Fragmentos del alma

Una herencia guardada en el silencio (Parte I)

La rutina de Gabriel seguía como siempre.

Aún antes de que el sol asomara por el horizonte, ya estaba de pie, repitiendo los entrenamientos que Dylan le había enseñado. Cada respiración, cada movimiento, seguía un ritmo casi mecánico, como si su cuerpo, por momentos, se moviera sin siquiera pensarlo.

Pero en las últimas semanas, su despertar ya no era tranquilo.

No eran los primeros rayos del amanecer los que lo recibían, sino un sueño que se repetía una y otra vez... aunque llamarlo "sueño" sería demasiado amable. Era más bien una pesadilla.

Un pasillo oscuro iluminado por luces rojas.

El sonido de alarmas lejanas.

Y una cápsula de cristal que vibraba, como si algo dentro intentara romperla.

Siempre despertaba justo antes de que el vidrio cediera, con el corazón latiendo tan fuerte que le costaba respirar.

-Esa pesadilla últimamente es recurrente - preguntó finalmente Dylan.

-Sí... y cada vez lo recuerdo con más detalle -respondió Gabriel, mirando sus manos temblorosas-. ¿También ves mis sueños?

-Vivo en tu mente niño, veo todo lo que esté relacionado contigo. - una risa orgullosa se dibujo en Dylan - soy como un guardián de tus sueños.

-Ósea que puedes evitar que tenga pescadillas - dijo el niño sonriendo

-bastante trabajo tengo ya con cuidarte para que sobrevivas.

Ambos rieron y el chico se calmo un poco. Aunque tenía la sensación que esos sueños se sentían muy reales decidió ignorarlos.

Esa mañana, mientras desayunaba, su madre le pidió un favor sencillo:

-Gabriel, ¿podrías ayudarme a ordenar las cosas del estudio de tu abuelo? Voy a donar algunas y guardar lo demás.

Él asintió distraído. No era la primera vez que su madre mencionaba ese lugar, pero hacía años que nadie entraba allí. El estudio de Han Cheng siempre había tenido algo de misterioso, casi sagrado; un espacio detenido en el tiempo, donde aún flotaba el olor a papel viejo y tinta seca.

El chico subió las escaleras y empujó la puerta. El leve chirrido de las bisagras rompió un silencio que parecía intacto desde hacía décadas.

La luz se filtraba por las rendijas de la persiana, tiñendo el polvo suspendido de tonos dorados.

-Vaya... -murmuró Gabriel-. No sabía que el abuelo guardaba tantas cosas.

-Era un hombre metódico -comentó Dylan, curioso-. Todo aquí tiene su lugar, y aun así parece un caos.

Gabriel sonrió apenas. Comenzó a limpiar los estantes, revisando viejos cuadernos, fotografías amarillentas, herramientas oxidadas. Entre las imágenes, reconoció a su madre de niña, al abuelo de joven... y a un hombre más, de mirada seria.

-¿Quién es ese? - cuestiono Dylan

-no lo sé, quizás un viejo amigo del abuelo. - respondió sin darle mucha importancia - Se ve un poco intimidante.

Siguió ordenando, hasta que notó que uno de los cajones del escritorio no abría del todo. Al tantear el borde, descubrió una pequeña pestaña oculta bajo la madera. Tiró con cuidado... y el mecanismo cedió.

Dentro, había un compartimiento secreto. Un pequeño dispositivo con un panel brillante y lo que parecía un lector de huellas descansaba en el fondo, cubierto de polvo.

Gabriel arqueó una ceja.

-¿Qué es esto? -murmuró, más curioso que precavido.

Sin pensarlo demasiado, colocó el dedo sobre el lector.

De pronto, una aguja diminuta emergió y le pinchó la yema.

-¡Auch! -exclamó, encogiéndose un poco. Una gota de sangre se deslizó por su dedo y fue absorbida por el dispositivo.

El panel emitió un breve destello rojo, seguido de un sonido mecánico casi imperceptible.

Entonces, una voz suave y metálica resonó desde dentro:

-Bienvenido, señor Cheng.

Gabriel se quedó inmóvil.

-¿Señor... Cheng? -repitió en voz baja, frunciendo el ceño-. Debe haber confundido mi sangre con la del abuelo.

El mecanismo zumbó suavemente y la tapa interior se abrió con un clic sordo. Dentro había un sobre ennegrecido por el tiempo, sellado con cera rota; papeles doblados, fragmentos de notas y esquemas científicos cubiertos de manchas.

Gabriel los observó en silencio, con el corazón acelerado.

Aquello no era una simple antigüedad familiar... y algo en su interior le decía que no debía haberlo encontrado. Entre ellos, una hoja destacaba por su título, apenas legible:

"Proyecto Mnemosyne - Fase experimental".

-¿Proyecto Menosyne? Intentó leer Gabriel

-Creo que lo que intentas decir es Proyecto Mnemosyne - Replico Dylan corrigiendo al niño un poco divertido al ver qué se le complicó pronunciar el nombre del proyecto.

Empezó a echarle una ojeada a los documentos y vio una foto de su abuelo en un laboratorio.

-Pensaba que tu abuelo era un electricista - hablo Dylan

-Y lo es, también me sorprende verlo en ese lugar.

Gabriel siguió revisando el contenido. Había informes con símbolos extraños, diagramas del cuerpo humano, anotaciones sobre "fragmentación" y "personalidades múltiples inducidas por transferencia".

El corazón del chico dio un vuelco

-Dylan... esto... -susurró.

-Sí... -respondió la voz en su mente, más grave de lo habitual- creo que puede que tenga algo que ver con nosotros.

Algunos documentos estaban quemados, otros incompletos. Pero en cada hoja parecía haber una conexión directa con las transformaciones, muy similares a lo que era Dylan.

-¿Por qué el abuelo tenía todo esto?-preguntó Gabriel con voz temblorosa.

-No lo sé, niño. Pero esto es la pista que esperamos por años -La voz de Dylan sonaba algo emocionada-. Hay un documento da la dirección de ese laboratorio

-deberíamos ir... - Susurro Gabriel

Gabriel guardó los documentos en silencio.

Sus ojos determinados a investigar lo que realmente eran ellos lo motivó, al fin encontrarían las respuestas que tanto tiempo habían esperado encontrar.

Siguieron los días en la escuela.

Gabriel intentaba actuar con normalidad, pero en su mente no dejaba de dar vueltas lo que había encontrado en el estudio de su abuelo. Cada palabra, cada imagen, se repetía como un eco imposible de acallar.



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En el texto hay: traumas, drama, transformaciones

Editado: 30.01.2026

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