Fragmentos del alma

Huellas del tiempo

La mañana trajo consigo un nuevo día. La semana apenas comenzaba, pero Gabriel sentía una paz que lo llenaba por completo.
La entrada a la escuela transcurría como de costumbre; Aura lo esperaba en la puerta para entrar juntos a clases.

Al cruzar el umbral del salón, Gabriel se tensó un poco. Sentado al fondo, estaba Kevin. Su castigo había terminado, y ahora regresaba a la escuela.

—¿Qué pasa, niño? ¿Estás nervioso? —cuestionó Dylan.
—Mentiría si dijera que no… —respondió Gabriel en su mente.
—Sabes que no puede lastimarte ya.
—Lo sé, pero no puedo evitar sentirme nervioso. Es la primera vez que lo veo después de lo que ocurrió.
—Solo respira… y tranquiliza tu mente.

Gabriel obedeció. Poco a poco, su pulso se estabilizó.
A su lado, Aura ardía de rabia contenida.

—Pensé que lo cambiarían de escuela después de lo que te hizo —exclamó la pequeña.
—Está bien… después de todo, debe terminar sus estudios —respondió él, intentando calmarla.
—Ahora que sabes defenderte, deberíamos vengarnos por lo que te hizo —añadió Aura, con los ojos encendidos, lanzando torpes golpes al aire.
Gabriel no pudo evitar reír al verla actuar así.
—No hace falta eso —dijo con una sonrisa tranquila.

Mientras tanto, Kevin, al verlos entrar, apartó la mirada. Sus manos temblaban de miedo al recordar su último encuentro con Dylan.

El sol del mediodía caía sobre el patio, tiñendo de dorado los muros y los árboles que se mecían suavemente con el viento. La rutina parecía la misma de siempre: risas, pasos, voces dispersas.
Pero entre la multitud, Gabriel caminaba con una serenidad nueva; su cuerpo y su mente se movían al mismo ritmo. A su lado, Aura lo acompañaba como una escolta dispuesta a defenderlo de cualquier peligro.

Gabriel soltó una risa cuando la vio haciendo gestos de combate.
Y entonces lo vieron.

—Deberías dejarme golpearlo una vez —murmuró ella con rabia contenida.
Gabriel soltó una pequeña risa.
—No hace falta, Aura.

Kevin estaba allí, junto al muro del patio, observándolo con un temblor apenas disimulado en las manos. Sus ojos ya no tenían el brillo altivo de antes, sino el peso de la culpa y el miedo.

Por un instante, sus miradas se cruzaron. Pero esta vez, el nerviosismo que antes lo dominaba ya no existía.
Gabriel avanzó, y Kevin retrocedió un paso sin darse cuenta.

El aire entre ellos se volvió pesado, como si la historia entera los envolviera una vez más. Pero Gabriel ya no era el mismo niño.

—¿Qué harás? —preguntó Dylan, con una voz más seria que de costumbre.
Gabriel respiró hondo y respondió en silencio:
—Nada.

Siguió caminando, pasando a su lado sin mirarlo de nuevo.

Kevin, en cambio, permaneció inmóvil. Sentía que sus pies estaban clavados al suelo.
Todos lo observaban: ya no era el chico temido, sino un pequeño gato asustado.
Y lo sabía. Nadie volvería a acercarse.

Desde ese día, la vergüenza sería su sombra, el miedo su compañero…
y la soledad, su castigo más profundo.

El tiempo siguió su curso.
Los días se convirtieron en meses, y los meses en años.
Sin darse cuenta, Gabriel había cumplido doce.

Su cuerpo cambió, su voz se volvió más profunda y su mirada adquirió una calma que imponía respeto.
Su piel morena brillaba bajo el sol, el cabello negro caía desordenado sobre su frente, y sus ojos grandes, ligeramente rasgados, reflejaban una determinación silenciosa.
En la academia lo llamaban “el de la mirada serena”, porque incluso en medio del cansancio, mantenía la calma de un lago en reposo.

Cada mañana comenzaba igual:
en el parque, corriendo bajo la bruma, seguía las rutinas que Dylan le marcaba mentalmente.
Sus músculos se habían formado con disciplina; era ágil, fuerte y rápido, pero también sabía detenerse para ver el amanecer.
Ese momento, donde el cielo se teñía de naranja, era su refugio. Allí encontraba la paz que necesitaba para continuar.

En la escuela, todo era distinto ahora.
La secundaria había comenzado, y quienes antes lo evitaban por miedo a Kevin, ahora lo respetaban.
Incluso algunos lo admiraban, pero él nunca perdió la humildad.

Aura, su inseparable amiga, seguía siendo su compañera de aventuras.
Había crecido también: su cabello rubio, lacio y largo, llegaba hasta la cintura; su piel blanca y sus mejillas naturalmente rosadas hacían que pareciera iluminar cualquier lugar al que entrara.
Donde Gabriel era calma, Aura era fuego.

—Te estás volviendo aburrido —dijo un día mientras caminaban hacia el aula.
—¿Aburrido? —repitió él, sonriendo.
—Sí. Antes eras más temeroso, pasaban cosas graciosas. Ahora, solo respiras hondo y sonríes.
—Eso se llama madurar.
—Eso se llama parecer un viejo —replicó ella riendo, empujándolo con el hombro.

Ambos rieron.
Aunque lo molestara, Aura lo admiraba. Se sentía más fuerte a su lado, como si nada pudiera dañarlos.

En la academia Yūjin, los cambios eran aún más evidentes.
Gabriel ya no era el pequeño aprendiz que tropezaba con la cuerda.
Sus movimientos eran precisos, fluidos, llenos de intención.

Gerson, su compañero de 16 años, se había convertido en una figura de guía.
Tenía el cabello negro azulado, piel trigueña y ojos marrones que siempre reflejaban calma. Su físico era fuerte, sólido como un muro, y su voz tenía ese tono sereno de quien sabe escuchar.
Era el equilibrio del grupo, el hermano mayor que siempre estaba dispuesto a aconsejar.

Dan, en cambio, era pura energía.
Con 14 años, su cabello rojo y su sonrisa traviesa lo delataban desde lejos.
Era el más alto del grupo y su físico ya se notaba más robusto, los brazos marcados por los entrenamientos y el entusiasmo de quien nunca se cansa.

Entre los tres había nacido una amistad inquebrantable.
Dan era la chispa, Gerson la calma… y Gabriel, el equilibrio entre ambos.



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En el texto hay: traumas, drama, transformaciones

Editado: 30.01.2026

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