Fragmentos del alma

Rescaté

Gabriel corrió tan rápido como pudo, aunque el camino se le extendía interminable, más largo de lo que la memoria le prometía.

La humedad del bosque se le pegaba a la piel, helada, pesada, calándole hasta los huesos.

El suelo frío mordía sus pies descalzos, aunque hacía tiempo que había dejado de sentir el dolor con claridad.

Su respiración era un ritmo roto, entrecortado; cada intento de pensar se disolvía antes de formarse.

Solo una idea resistía en su mente: encontrar a su amiga.

Cuando por fin llegó, un escalofrío lo atravesó de arriba abajo. El recuerdo de su última vez allí le apretó el pecho como una mano invisible.

Se detuvo. Dudó. El sudor le recorría la espalda mientras las piernas le temblaban, como si el propio lugar quisiera empujarlo hacia atrás.

Pero la imagen de Aura en peligro lo obligó a seguir. No sabía qué haría si algo salía mal; solo sabía que no podía perderla.

Y así, sin pensarlo, sus pies cruzaron la entrada.

-¡Aura! -gritó, con la voz quebrada.

La respuesta no fue su nombre.

Fue un rugido.

Un sonido profundo y vibrante que se le clavó en los oídos, que le erizó la piel y le golpeó el corazón con una fuerza casi dolorosa.

Gabriel giró la cabeza hacia el origen de aquel eco monstruoso...

Y corrió directo hacia él.

El rugido volvió a escucharse, más cerca.

Gabriel no se detuvo.

El primer obstáculo fue un muro derrumbado: bloques de concreto y vigas oxidadas cruzadas como huesos rotos.

Sin pensarlo, apoyó una mano en la pared lateral, tomó impulso y pasó por encima con un salto limpio, casi felino, aterrizando en silencio entre los restos.

Un tramo del techo cedido bloqueaba el pasillo; apenas quedaba un hueco estrecho.

Gabriel inhaló, giró el cuerpo de lado y se deslizó por el espacio con una precisión que habría sorprendido incluso a él en otro momento.

La chaqueta se rasgó contra una esquina afilada, pero él ya estaba al otro lado.

Siguió avanzando.

Unas tuberías rotas colgaban del techo formando una maraña. Gabriel tomó carrera, apoyó un pie en la pared y corrió unos pasos sobre ella, usando el impulso para pasar por encima de las tuberías antes de que estas se mecieran por su movimiento.

Saltó sobre una mesa caída, usándola como plataforma para impulsarse hacia un segundo nivel improvisado por los escombros.

El polvo se arremolinó bajo sus pies cuando rodó por una superficie inclinada y cayó en cuclillas, perfectamente equilibrado.

No había tiempo para dudas.

No había tiempo para miedo.

Solo un pensamiento repetido en su mente:

Aura.

Y siguió avanzando entre la destrucción, rápido, preciso, como si el caos fuera su terreno natural.

Finalmente llegó.

La escena lo golpeó como un puñetazo al aire:

la bestia atacaba sin descanso un pequeño hueco entre los escombros, desgarrando el concreto con garras metálicas mientras gruñidos profundos vibraban por todo el laboratorio. Él no veía a Aura, pero sentía que estaba allí.

-¡Aura! -gritó, desesperado, con la voz quebrada por el miedo.

El monstruo se detuvo.

Muy lento, giró la cabeza hacia él.

El rugido que soltó hizo temblar hasta las paredes que aún seguían en pie.

Aura, acurrucada en la oscuridad del reducido espacio, temblaba como una hoja.

Pero al escuchar a Gabriel, su pecho se aflojó por primera vez desde que comenzó la pesadilla.

Su nombre en la voz de él... fue como un hilo de luz en la oscuridad.

La paz duró solo un segundo.

Porque el monstruo, ahora completamente apartado del hueco donde ella se escondía,

había fijado toda su atención en Gabriel.

Y Aura lo supo de inmediato:

el peligro que antes era solo de ella...

ahora estaba frente a él.

El monstruo se giró hacia Gabriel.

Dio un solo paso en su dirección.

De inmediato el ambiente se volvió áspero, pesado.

Casi imposible de respirar.

Gabriel tembló; el miedo le subía por la espalda como un frío insecto, pero sacudió la cabeza, obligado a mantenerse firme.

Aura se asomó apenas entre los escombros.

Su corazón se detuvo al ver a Gabriel frente a aquella criatura, diminuto ante su sombra enorme, y aun así inmóvil... como si algo dentro de él lo obligara a no retroceder.

Gabriel también la vio.

Un segundo apenas, un destello entre el polvo.

Pero bastó.

Apretó los dientes.

Se lanzó hacia el monstruo.

El movimiento fue súbito, casi salvaje: un salto con la precisión de alguien que ya había enfrentado el terror antes.

La bestia respondió con un golpe brutal, pero Gabriel se deslizó bajo él -rápido, demasiado rápido- moviéndose con una agilidad que Aura nunca le había visto.

Pasó entre sus piernas como una sombra cortante y salió al otro lado con el impulso de un felino desesperado.

-¡Aura! -susurró, extendiendo la mano.

Ella no tuvo tiempo de pensar.

Apenas de respirar.

La tomó.

Gabriel tiró de ella con fuerza, arrancándola del escondite justo cuando el monstruo giraba para atacar nuevamente.

Los escombros vibraron; la estructura crujió.

Los dos corrieron, descalzo él, temblorosa ella, buscando a ciegas una salida antes de que la criatura los alcanzara.

La noche afuera todavía parecía muy lejos.

Aura y Gabriel corrieron por el pasillo en ruinas, esquivando cables colgantes, charcos oscuros y fragmentos de metal.

Los pasos del monstruo resonaban detrás de ellos, pesados, irregulares... demasiado cercanos.

-¡Por acá! -dijo Gabriel, tirando de su mano.

El monstruo rugió, un sonido espeso que hizo vibrar las paredes. Las luces parpadearon, una tras otra, acompañando la persecución como flashes de una pesadilla.

Doblaron una esquina y saltaron sobre un tramo del suelo que había colapsado. Gabriel pasó primero, con la agilidad de un reflejo. Aura estuvo a punto de caer, pero él la sostuvo de la muñeca y la alzó con un tirón desesperado.



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En el texto hay: traumas, drama, transformaciones

Editado: 09.01.2026

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