22 años después de la destrucción de Arkhor
El primer golpe le cortó la respiración.
No fue un dolor agudo, sino uno profundo, seco, de esos que atravesaban el pecho y parecían vaciar los pulmones por completo. Alyssa retrocedió dos pasos antes de recuperar el equilibrio. El sabor metálico de la sangre apareció al instante en su boca, pero la tragó sin darle importancia. Si escupía, admitiría que el golpe había sido mejor de lo que quería reconocer.
Aún quedaban cincuenta y ocho minutos.
Levantó la vista mientras obligaba a su respiración a recuperar el ritmo. La arena de entrenamiento era un enorme círculo de piedra negra rodeado por graderías donde cientos de soldados del Quinto Fragmento observaban en absoluto silencio. No había vítores, apuestas ni palabras de ánimo. Solo el viento golpeando las murallas y el constante choque del acero.
En el centro de la plataforma principal, el comandante sostenía un reloj de arena.
La arena apenas había comenzado a caer.
Alyssa sonrió.
—Van a tener que esforzarse más.
Uno de los soldados resopló.
—Todavía te quedan diez.
—Entonces dejen de perder el tiempo.
El primero volvió a lanzarse sobre ella. Alyssa giró sobre un pie justo antes de que la espada descendiera y dejó que el filo cortara el aire donde un instante antes estaba su cuello.
No contraatacó.
Sabía que, cuando eran varios contra uno, atacar primero era el error más fácil de cometer.
Otro apareció por la izquierda.
Levantó el antebrazo protegido por cuero endurecido y bloqueó el impacto. El golpe le recorrió todo el hombro. Antes de que un tercero pudiera alcanzarla, dio un paso atrás y obligó a que ambos chocaran entre sí.
Uno maldijo.
Ella aprovechó ese instante.
Una patada al estómago.
Un codazo al cuello.
El mango de la espada golpeó la muñeca del tercero, obligándolo a soltar el arma.
No perdió tiempo rematándolo.
Ya venía otro.
En el Quinto Fragmento nadie peleaba limpio.
Los entrenamientos tampoco.
Allí no existían los duelos de honor que tanto gustaban a los nobles del reino.
Solo existía una regla.
Sobrevivir.
Todo lo demás era irrelevante.
El comandante había pronunciado únicamente cuatro palabras antes de abrir las puertas de la arena.
—Sobrevive una hora, Zephyr.
Nada más.
Ni instrucciones.
Ni objetivos.
Ni explicación alguna.
Después, diez soldados habían entrado.
Alyssa apenas alcanzó a bloquear un nuevo ataque antes de sentir un golpe brutal en las costillas. El aire volvió a escapar de sus pulmones y cayó sobre una rodilla.
Uno de los soldados sonrió.
Error.
Clavó una mano en la arena, impulsó todo su cuerpo hacia un lado y barrió las piernas de su atacante. Antes de que pudiera levantarse, apoyó la punta de la espada de entrenamiento sobre su pecho.
—Muerto.
No hacía falta atravesarlo.
Las reglas eran simples.
Si una espada real te hubiera matado, el combate terminaba allí.
El soldado gruñó y abandonó la arena.
Quedaban nueve.
—¡No le den espacio! —gritó alguien desde las graderías.
Los demás obedecieron al instante.
Formaron un semicírculo.
La estaban empujando hacia uno de los extremos.
Alyssa soltó una pequeña risa.
—Ahora sí están pensando.
Uno frunció el ceño.
—Sigues hablando demasiado.
—Y tú demasiado lento.
El hombre rugió y se lanzó contra ella.
Eso era exactamente lo que esperaba.
Muchos combates no se ganaban con fuerza.
Se ganaban haciendo que el otro dejara de pensar.
Esperó hasta el último instante.
Se apartó.
El soldado no alcanzó a frenar y terminó chocando de frente con uno de sus compañeros.
Dos fuera de posición.
Suficiente.
Alyssa avanzó como una flecha.
El pomo de su espada golpeó la mandíbula del primero.
Giró sobre sí misma.
La misma rotación le permitió barrer las piernas del segundo.