Fragmentos del alma

Una herencia guardada en el silencio (parteII)

Esa noche estaba decidido a visitar el laboratorio, aunque las dudas lo asaltaban una y otra vez. No sabía si allí encontraría respuestas o si solo sumaría más preguntas a las que ya lo atormentaban.

El día se le había hecho eterno, como si el sol se negara a caer. Pero al fin, la noche se apoderó del cielo, envolviendo las calles en un silencio espeso.

Gabriel tomó su mochila, donde había guardado lo que creía necesario: una linterna, su libreta con los bocetos del mapa, guantes y una navaja suiza. Ajustó las correas sobre sus hombros y respiró hondo antes de salir de su habitación, procurando no hacer ruido.
Cerró la puerta con cuidado… y al girarse, se sobresaltó.

Una pequeña figura, de grandes ojos adormilados, lo observaba desde el pasillo.

—Hermano… —dijo la pequeña, con voz somnolienta.
—¡Xinyi! —susurró él, llevándose una mano al pecho—. Casi me matas del susto.
—¿Vas a salir? —preguntó ella, frotándose los ojos—. ¿Vas al parque?
—Sí… al parque —respondió, intentando sonar tranquilo.
—¡Quiero ir contigo! —exclamó la niña con entusiasmo, olvidando el sueño.

Gabriel se inclinó y la tomó suavemente de los hombros.

—Escucha —dijo con tono conspirativo—. Estoy en una misión secreta… de espionaje. Y tú serás mi compañera, pero tienes que guardar el secreto. Nadie puede saberlo.

Los ojos de la niña se iluminaron, fascinados por la idea.
—¿De verdad?
—De verdad —respondió con una sonrisa—. Pero por ahora necesito que duermas, ¿sí? Mañana te contaré cómo fue mi misión.

Xinyi asintió, somnolienta, y regresó a su habitación con una sonrisa en el rostro.
Gabriel esperó a que la puerta se cerrara por completo antes de dejar escapar un suspiro. Luego, con paso decidido, se adentró en la noche.

El aire frío lo recibió al cruzar el umbral.
Era hora de buscar la verdad.

El camino hacia las afueras de la ciudad era largo y silencioso. Solo el crujir de la grava bajo sus pasos rompía la calma nocturna.
La linterna en su mano temblaba ligeramente con cada movimiento. El viento arrastraba hojas secas y, a lo lejos, los árboles se alzaban como sombras que parecían observarlo.

El sendero terminó en una verja oxidada. Más allá, entre los árboles, se alzaba la silueta del antiguo laboratorio: un edificio gris, agrietado y cubierto por la maleza. Algunos muros aún conservaban las marcas del fuego que lo devoró tiempo atrás.
Cintas amarillas medio rotas colgaban de los barrotes: “Acceso restringido — Peligro de colapso.”

—Este lugar se ve algo tétrico —murmuró Gabriel, forzando una sonrisa nerviosa.
—Tranquilo, niño —respondió Dylan—. Todo estará bien… o al menos eso quiero creer.

El aire olía a humedad, a polvo… y a algo más. Un rastro metálico, casi como sangre seca.

Gabriel dudó un instante. Luego, empujó el cerco. El metal cedió con un chirrido que se perdió en la oscuridad.
Dentro, el silencio era tan denso que podía escuchar sus propios latidos. Las paredes ennegrecidas conservaban placas corroídas por el tiempo, y los pasillos estaban cubiertos de fragmentos de vidrio y papeles quemados.

A la luz de la linterna, alcanzó a leer una palabra medio borrada en una puerta de acero:
“Área de pruebas — Sujeto M-01.”

—Parece que aquí hacían pruebas con algo —murmuró Gabriel.
—O con alguien… —respondió Dylan, en un tono que ya no sonaba tranquilo.

Gabriel se acercó al panel a un costado de la puerta. Estaba roto, pero al rozarlo con los dedos, un leve zumbido resonó. La cerradura chispeó… y la puerta se entreabrió con un suspiro metálico.
Gabriel levantó la linterna, dubitativo.

Dentro, el aire era más espeso. Entre los restos chamuscados, distinguió una cápsula de contención parcialmente intacta. En la etiqueta corroída apenas se leía:
“Proyecto Mnemosyne — Fase 1…”

El nombre quedaba incompleto.
La linterna titiló una vez… dos… y, en ese breve parpadeo, algo se movió entre las sombras.

Gabriel giró hacia el sonido, pero solo encontró polvo suspendido en el aire.
Hasta que lo vio: sobre la ceniza, marcadas con nitidez, había huellas frescas.
Y no eran suyas.

—Creo que este lugar no está tan abandonado —susurró.
—Abre bien los ojos, niño… algo se mueve aquí. Mejor volvamos otro día.

Gabriel giró sobre sus pies, pero en el marco de la puerta se proyectaba una sombra enorme, deformada, demasiado grande para ser humana.
El corazón le dio un vuelco.

La silueta se abalanzó sobre él. Gabriel rodó a un lado; la linterna cayó y el haz de luz iluminó fugazmente una figura grotesca: piel grisácea, músculos expuestos, el rostro humano apenas conservado entre cicatrices y metal.

—¿Qué es eso? —gritó Gabriel.
—No lo sé… ¡pero corre! —rugió Dylan.

Gabriel intentó huir, pero la criatura lo alcanzó de un zarpazo. La fuerza lo lanzó contra una pared, dejándolo sin aliento.
Gabriel sintió cómo el miedo lo ahogaba; su cuerpo no respondía, su mente gritaba.
Y entonces, la voz en su interior rugió:
—Descansa, niño.
Un crujido recorrió su cuerpo; los huesos se estiraron como si quisieran escapar de su propia carne.
La piel se tensó, el aire pareció vibrar, y una exhalación profunda —más bestia que humana— escapó de su garganta.
Cuando abrió los ojos, Gabriel ya no estaba al mando.
La mirada se tornó filosa, los gestos precisos. Dylan había emergido.

Frente a él, la criatura rugía; su aliento olía a óxido y podredumbre.
Dylan sonrió apenas, giró el cuello hasta hacerlo tronar y dio el primer paso.

El impacto fue brutal.
Su puño chocó contra el rostro del monstruo con la fuerza de una tormenta. El aire se quebró en un estallido seco.
No se detuvo: encadenó golpes con una precisión salvaje, cada uno calculado, cada uno con el peso de años de rabia contenida.
El monstruo retrocedió, tambaleante… pero su piel, gris y gruesa, apenas mostraba daño.
Los ojos de Dylan se entrecerraron.



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En el texto hay: traumas, drama, transformaciones

Editado: 30.01.2026

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