El sonido del reloj marcaba las seis en punto cuando Gabriel abrió los ojos.
Por un instante no supo dónde estaba. Todo a su alrededor olía a polvo y metal, como si la noche anterior aún lo envolviera.
Se incorporó lentamente. Su cuerpo dolía, pero no como un dolor normal: era un cansancio que nacía desde dentro, como si hubiera corrido una maratón sin haber dado un solo paso.
El primer rayo de sol se colaba entre las cortinas.
Solo entonces lo notó: la ropa.
Camisa rasgada, manchas oscuras en las mangas, el pantalón desgarrado a la altura del muslo.
El suelo mostraba pequeñas marcas de barro seco, y la linterna rota descansaba a un lado del escritorio.
Por un momento, pensó que todo había sido un sueño.
La criatura, la pelea, la sangre.
Pero cuando levantó una manga, vio su piel cubierta de sangre seca, aunque sin heridas.
Aun así, se sentía sin energías… y comprendió que nada de eso fue una ilusión.
Tragó saliva.
—Dylan… —susurró—, ¿estás ahí?
Esperó.
Silencio.
Intentó concentrarse, cerrar los ojos, buscar esa presencia familiar que siempre le respondía con sarcasmo o calma.
Nada.
Ni una palabra.
Solo el sonido del viento colándose por la ventana.
La soledad se sintió diferente.
Antes, incluso en silencio, Dylan siempre estaba allí, una voz al fondo de su mente, una sensación de compañía.
Ahora, ese espacio parecía vacío… hueco.
Como si alguien hubiera arrancado una parte de él.
—Vamos, no me hagas esto… —murmuró, frotándose la cabeza—. Despierta, Dylan. No te hagas el dormido.
Nada.
Solo el tic-tac insistente del reloj, cada segundo más pesado.
Gabriel se puso de pie, tambaleándose. Se acercó al espejo del armario y casi no se reconoció.
Ojeras profundas, mirada apagada, un leve temblor en los dedos.
Parecía como si hubiera envejecido varios años en una sola noche.
—Esto… no puede estar pasando —susurró.
Apoyó las manos sobre el escritorio y respiró con fuerza.
Fue al baño a tomar una ducha.
El agua fría le devolvió un poco de color, pero no la calma.
El reflejo lo observaba con una expresión que no recordaba haber tenido antes: miedo.
Y algo más… vacío.
Las preguntas se agolpaban en su mente, pesadas, difusas, como sombras moviéndose bajo el agua.
Intentó pensar, hablar, hacer algo… pero solo respondió el silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, su mente le pertenecía por completo.
Y, paradójicamente, nunca se había sentido tan solo dentro de ella.
Se colocó el uniforme como siempre, pero él no parecía el mismo de siempre.
Frente al espejo, se acomodó el cuello de la camisa y forzó una sonrisa.
Solo duró un segundo.
La expresión se desmoronó como si no tuviera fuerza para sostenerla.
—Parece… suficiente —murmuró, aunque sabía que era mentira.
El camino hacia la academia se sintió más largo de lo normal.
El sol apenas calentaba, y el aire le pesaba en los pulmones.
Cada paso parecía arrastrar un recuerdo de la noche anterior, aunque no pudiera definirlo del todo.
Sabía que algo dentro de él seguía roto… algo que Dylan solía mantener en silencio.
Cuando llegó la rutina fue la de siempre, Aura lo esperaba en la entrada para entrar juntos al aula, la chica levantó la vista y sonrió al verlo, pero esa sonrisa se desvaneció enseguida al notar su aspecto.
Tenía los ojos rojos, las ojeras marcadas, y una tensión extraña en los hombros, como si el simple hecho de respirar le costara esfuerzo.
—Buenos días… —dijo él con una voz que sonó más apagada de lo que quiso.
—¿Dormiste algo? —preguntó Aura, entre preocupada y confundida.
Gabriel soltó una risa seca, breve.
—Digamos que tuve una conversación larga conmigo mismo.
Intentó sonar casual, pero su mirada evitó la de ella.
Durante las clases, Gabriel intentó concentrarse.
Tomaba apuntes, pero las letras se deformaban en su cuaderno.
Las palabras del profesor se perdían en un zumbido lejano.
Por momentos, creyó escuchar algo… una respiración, una voz.
Pero no.
Era solo su mente jugándole malas pasadas.
En el recreo, Aura lo observaba desde lejos.
Gabriel estaba sentado en una esquina del patio, mirando el suelo.
Sus dedos se movían sobre el banco, como si trazara un símbolo invisible.
Algo que solo él entendía.
Por un momento, Aura pensó en acercarse, pero la expresión de Gabriel la detuvo:
Esa mirada… no era del todo suya.
O tal vez sí, pero sin el brillo que antes lo caracterizaba.
—Gabo… ¿estás bien? — pregunto la chica finalmente
—Sí, como siempre — dibujo una sonrisa tan forzada que hizo enojar un poco a la rubia.
—¿Qué es lo que me estás ocultando? — la chica lo tomo del rostro obligándolo a verla directo a la cara — mírate, estás hecho un desastre.
Gabriel no respondió, sus ojos se nublaron, tenía ganas de llora. Pero el no sabía porque.
Tras verlo así Aura lo abrazó, tratando de reconfortar lo.
—Sabes que siempre puedes contar conmigo…
Más tarde, llegó a su casa.
El timbre sonó apenas empujó el portón.
El olor a comida recién hecha lo envolvió, aunque no le despertó apetito.
Dejó los zapatos en la entrada, colgó la mochila con movimientos lentos y caminó hacia la cocina.
Su madre lo esperaba allí, revisando una olla al fuego.
—Gabo, cariño, ¿eres tú? —preguntó desde la cocina.
—Sí, mamá… ya llegué —respondió él con una voz cansada.
—¿Cómo te fue? —insistió ella.
—Bien… —dijo simplemente.
Laura salió para saludarlo.
Al verlo tan agotado, su gesto se suavizó.
—¿Estás bien, hijito? —preguntó con una mezcla de preocupación y ternura.
—Sí… la escuela me tiene algo cansado —intentó sonreír—. Un fin de semana de descanso y estaré como nuevo.
Editado: 30.01.2026