Fragmentos del Cielo: El Eco de Arkhor

Capítulo 1 — El Quinto Fragmento

El primer golpe le cortó la respiración.

Alyssa retrocedió dos pasos y recuperó el equilibrio antes de que el segundo soldado pudiera aprovechar la apertura. El impacto había sido seco, directo contra las costillas. No comprobó si sangraba. Todavía quedaban cuarenta y ocho minutos y los diez soldados dentro de la arena parecían mucho más interesados en empeorar su estado.

La plataforma de entrenamiento era un círculo de piedra rodeado por graderías repletas de soldados del Quinto Fragmento. Nadie vitoreaba. Nadie apostaba en voz alta. El único ruido provenía del viento que descendía de las montañas, de las botas removiendo la arena y del choque constante del acero de práctica.

En el centro de la tribuna principal, el comandante sostenía un reloj de arena.

Alyssa no volvió a mirarlo.

El hombre que tenía delante atacó desde la derecha. Ella desvió la espada, cedió terreno en lugar de oponer fuerza y permitió que el impulso arrastrara a su rival un paso más de lo necesario. Otro apareció por la izquierda. Alyssa giró entre ambos y los obligó a corregir sus trayectorias para no golpearse.

No era la más fuerte de la arena, pero tampoco necesitaba serlo.

Cuando varios combatientes atacaban al mismo tiempo, el espacio podía convertirse en un enemigo para todos, excepto para quien supiera utilizarlo.

Uno de ellos perdió la paciencia y se adelantó. Alyssa esperó hasta que su peso descansó sobre la pierna delantera, golpeó su muñeca con el pomo de la espada y lo desarmó. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, la punta de su arma ya se apoyaba contra su garganta.

—Muerto —declaró.

El soldado apretó la mandíbula, pero obedeció y salió del círculo.

Quedaban nueve.

Los demás dejaron de atacar de manera individual. Formaron un semicírculo y comenzaron a cerrarle las salidas.

Aquello era mejor.

También más peligroso.

Alyssa retrocedió despacio, obligándolos a avanzar hacia una zona de la arena donde la piedra se hundía ligeramente bajo una capa más gruesa de tierra. Conocía aquella plataforma desde niña. Había caído en cada uno de sus desniveles, había sangrado sobre casi todas sus grietas y, si era necesario, podía recorrerla con los ojos cerrados.

El primero apoyó mal el pie.

Alyssa cambió de dirección.

Golpeó su hombro con el suyo, lo lanzó contra el compañero que intentaba cerrarle el paso y atravesó el hueco antes de que el resto consiguiera reaccionar.

Durante los siguientes minutos dejó de pensar en el reloj.

Pensó en respiraciones y distancias.

En la forma en que uno de los soldados bajaba demasiado el codo después de atacar. En la costumbre de otro de mirar hacia el lugar exacto donde pensaba golpear. En el tercero, que llevaba todo el combate intentando arrinconarla en lugar de derrotarla.

Veinte minutos después, cinco soldados habían abandonado la arena y Alyssa comenzaba a pagar el precio de cada uno de ellos.

Un corte le ardía bajo las costillas. Tenía el hombro derecho entumecido y respirar demasiado hondo empezaba a parecer una mala idea. Los cinco que quedaban también mostraban señales del combate. Uno cojeaba. Otro sostenía la espada con ambas manos para ocultar el temblor de su muñeca.

Ninguno pensaba rendirse.

El siguiente ataque llegó por la espalda. Alyssa alcanzó a girar, pero demasiado tarde. El golpe la lanzó contra la arena y, durante un segundo, el mundo se redujo a un zumbido sordo.

No intentó levantarse de inmediato.

Escuchó tres pares de botas.

Dos se acercaban demasiado rápido.

Esperó hasta distinguir las sombras de las espadas sobre el suelo, rodó hacia un costado y oyó las hojas chocar contra la piedra donde había estado su cuerpo. Aprovechó la confusión para barrer el tobillo del primero y se levantó utilizando el impulso del segundo como apoyo.

Uno de los hombres retrocedió, jadeando.

—Mierda.

El tercero ya avanzaba hacia ella.

En algún momento de la prueba, Alyssa comprendió que algo no encajaba.

No era por los soldados. Ellos hacían exactamente lo que se esperaba de ellos: golpear, adaptarse, cansarla.

Lo extraño estaba fuera de la arena.

Los instructores no seguían el combate como de costumbre.

La seguían a ella.

Cada vez que cambiaba de estrategia, las miradas se desplazaban. Cuando recibía un golpe, alguno anotaba algo. Cuando fingía cansancio para provocar un ataque, nadie parecía interesado en el resultado. Observaban la decisión que la había llevado hasta allí.

Llevaba una semana sintiéndolo en los pasillos, durante las formaciones y en los entrenamientos ordinarios. Miradas que se apartaban cuando ella giraba. Conversaciones que terminaban demasiado pronto.

Aquella prueba no consistía únicamente en sobrevivir.




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