Fragmentos del Cielo: El Eco de Arkhor

Prólogo — Los escritos de la caída

Extracto de los archivos históricos del Reino de Arthenya.

Los antiguos escritos relatan que, hace cuatrocientos años, el cielo dejó de pertenecer únicamente a las estrellas. En aquella época, la humanidad no conocía los poderes que hoy dividen al mundo ni comprendía las fuerzas que dormían más allá de lo que sus ojos podían alcanzar. Fue entonces cuando una estrella desconocida apareció en el firmamento y durante siete noches iluminó la tierra con una luz que ningún astrónomo logró explicar.

Los registros más antiguos la nombraron Aethra.

Según los relatos conservados por los primeros reinos, Aethra no era una estrella común. Su llegada alteró la naturaleza del mundo: los mares cambiaron su curso, la tierra tembló bajo ciudades enteras y criaturas desconocidas comenzaron a aparecer en lugares donde nunca antes habían existido. Los sabios de la época creyeron que aquello anunciaba el fin de la humanidad, pero estaban equivocados.

Aethra no llegó para destruir el mundo.

Llegó para cambiarlo.

Los escritos señalan que, en la última noche de su presencia en los cielos, la estrella se quebró. No cayó como una llama que desaparece, sino que se dividió en cinco fragmentos que atravesaron la oscuridad y se perdieron en distintos lugares de la tierra. Durante décadas, nadie comprendió qué había ocurrido, hasta que comenzaron a nacer los primeros niños capaces de manifestar habilidades que desafiaban todo conocimiento humano.

Fueron llamados los Portadores.

Antes de la caída de Aethra, toda la humanidad compartía una misma característica: ojos de color violeta. Durante siglos, ese color representó a la especie humana antes de la llegada de la estrella, una herencia común que no distinguía reinos ni linajes.

Sin embargo, después de que los fragmentos de Aethra cayeran sobre la tierra, comenzaron a nacer personas cuyos ojos habían cambiado. Aquellos niños ya no poseían únicamente la herencia de la humanidad, sino también una conexión con la energía de la estrella caída. Sus miradas se convirtieron en la primera señal de que algo dentro de ellos era diferente.

Los cinco fragmentos fueron clasificados según las habilidades heredadas de Aethra: energía, mente, elementos, ocultamiento y, finalmente, aquellos cuyo poder parecía no existir.

Con el paso de las generaciones, los sabios descubrieron que la herencia de Aethra podía reconocerse a través de una característica imposible de ocultar: el color de los ojos. Cada fragmento dejaba una marca única en aquellos que nacían bajo su influencia, convirtiendo sus miradas en una prueba del poder que habitaba dentro de ellos.

Los portadores del Primer Fragmento nacían con ojos negros y eran conocidos por su dominio sobre la energía. Eran capaces de manipular las fuerzas invisibles que recorrían el mundo y transformarlas en una extensión de su propia voluntad.

Los pertenecientes al Segundo Fragmento poseían ojos azules y desarrollaron habilidades relacionadas con la mente. Podían leer pensamientos, entrar en los recuerdos de otros e incluso alterar aquello que una persona creía conocer de sí misma.

Aquellos nacidos bajo el Tercer Fragmento tenían ojos verdes y una conexión única con la naturaleza. Su poder les permitía dominar los elementos: fuego, agua, tierra y aire, convirtiéndolos en guerreros capaces de cambiar el curso de una batalla.

El Cuarto Fragmento se manifestó en personas de ojos grises, quienes desarrollaron habilidades relacionadas con el ocultamiento. Eran expertos en el sigilo y el camuflaje, y los más talentosos entre ellos podían llegar a desaparecer completamente ante los ojos del mundo.

Finalmente, existía el Quinto Fragmento, cuyos portadores nacían con ojos avellana. A diferencia de los demás, no manifestaban ningún don mágico visible, por lo que durante siglos fueron considerados el fragmento más débil. Sin embargo, su entrenamiento, resistencia y habilidad para el combate los convirtieron en los soldados más letales del reino.

Durante siglos, los cinco Fragmentos coexistieron bajo un mismo cielo. Aunque existían diferencias entre ellos, los antiguos reinos aprendieron a convivir con aquellos que habían heredado una parte de la estrella caída. Sin embargo, todo cambió cuatrocientos años después de la llegada de Aethra.

En una ciudad conocida como Arkhor nació un niño que cambiaría para siempre la historia del mundo.

Los registros oficiales de Arthenya afirman que aquel niño fue producto de una unión entre dos personas pertenecientes a distintos fragmentos. Una existencia imposible que jamás debió ocurrir. Según la versión escrita por la corona, la mezcla de dos poderes diferentes creó una fuerza incontrolable que terminó consumiendo al propio niño y provocando una tragedia sin precedentes.

En una sola noche, Arkhor fue destruida.

Las llamas cubrieron sus calles, sus habitantes desaparecieron y la ciudad que alguna vez fue considerada una de las más importantes del reino quedó reducida a ruinas.

Los historiadores calcularon miles de víctimas y declararon aquel acontecimiento como la mayor amenaza que la humanidad había enfrentado desde la caída de Aethra.

Después de Arkhor, el miedo reemplazó a la confianza.

El rey estableció la Ley de Pureza, una norma que prohibía cualquier vínculo entre personas de distintos fragmentos. La corona declaró que la separación era la única forma de evitar que otra tragedia como Arkhor volviera a ocurrir. Desde entonces, los Portadores comenzaron a ser separados de sus familias desde el nacimiento y criados bajo la protección directa del reino, divididos según el fragmento al que pertenecían.




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