos en Karate Kid o algo así? —bromeó Dan con inocente burla.

—No lo molestes, cabeza de tomate —Gerson le dio una palmada en la cabeza—. Perdónalo, solo está emocionado de ver gente nueva.

—¡Oye! —intentó replicar Dan, pero la mirada asesina de Gerson lo hizo callarse.

Gabriel soltó una pequeña risita. Aunque era su primer día, ya se sentía cómodo.

—Está bien, todos siempre me preguntan por qué lo hago. Es solo algo que viene de familia.

Ambos se miraron, y Dan fue el primero en hablar.

—Me agradas. Creo que nos divertiremos mucho juntos.

Los tres chicos, después del pequeño accidente, empezaron a entrenar juntos.

Los primeros minutos fueron duros. Gabriel sentía los músculos tensos, la respiración acelerada y la frustración de no poder seguir el ritmo de los demás. Pero parecía aprender más rápido que muchos, incluso sorprendiendo al maestro y a sus dos nuevos compañeros.

Al final de la clase, Dan cayó de espaldas con un gemido.

—¡Ay! Creo que el nuevo ya me superó…

—Si te dedicaras a entrenar más y hablar menos… —rió Gerson, ayudándolo a levantarse.

—¡Oye! —protestó Dan.

Gabriel soltó una risita al ver la escena. Él también estaba cansado, pero se sentía feliz.



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En el texto hay: traumas, drama, transformaciones

Editado: 30.01.2026

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