Aura llevó ambas manos a los labios, horrorizada, pero también… compadecida.
Su mirada tembló, no de miedo, sino de algo más profundo, algo que no sabía cómo nombrar todavía.
Pero lo peor estaba en la nuca.
El cabello, sucio y apelmazado por la sangre, dejaba ver un implante metálico incrustado directamente en su columna cervical, un dispositivo oscuro con luces apenas titilantes… como un corazón artificial a punto de rendirse.
Dylan se quedó petrificado.
Aura sintió la garganta cerrarse; una mezcla de asco, pena y un reconocimiento extraño que no comprendía del todo le recorrió el cuerpo.
La chica abrió los ojos apenas un milímetro.
Sus iris, antes amarillos y monstruosos, se aclararon a un tono humano opaco, desenfocado.
Su voz era un susurro rasgado, un intento desesperado de palabras:
—…ay…u…da…
Aura se llevó una mano a la boca y dio un paso hacia ella sin darse cuenta, un instinto puro que ni siquiera tuvo tiempo de procesar.
Y entonces todo quedó en silencio otra vez.
Pero ya no era el mismo silencio.
Ahora pesaba como una verdad a punto de estallar.
Los pasillos del laboratorio aún vibraban con el eco reciente de la pelea.
Ese temblor, todavía suspendido en el aire, parecía adherirse a la piel.
El miedo que hasta hace unos minutos le aferraba el pecho empezaba a deshacerse… solo para transformarse en confusión.
Las preguntas llegaban como un tsunami, golpeando una y otra vez las paredes de la mente de Aura sin darle respiro.
Dylan se agachó un instante para acomodar a la chica. Tomó los extremos rasgados de la bata que ella aún llevaba encima y se los cruzó sobre el pecho, cubriéndola con un cuidado casi ritual; un gesto silencioso que dejaba ver cierta humanidad que Aura no sabía si debía temer o confiar. Luego la levantó, cargándola con suavidad, como si su cuerpo pudiera desmoronarse al mínimo movimiento brusco.
Él marcó el camino, avanzando con pasos firmes pero lentos, lo suficiente para que Aura pudiera seguirlo sin perderle el rastro.
Ella caminaba detrás, con la mirada fija en su espalda, intentando descifrarlo, intentando darle forma a todo lo que acababa de ver.
El trayecto hasta la salida fue un corredor de silencio.
Solo el eco de sus pasos, el olor a metal quemado y el recuerdo reciente del monstruo respirando entre sombras.
Cuando abrieron la puerta principal, el frío de la madrugada los recibió como un golpe en el rostro.
La ciudad seguía dormida, ajena a esa ráfaga de caos que escapaba del laboratorio.
Aura respiró hondo, intentando organizar el torbellino en su cabeza.
—¿A dónde vamos? —preguntó, más por inercia que por verdadero control.
Dylan se detuvo. Giró hacia ella con una seriedad que la hizo tensarse. La miró directamente a los ojos y dijo:
—No lo sé…
Aura parpadeó. Una vez. Dos.
La frase cayó sobre ella como un baldado de agua fría.
—¿¡Cómo que no sabes!? —estalló, saliendo por fin del shock—. ¡¿Entonces por qué caminabas tan decidido?!
—¡No molestes, niña! —bufó, exasperado—. Estoy casi tan confundido como tú. ¡¿Qué se supone que haga?!
El silencio los envolvió a ambos.
Un silencio espeso, casi incómodo, lleno de preguntas que ninguno sabía cómo formular en voz alta.
Aura caminaba detrás de Dylan, con la mente hecha un torbellino.
Cada paso despertaba una nueva duda, pero ninguna lograba salir de su garganta.
Dylan, por su parte, cargaba el peso literal y figurado de la situación:
en sus brazos, una chica que minutos antes había sido un monstruo dispuesto a matarlos.
Ahora era solo una niña rota, vulnerable… y él no tenía idea de qué hacer con ella.
Y también estaba Aura; tenía que volver a su casa.
Pero él no podía permitir que lo hiciera sola.
No después del terror, del ruido, del olor a sangre que aún parecía pegado a la noche.
Aura temblaba en silencio, intentando disimularlo; Dylan lo veía todo.
Dejarla ir sola era una idea que le quemaba el pecho.
Todo se sentía confuso. Demasiado.
—Dylan… —la voz de Gabriel estalló en su mente como un eco inesperado.
Dylan dio un pequeño salto por el susto, frunciendo el ceño.
—Niño… —gruñó, fastidiado—. Había olvidado que estabas ahí.
—Sé dónde podemos llevarla —respondió Gabriel. Su voz sonaba tensa, pero firme.
Dylan apretó la mandíbula.
—¿Dónde?
—A la casa de mi abuelo.
Dylan se detuvo. No le gustaba la idea, pero tampoco tenía una mejor.
Mientras tanto, Aura observaba la escena con los ojos muy abiertos…
preguntándose con creciente desesperación con quién demonios estaba hablando Dylan.
Editado: 09.01.2026