Fragmentos del alma

La jaula de la soledad.

Esa noche, el sueño no llegó de inmediato.
Gabriel giró una y otra vez sobre la cama, buscando una posición cómoda, pero cada vez que cerraba los ojos sentía algo oprimido dentro del pecho.
Finalmente, el cansancio lo venció, y el mundo se volvió oscuro.

El viento movía las hojas del viejo árbol y su padre reía a lo lejos.
Todo parecía en calma…
Hasta que el sonido cambió.
El murmullo del viento se volvió un zumbido bajo, áspero, como si el aire mismo se quejara.

El jardín comenzó a torcerse: el cielo se ennegreció, las ramas se alargaron como manos, y la voz de su padre se distorsionó, repitiendo su nombre en un eco lejano.
Entonces lo vio.
Una sombra alta, inmóvil, de pie al otro lado del patio.
Sus ojos —dos puntos pálidos— lo observaban con un odio que conocía demasiado bien.

—¿Otra vez escondiéndote? —susurró la voz.
No necesitó verlo con claridad. Sabía quién era.
Kevin.
El mismo tono de burla, el mismo filo en cada palabra.

Gabriel retrocedió, pero el suelo se volvió barro, pegajoso, lo atrapaba hasta las rodillas.
El aire se espesó, difícil de respirar.
Sintió algo detrás de él… un roce, luego unas manos.
Frías, fuertes.
Lo sujetaron con violencia, empujándolo al suelo.
Su mejilla golpeó la tierra húmeda.

—No… —jadeó, intentando zafarse, pero otra mano lo presionó más fuerte contra el suelo.

Las risas se mezclaban en la oscuridad, distantes pero cercanas, como si vinieran de todas partes.
Una palma invisible cubrió su boca, silenciando su grito.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, no solo por el miedo, sino por la certeza de lo que estaba reviviendo.

—Eres débil —dijo la voz, cada palabra perforando su mente—. Sin él no eres nada.

Sintió un golpe seco en el pecho, otro en el rostro.
El dolor era tan real que podía oler la sangre mezclada con tierra.
Sus manos temblaban, arañando el suelo, buscando escapar, pero las sombras lo mantenían abajo, aplastándolo.

Y entonces, lo peor: la figura frente a él cambió.
Ya no era Kevin.
Era él mismo, con la mirada vacía, sonriendo con crueldad.

—¿Dónde está tu héroe ahora? —le dijo su reflejo con una voz hueca que resonó dentro de su cabeza.

Gabriel apretó los ojos, la desesperación le quemaba el pecho.
—¡Dylan! —gritó—. ¡Dylan, respóndeme!

Nada.
El silencio fue más aterrador que los golpes.
La sombra se inclinó sobre él, sus ojos eran dos pozos sin fondo.
—Estás solo, Gabriel. Siempre lo estuviste.

El suelo se abrió bajo sus pies.
Cayó.
El aire se volvió espeso, oscuro.
Solo el eco de su nombre se repetía una y otra vez, mezclado con la risa lejana de Kevin.

—¡Dylan! —gritó con todas sus fuerzas.

Y despertó.
Empapado en sudor, jadeando, con el corazón desbocado.
La habitación estaba completamente a oscuras.
Por un segundo no supo si seguía soñando.
Solo el reloj seguía marcando el tiempo, inmutable.

Se llevó las manos al rostro, temblando.
Sus labios formaron el nombre otra vez, en un susurro quebrado.

—Dylan…

Silencio.
Nada más que su respiración temblorosa llenando el vacío.



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En el texto hay: traumas, drama, transformaciones

Editado: 30.01.2026

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