Un tenue rayo de luz se coló por la ventana, atravesando las cortinas hasta posarse justo sobre el rostro de Gabriel.
El calor lo obligó a fruncir el ceño antes de abrir los ojos.
La mañana había llegado.
La pesadilla de la noche anterior se había apagado… por ahora; Se incorporó lentamente, sintiendo el cuerpo pesado, como si el sueño no hubiera sido suficiente para borrar el cansancio acumulado. Se llevó una mano al rostro y soltó un bostezo largo.
Fue entonces cuando, al fondo de su mente, la voz de Dylan se hizo presente.
—¿Descansaste, niño? —preguntó con su tono habitual, tosco… pero cálido.
Gabriel dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Sí… supongo —respondió aún adormilado—. Aunque siento el cuerpo demasiado pesado. Solo necesito moverme un poco y estaré completamente despierto.
Gabriel bajó a desayunar como cada mañana.
El aroma del café recién hecho y el pan tostado llenaba la cocina. Laura ya tenía todo dispuesto sobre la mesa cuando él llegó. Ricardo revisaba la hora en su reloj mientras terminaba su jugo, y Xinyi acomodaba su mochila en la silla.
Todo parecía exactamente igual que siempre.
Se sentaron juntos. Platos, cubiertos, conversaciones cortas y rutinarias. Ricardo habló de trabajo. Xinyi comentó algo sobre una tarea pendiente. Laura escuchaba, atenta, con esa sonrisa tranquila que siempre lograba mantener el equilibrio en casa.
Ricardo fue el primero en levantarse.
—Nos vamos, o llegaremos tarde —anunció, tomando las llaves.
—Adiós —respondió Gabriel.
Su padre salió, llevándose a Xinyi a la escuela.
El silencio que quedó en la casa fue breve, cómodo.
Gabriel terminó su desayuno, tomó sus libros y se dirigió hacia la puerta como si la noche anterior no hubiera existido. Como si los ecos, las sombras y el miedo hubieran sido solo un mal sueño.
Antes de salir, se acercó a su madre y le dio un beso en la mejilla.
—Adiós, mamá —dijo con una sonrisa suave, casi ensayada.
—Adiós, hijito —respondió Laura.
Una pequeña tos interrumpió la despedida.
Gabriel se detuvo.
—¿Estás bien, mamá?
Laura restó importancia con un gesto ligero de la mano.
—Sí, solo es un poco de tos. Ya tomaré algo más tarde.
Gabriel la observó un segundo más.
Parecía normal, así que siguió adelante.
—Nos vemos —dijo finalmente.
Salió rumbo al colegio intentando lucir lo más natural posible. Caminaba erguido, tranquilo, respirando profundo.
Como si todo estuviera en orden.
Como si nada estuviera cambiando.
Al llegar a la escuela, todo parecía normal.
Demasiado normal.
Aura ya estaba en la entrada esperándolo, como cada mañana. El sol iluminaba su cabello rubio, pero debajo de sus ojos se dibujaban sombras evidentes.
Ojeras profundas.
Gabriel se detuvo frente a ella.
Por un segundo se miraron fijamente.
Ninguno sabía qué decir.
Entraron en silencio.
Para Gabriel aquello era extraño. Aura solía llenar cualquier espacio con palabras, bromas o comentarios absurdos sobre cualquier cosa. Pero ahora caminaba con los hombros ligeramente tensos y la mirada fija al frente.
Entraron al aula y se sentaron juntos.
El silencio empezó a asfixiarlo.
Gabriel carraspeó.
—¿Lograste dormir? —preguntó, intentando sonar casual—. Yo apenas conseguí cerrar los ojos un par de horas.
Aura no respondió.
Gabriel tragó saliva.
Tal vez seguía en shock.
—Gabo… —murmuró ella finalmente, con la voz apagada.
Él la miró.
Aura giró lentamente la cabeza hacia él.
—¡¿Te parece que pude dormir algo?!
Gabriel parpadeó.
—Bueno, yo solo—
—¡Llegué a mi casa y casi de inmediato sonó la alarma! —continuó ella, alzando las manos—. ¡Ni siquiera me dio tiempo de fingir que estaba descansando! Mi almohada todavía está esperando explicaciones.
Gabriel soltó una risa nerviosa al verla así.
Aura lo observó unos segundos más, como si estuviera decidiendo si regañarlo o no.
—La próxima vez que me preguntes si dormí después de casi morir, voy a lanzarte mi cuaderno —sentenció.
—Anotado —respondió él, intentando mantener la compostura.
La conversación se vio interrumpida por el maestro de turno.
—Buenos días, jóvenes. Por favor, tomen sus asientos.
El murmullo se apagó poco a poco.
El profesor hizo una breve pausa y luego un gesto hacia la puerta.
—El día de hoy un nuevo estudiante se une a nosotros. Adelante, pasa y preséntate.
La puerta se abrió con suavidad.
Al aula ingresó un muchacho de cabello blanco como la nieve. Delgado, aunque con una figura atlética que no pasaba desapercibida. El uniforme parecía una talla más grande de lo necesario; la camisa caía suelta sobre su torso y las mangas le cubrían apenas más de lo habitual, como si no le molestara esa ligera holgura.
Pero fueron sus ojos los que capturaron la atención de todos.
Heterocromía.
Uno azul.
El otro verde.
El salón quedó en silencio.
—Me llamo Lucas Ibarra —dijo con una voz ligeramente ronca, pero segura—. Tengo trece años. Vengo de Colombia… y espero que podamos llevarnos bien.
Tras la última frase, dibujó una sonrisa tranquila.
No exagerada.
Natural.
Pero lo suficientemente cálida como para desarmar cualquier resistencia.
Algunas chicas intercambiaron miradas. Un par de susurros recorrieron el aula.
El maestro asintió satisfecho.
—Bienvenido, Lucas. Puedes tomar asiento.
Gabriel y Aura devolvieron el saludo con naturalidad.
Media jornada escolar pasó sin mayores sobresaltos, hasta que llegó el receso.
Se sentaron en una mesa apartada del patio para merendar. Durante unos segundos solo se escuchó el murmullo lejano de los demás estudiantes y el ruido metálico de cubiertos golpeando bandejas.
Entonces Aura habló.
Editado: 13.03.2026