La campana sonó antes de que el sol alcanzara las montañas.
Alyssa abrió los ojos con el primer tañido.
El costado protestó cuando se incorporó y le recordó con bastante precisión cada golpe recibido durante el examen del día anterior. Al otro lado del dormitorio, Kieran ya estaba sentado en su cama, ajustándose las botas.
—Cinco minutos —murmuró ella.
—Cuatro —la corrigió él sin levantar la cabeza.
Alyssa abrió el baúl, buscó una venda limpia y la dejó junto a la ropa.
—Te gusta discutir sobre números inútiles.
—Me gusta llegar a tiempo.
—Nunca llegamos tarde.
Kieran levantó la vista mientras terminaba de ajustar una de las correas.
—Tú llegaste tarde dos veces el año pasado.
—Una —replicó Alyssa, sacando una camisa limpia.
—Dos.
—La segunda no cuenta. Estábamos regresando de una misión.
—La campana no hizo esa distinción.
Alyssa lo miró con la suficiente seriedad para que cualquier otra persona hubiera dado por terminada la conversación. Kieran, en cambio, sonrió apenas y se puso de pie.
Aquella era una de las pocas diferencias visibles entre ellos al amanecer: él despertaba dispuesto a recordar detalles irrelevantes, ella necesitaba al menos un poco de agua fría antes de comenzar a tolerarlos.
El dormitorio diecisiete era idéntico a casi todos los demás: dos camas, dos baúles, dos escritorios y una hilera de armas apoyadas contra la pared. No había retratos, juguetes ni recuerdos de infancia. Ninguno de los dos habría sabido qué colocar allí aunque se lo hubieran permitido.
Habían llegado al Quinto Fragmento siendo demasiado pequeños para recordar otro lugar.
A los diez años los habían convertido en pareja de entrenamiento. Desde entonces, casi todo se hacía de dos en dos.
No porque alguien creyera que los niños necesitaban compañía, sino porque el Quinto enseñaba que todo soldado poseía límites que una segunda persona debía cubrir. Uno vigilaba mientras el otro dormía. Uno veía el ángulo que el otro no podía alcanzar. Uno regresaba a buscar al otro si este no volvía.
Kieran había sido esa persona durante doce años.
Alyssa guardó la venda junto a la ropa y ambos abandonaron el dormitorio al mismo tiempo.
Los baños estaban llenos cuando llegaron. El agua descendía directamente desde las montañas y nadie había considerado necesario calentarla. Hombres y mujeres compartían el mismo espacio sin divisiones. En el Quinto, después de años cosiendo heridas, cargando cuerpos y durmiendo hombro con hombro durante las misiones, la privacidad se entendía de otra manera.
Alyssa dejó que el agua helada le cayera sobre la cabeza. Cuando alcanzó el corte del costado, tuvo que contener el impulso de apartarse.
Una soldado pasó junto a ella y observó la herida.
—¿Cinco? —preguntó.
Alyssa asintió.
—Cinco.
La mujer continuó caminando.
No había preguntado si se encontraba bien. Había preguntado cuántos instructores habían entrado después de que terminara el reloj.
Cuando Alyssa salió de los baños, limpió la herida y se envolvió el costado con la venda que había llevado. Para entonces, Kieran ya la esperaba en el pasillo.
Sus ojos descendieron hacia la tela limpia y se detuvieron en la mancha roja que comenzaba a extenderse bajo la chaqueta.
—La abriste.
—Un poco —admitió Alyssa mientras Kieran sacaba un pequeño rollo de tela del bolsillo.
Alyssa extendió la mano.
—Es suficiente para que me des esa venda.
Kieran se la lanzó.
—Te la cobraré.
—Agrégala al cuchillo.
—La deuda empieza a crecer.
Alyssa guardó la tela dentro de la chaqueta y ambos emprendieron el camino hacia el comedor.
A esa hora, cientos de soldados ocupaban las mesas en un silencio que, para cualquiera ajeno al Quinto Fragmento, habría parecido incómodo.
Para ellos era simplemente la mañana.
El ruido de un cuerpo golpeando el suelo interrumpió el desayuno.
Un instructor había sujetado a un joven por el cuello del uniforme y lo había derribado frente a una de las mesas centrales. Alyssa redujo apenas el paso al reconocerlo.
Torren.
Su pareja, Daren, había muerto tres días antes durante una misión en el paso occidental.
—¿Sabes por qué sigues vivo? —preguntó el instructor.
Torren permaneció en el suelo y no respondió.
El hombre lo obligó a alzar la cabeza tirando de su uniforme.
—Porque él murió antes que tú.