El abuelo estaba despierto desde antes de que la puerta crujiera.
No era insomnio.
Era costumbre.
Había aprendido, con los años, a reconocer cuándo el silencio de la madrugada cambiaba de peso.
No era un ruido.
Era una sensación.
Algo se había acercado a su casa.
Algo herido.
Algo peligroso.
Cuando escuchó la grava del jardín ceder bajo pasos torpes, no se levantó de inmediato.
Esperó.
Contó respiraciones.
Cuando la puerta se abrió, supo que no se había equivocado.
El muchacho alto fue lo primero que vio.
Demasiado tenso para ser un ladrón.
Demasiado firme para ser un chico común.
Luego, la chica inconsciente en sus brazos.
Demasiado malherida.
Demasiado… intervenida.
Y detrás, la rubia.
Temblando.
No de frío.
El abuelo apoyó la mano en el marco del pasillo y habló con calma, como quien ya ha estado aquí antes:
—No den un paso más.
Cuando el muchacho se giró y sus miradas se cruzaron, el abuelo lo supo con certeza.
No eran un peligro.
Pero podrían llegar a serlo.
Dylan sostuvo la mirada del anciano apenas un segundo más de lo necesario.
—Señor Han —dijo finalmente.
El silencio se cerró sobre la habitación.
Han Cheng alzó una ceja, apenas.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Dylan abrió la boca, pero ninguna respuesta salió.
Dentro de su mente, la voz de Gabriel volvió a hacerse presente.
—Dylan… déjame salir.
No había urgencia esta vez.
Era una certeza.
Dylan exhaló despacio.
—Está bien.
No gritó.
No se resistió.
Simplemente… se quedó quieto.
El cambio comenzó de forma casi imperceptible. Su postura se relajó, como si el cuerpo dejara de sostener un peso que no le pertenecía. Los hombros descendieron, el cuello se acortó apenas un poco.
Aura parpadeó, insegura de si realmente estaba ocurriendo.
La ropa empezó a verse grande, desajustada, como si hubiera perdido a quien debía llenar ese espacio. El rostro de Dylan se suavizó, las facciones endurecidas perdiendo filo. La mirada cambió primero: dejó de ser vigilante, pesada… y se volvió conocida.
El cuerpo terminó de encogerse con naturalidad, sin espasmos ni ruido, hasta que el muchacho alto ya no estaba allí.
En su lugar, de pie frente al abuelo, estaba Gabriel.
—Abuelo… —dijo, con voz baja, todavía adaptándose a su propio cuerpo.
Han, al ver a su nieto, se tensó apenas.
En ese instante, todo dejó de tener sentido… y, al mismo tiempo, lo entendía todo.
Comprendió por qué aquel muchacho desconocido había entrado a su casa en plena madrugada.
Aura, por su parte, al reencontrarse con su amigo en medio de esa noche imposible, sintió cómo la seguridad volvía a su cuerpo.
Por primera vez desde el laboratorio, estaba frente a alguien que conocía.
Pero esa tranquilidad traía consigo un nuevo peso: ahora necesitaba explicaciones.
Gabriel se acercó a su abuelo y lo abrazó como lo hacía de costumbre, pero esta vez el gesto era distinto.
No era solo un saludo.
Era una búsqueda desesperada de refugio en el pecho que siempre había significado hogar.
Han se sorprendió, aunque no perdió la calma. Le devolvió el abrazo y esbozó una sonrisa suave.
—Gabo… —murmuró, acariciándole la cabeza—. ¿Desde cuándo…?
No hizo falta que terminara la pregunta.
Ambos sabían a qué se refería.
—Desde los ocho años —respondió Gabriel.
La revelación cayó en el salón como un balde de agua fría.
Han lo miró en silencio.
No hubo reproches. No hubo incredulidad.
Aceptó la verdad con una naturalidad que desconcertó a Gabriel.
Y en ese instante, Gabriel lo supo:
había llegado al lugar correcto para buscar respuestas.
Han volteo a ver a la chica semidesnuda que ahora yacía en el sueño apenas envuelta en una bata rota tapando la desnudes justa de la chica.
—Gabo, voy a necesitar una explicación.
Gabriel asintió sabiendo que el debería responder algunas preguntas antes de empezar con las suyas.
Gabriel paso explicando todo desde un inicio, los abusos que recibió en silencio desde los ocho y el primer momento donde Dylan apareció hasta todo lo ocurrido esa noche.
Si abuelo lo tomo con mucha calma, quizás demasiada calma.
Por parte de su mejor amiga aquella historia respondía muchas de sus preguntas. Pero ella no tomo tan tranquilamente estas respuestas.
Ahora quería saber porque lo tuvo en secreto tanto tiempo de ella.
—¿Porqué? — la pregunta de la rubia fue casi exigente y con su voz temblorosa —¡¿Porqué?! — repitió con más fuerza.
—Yo…
Gabriel no pudo responder ya que Aura lo detuvo nuevamente y esta vez lo encaró
—¿Por qué nunca me contaste? ¿Porqué?
Gabriel solo bajo la mirada.
Sin embargo su abuelo respondió.
—Tranquila niña. — posó una mano sobre el hombro de la rubia. — mi nieto tomo una buena decisión.
La tranquilidad de Han lleno el salón. Aura también logro calmar un poco sus nervios.
—no es algo fácil de contar y quién sabe esto jamás estará exento del peligro.
La tranquilidad no duró.
Fue apenas un sonido. Un jadeo irregular, áspero, como si el aire le costara encontrar su camino.
Han fue el primero en notarlo.
—Silencio —murmuró, alzando una mano.
Gabriel se tensó al instante. Aura giró la cabeza.
La chica, recostada en uno de los sillones del salón, se movió. Habían logrado acomodarla allí hacía unos minutos: cubierta con una manta vieja, el cuerpo ladeado con cuidado. Parecía pequeña en ese espacio, demasiado frágil para todo lo que había sido.
Sus dedos se cerraron sobre la tela del sillón. Arrugaron el tapizado con un gesto torpe, desesperado.
—¿La… escucharon? —susurró Aura, dando un paso atrás sin darse cuenta.
La respiración de la chica se volvió irregular. Un espasmo le recorrió el cuerpo y el implante en su nuca parpadeó con una luz débil, inestable, que se filtró entre mechones de cabello sucio y seco.
Editado: 30.01.2026