Dylan empezó a caminar de nuevo.
Aura abrió la boca para refutar; pensaba que, otra vez, Dylan no sabía en qué dirección iría.
-Iremos a la casa del abuelo de Gabriel.
Aura quedó hecha una estatua. ¿Por qué allí? Para ella, eso no tenía ningún sentido.
Otro millón de preguntas se sumaron al cajón ya repleto de su mente, pero decidió no refutar... por ahora.
Se limitó a seguir los pasos de Dylan.
El camino estaba oscurecido por la noche, y el silencio de la madrugada se hacía eterno.
Lo único que se escuchaba eran sus pasos, pesados por el cansancio.
El silencio empezó a pesarle a Aura como una piedra en el pecho.
Cada paso sin palabras la hacía más consciente de todo lo que no entendía.
Al final, no lo soportó más.
-¿Quién eres?
Dylan no se detuvo. Siguió caminando, con la mirada fija al frente, los músculos tensos bajo el peso que cargaba.
-¿Eso es lo primero que se te ocurre preguntar? -murmuró, sin mirarla.
Aura frunció el ceño.
-Te estoy siguiendo en medio de la noche, cargando a alguien inconsciente -replicó-. Creo que tengo derecho a saberlo.
Dylan soltó un suspiro corto, áspero.
Como si responder le costara más de lo que quería admitir.
-Me llamo Dylan.
Nada más.
Aura parpadeó, esperando... algo. Una explicación. Un apellido. Cualquier cosa.
-¿Solo eso?
-Solo eso necesitas saber por ahora.
-¿Y... qué está pasando? -preguntó, con la voz más baja-. Yo solo quería entender por qué Gabriel estaba actuando raro... y ahora estamos huyendo, hay un laboratorio, un monstruo... -tragó saliva-. Esto no tiene sentido.
Dylan apretó la mandíbula. Sus brazos se ajustaron instintivamente alrededor de la chica inconsciente, como si temiera que pudiera romperse.
-No es algo que pueda explicarte caminando -dijo al fin-. Ni algo que quieras escuchar así como así.
-Pero-
-Aura -la interrumpió, sin dureza, pero con firmeza-. Necesito que confíes en mí un poco más. Al menos hasta que lleguemos.
Ella guardó silencio. No porque estuviera convencida, sino porque algo en el tono de Dylan -esa mezcla de cansancio y cuidado mal disimulado- la obligó a hacerlo.
Dylan volvió la vista al frente.
-Cuando lleguemos -añadió-, te prometo que tendrás respuestas. Las que pueda darte.
Y aunque no dijo nada más, Aura tuvo la extraña sensación de que esa promesa le pesaba tanto como la chica que llevaba en brazos.
El destino estaba próximo a ellos.
Ya no podían seguir caminando entre los árboles. Debían entrar al barrio; a pesar de la madrugada, algunas casas parecían estar despiertas.
Habían estado caminando ya hacía un buen rato. Aura estaba agotada y tenía la sensación de que los observaban.
-Niña, sé que estás cansada -rompió el silencio Dylan en voz baja, para que solo la rubia lo escuchara-, pero no te detengas por nada.
Ella no entendía por qué le decía eso.
Un murmullo surgió detrás de ellos.
Dos voces. Tal vez tres. Indistintas, pero lo suficientemente altas como para clavarse en la nuca.
-Oye...
-¿Viste eso?
-¿Está cargando a alguien?
Aura sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
-Dylan...
-Lo sé.
No se detuvo.
El murmullo se transformó en pasos.
Pasos que ya no fingían casualidad.
-¡Eh! -gritó una voz masculina-. ¡Tú! ¡El alto!
Dylan apretó los dientes.
-Camina -ordenó en voz baja-. Y no mires atrás.
Una linterna se encendió a lo lejos, barriendo la calle como un ojo nervioso.
-¡Detente! -volvieron a gritar-. ¿Qué le hiciste a la chica?
Los pasos se aceleraron.
Dylan giró de golpe en una esquina estrecha, obligando a Aura a correr para no perderlo. El ritmo cambió; el aire se volvió más frío, más urgente.
-¡Por aquí! -se oyó detrás-. ¡No los pierdan!
Dylan apretó el cuerpo inerte contra su pecho y empezó a correr.
Aura sentía que el corazón se le saldría del pecho.
Esa noche estaba siendo una pesadilla.
A sus espaldas se oía la persecución, los gritos pisándole los talones.
Dylan se escondió en un contenedor de basura que estaba vacío. Con la mirada le ordenó a Aura seguirlo.
Ambos quedaron allí encerrados por varios minutos, hasta que el sonido se disipó. Aura pensó que ya era hora de salir, pero Dylan la tomó del brazo, impidiéndoselo.
Dylan se asomó y, al ver que todo estaba tranquilo, salió. Tomó de nuevo a la chica inconsciente y dio la orden a la rubia -que ahora olía a basura- de salir.
Dylan notó que se habían alejado un poco de la casa del abuelo, pero ahora, aunque tendrían que rodear, estarían más seguros lejos de las miradas erradas de la gente del barrio.
Finalmente llegaron a la casa del abuelo de Gabriel.
La casa estaba en buen estado, a pesar de que era notorio que su arquitectura era algo antigua.
Tenía un hermoso jardín donde, entre todos los árboles, destacaba uno por encima del resto: un mango frondoso y más grande que los demás, con un columpio colgando de sus ramas.
Dylan avanzó hasta la puerta con cautela.
Cada paso sobre la grava del jardín sonaba demasiado fuerte en el silencio de la madrugada.
Apoyó el hombro contra la madera y empujó apenas.
La puerta cedió con un crujido seco.
La puerta se cerró detrás de ellos con un sonido seco.
El interior de la casa estaba en penumbra, iluminado apenas por una lámpara encendida en el fondo del pasillo. El aire olía a madera vieja, a libros y a algo más... algo que Dylan no supo identificar de inmediato, pero que le erizó la piel.
Avanzó un par de pasos.
-No den un paso más.
La voz no era fuerte. No era agresiva. Pero llenó la casa por completo.
Dylan se tensó al instante, girándose con la chica aún en brazos. Aura sintió que el estómago se le encogía.
Desde el fondo del pasillo emergió la figura de un hombre.
Editado: 09.01.2026