Lucas inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Transformación?
El silencio se tensó como un hilo a punto de romperse.
Aura reaccionó primero.
—¡La serie! —exclamó demasiado rápido—. La de los guerreros que cambian cuando se enfadan. ¿No la has visto?
Lucas parpadeó una vez.
Una sonrisa suave, casi infantil, apareció en su rostro.
—Claro. Me encanta esa serie.
Gabriel sintió cómo la sangre volvía a circularle por el cuerpo.
Había contenido la respiración sin notarlo.
Lucas dio un paso al frente y señaló la banca.
—¿Puedo?
Aura y Gabriel asintieron al mismo tiempo, como si hubieran ensayado el movimiento.
Lucas se sentó.
La conversación continuó alrededor de aquella serie improvisada como coartada. Rieron. Opinaron sobre personajes que ni siquiera recordaban bien. Durante unos minutos, todo pareció normal.
La campana anunció el final del receso.
Aura y Gabriel tomaron sus cosas pero Lucas se quedo sentado.
—¿Aura y Gabriel recogieron sus cosas.
Lucas, en cambio, permaneció sentado.
—¿No vienes? —preguntó la rubia.
—Adelántense. Los alcanzo luego.
Gabriel y Aura retomaron el camino hacia el aula.
Lucas se quedó sentado un momento más.
Miró el patio casi vacío.
Exhaló despacio.
Y recién entonces se levantó para volver a clases.
El final de las clases llegó entre risas, puertas cerrándose y estudiantes que corrían hacia la salida como si el día hubiera sido demasiado largo.
Gabriel y Aura salieron juntos, como ya era costumbre.
—¿Crees que hoy encontremos algunas respuestas? —preguntó ella, acomodándose la mochila.
—No lo sé… —respondió Gabriel, dejando escapar un suspiro que llevaba más peso del que aparentaba.
Aura miró alrededor.
—No volví a ver a Lucas. ¿Qué le habrá pasado?
Gabriel frunció levemente el ceño.
—Yo tampoco lo vi. Tal vez se sintió mal y se fue antes.
Tomaron la vía que conducía a la casa de Han.
Era un camino poco transitado. Casas dispersas. Algunos árboles altos. El ruido de la ciudad quedaba atrás con cada paso.
Demasiado tranquilo.
Entonces el aire cambió.
No fue el viento.
No fue un sonido.
Fue presión.
Una sensación densa que aplastó el pecho de Gabriel sin previo aviso.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Y en el fondo de su mente, una voz rugió:
“¡Apártate!”
Gabriel reaccionó sin pensar.
Abrazó a Aura por la cintura y se lanzó hacia un costado.
Un estruendo partió el suelo donde habían estado un segundo antes.
El pavimento se fracturó.
El polvo se levantó.
Y frente a ellos, emergió una figura descomunal.
Casi dos metros de altura.
Espalda ancha.
Brazos anormalmente largos y marcados, cubiertos por un vello espeso que le daba un aspecto casi bestial.
Aura retrocedió un paso.
—¿Qué rayos es eso…?
Gabriel respiraba agitado.
—No lo sé… —murmuró—. Pero no pienso averiguarlo aquí.
Le tomó la mano y corrió hacia el pequeño bosque cercano, buscando cobertura entre los árboles.
Una risa grave los persiguió.
No era una risa humana.
Era algo más profundo. Más pesado.
Se ocultaron tras un tronco grueso, conteniendo la respiración.
Silencio.
Quizás…
CRACK.
El árbol explotó en astillas frente a ellos.
La figura ya estaba allí.
Inmóvil.
Observándolos.
—Hola, Gabriel… —dijo la voz, ahora más clara.
La sonrisa se extendió lentamente por su rostro. No era un monstruo. No del todo.
Era humano.
Uno enorme.
Uno peligrosamente fuerte.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó Gabriel, incapaz de ocultar la tensión en su voz.
La sonrisa se deformó en algo más oscuro.
El gigante se inclinó ligeramente hasta quedar a la altura de ambos.
—Solo lo sé. Pero para que estemos a mano… te diré el mío.
Sus ojos brillaron con una mezcla de diversión y violencia contenida.
—Me llamo Riven.
Hizo una pausa.
Y su voz bajó apenas un tono.
—Será un placer destruirte.
—Niño… cambiemos.
La voz de Dylan fue firme, cercana.
—De acuerdo… —susurró Gabriel, aún sin aire.
Su cuerpo comenzó a expandirse, los músculos tensándose mientras algo dentro de él despertaba. El cambio apenas iniciaba cuando la sonrisa de Riven se ensanchó.
Desapareció.
La embestida fue brutal.
Una fuerza aplastante se estrelló contra su torso y lo lanzó varios metros atrás.
—¡Gabriel! —gritó Aura.
El choque contra el árbol fue seco. Crujiente. Algo en su interior cedió. El aire abandonó sus pulmones junto con el sabor metálico de la sangre.
La visión se le nubló.
El mundo empezó a cerrarse.
El dolor regresó como fuego.
Sintió sus costillas acomodarse con violencia, las heridas cerrarse a la fuerza. Cada segundo fue una descarga que lo hizo apretar los dientes.
—Déjame a mí… —dijo Dylan con calma—. Le daré un buen golpe por ti.
La respiración cambió.
Cuando volvió a levantarse, el temblor había desaparecido. Su cuerpo ahora era más alto, más sólido, los músculos definidos bajo la piel tensa.
Dylan se movió.
Desapareció por pura velocidad, tomó a Aura en brazos y la dejó a varios metros, a salvo, antes de regresar frente a Riven.
Lo encaró.
Riven atacó primero.
Un puño atravesó el aire como un proyectil. Dylan lo esquivó por milímetros y respondió de inmediato. Su derecha se hundió en las costillas del gigante con técnica precisa.
Riven retrocedió dos pasos.
Un hilo de sangre apareció en la comisura de su labio.
Dylan avanzó sin dudar. Giró el cuerpo y lanzó la izquierda directa a la mandíbula.
El sonido del impacto retumbó en el bosque.
Aura sonrió.
—Qué fuerte eres, Dylan…
La voz de Riven salió áspera.
Dylan parpadeó.
Su puño estaba detenido.
La enorme mano del gigante lo había bloqueado en seco.
Los dedos se cerraron alrededor de su muñeca.
—Sí… lo eres.
La rodilla de Riven subió sin aviso.
El golpe al abdomen le robó el aire.
Y antes de que pudiera reaccionar, una patada brutal lo lanzó varios metros atrás, arrastrándolo contra el suelo como si fuera nada.
Dylan intentó reincorporarse.
El aire aún no regresaba del todo a sus pulmones cuando Riven ya estaba encima.
Dylan lanzó un derechazo directo al rostro.
Riven inclinó apenas el cuello.
El puño pasó rozando.
Contraatacó.
Un impacto seco en las costillas. Luego otro en el hombro. Después uno más en el rostro.
No había pausa.
Dylan retrocedió, bloqueando como pudo, intentando leer el ritmo… pero cada vez que iniciaba un movimiento, Riven ya estaba allí.
Como si supiera.
Como si lo hubiera visto pelear antes.
Dylan giró sobre su eje y lanzó una combinación más amplia, buscando romper la distancia.
Riven no solo esquivó.
Sonrió.
El antebrazo del gigante interceptó el golpe y lo desvió con violencia. La respuesta fue inmediata: un puñetazo descendente que lo hundió contra el suelo.
La tierra se agrietó bajo su espalda.
Dylan gruñó y rodó para levantarse, pero una patada lo alcanzó antes de lograrlo.
El crujido fue sordo.
Esta vez tardó más en ponerse de pie.
Su regeneración trabajaba, sí… pero ya no con la misma rapidez.
Riven avanzó sin prisa.
Cada golpe parecía calculado para desgastarlo, para obligarlo a sanar una y otra vez, drenándolo.
Dylan lanzó otro ataque desesperado.
Riven lo atrapó del brazo.
Apretó.
El dolor atravesó el cuerpo del protector como una descarga.
Lo soltó solo para estrellarlo contra el tronco más cercano.
La madera se partió.
Dylan cayó de rodillas.
Intentó levantarse.
Sus heridas comenzaban a cerrarse más lento. Su respiración era irregular.
Riven se acercó y lo observó desde arriba.
—Pensé que durarías más.
No había rabia en su voz.
Solo decepción.
Riven lo observó un instante más.
Dylan intentó incorporarse otra vez. Sus piernas temblaron, pero logró mantenerse en pie. La respiración era pesada, irregular. La sangre descendía lentamente por su frente, pero su mirada seguía firme.
Riven ladeó la cabeza.
—Qué desilusión.
No hubo burla. Solo frialdad.
Se dio media vuelta.
Sus pasos se alejaron entre los árboles sin prisa, como si jamás hubiera estado en peligro.
El bosque quedó en silencio.
Dylan no se movió.
Esperó.
Escuchó.
Percibió cómo la presencia opresiva desaparecía poco a poco.
Solo cuando estuvo completamente seguro de que Riven ya no estaba…
Sus hombros descendieron.
La tensión abandonó sus músculos de golpe.
Su visión se nubló.
Intentó dar un paso hacia Aura.
No lo logró.
Las piernas cedieron.
El cuerpo cayó hacia adelante, pesado, sin fuerza para amortiguar el impacto.
El suelo recibió su peso con un sonido seco.
La regeneración, agotada hasta el límite, ya no respondió.
El cambio comenzó a revertirse lentamente.
El cuerpo volvió a encogerse.
Gabriel yacía inconsciente entre la tierra y las hojas rotas.
Aura corrió hacia él.
—Gabriel… —susurró, temblando.
No hubo respuesta.
Solo el sonido lejano del viento moviendo los árboles.
Editado: 13.03.2026