Fragmentos del Cielo: El Eco de Arkhor

Capítulo 2 — La misma marcha

La campana resonó por todo el cuartel antes de que el sol terminara de asomarse entre las montañas. Un único golpe, grave y seco, suficiente para despertar a cientos de soldados al mismo tiempo.

Alyssa abrió los ojos al instante.

Tantos años levantándose con aquel sonido habían convertido el despertar en un reflejo. No necesitó desperezarse ni quedarse unos segundos mirando el techo. Simplemente se incorporó.

El costado protestó de inmediato.

El corte bajo las costillas seguía abierto.

Hizo una mueca apenas perceptible mientras apartaba la manta.

Al otro lado de la habitación, Kieran ya estaba sentado en su cama, terminando de colocarse las botas.

Como siempre.

No cruzaron un "buenos días".

Nadie lo hacía.

—Cinco minutos.

Mientras hablaba, Alyssa rebuscó una venda limpia entre las pocas pertenencias que guardaba en el baúl.

Kieran ni siquiera levantó la vista.

—Cuatro.

Ella resopló.

—Eres insoportable.

—Siempre llegas tarde.

Alyssa arqueó una ceja mientras comenzaba a retirar con cuidado la venda empapada de sangre.

—Nunca he llegado tarde.

—Dos veces.

—Una.

Kieran terminó de ajustar la última correa de la bota antes de responder.

—Dos.

Ella negó con la cabeza.

—Tienes muy buena memoria para las cosas inútiles.

Él se puso de pie.

—Es útil cuando trabajo contigo.

Una risa apenas escapó por la nariz de Alyssa.

Probablemente era lo más parecido a una broma que Kieran había hecho en toda la semana.

La habitación era idéntica a las demás del cuartel: dos camas, dos baúles de madera oscura y dos pequeños escritorios que casi nunca utilizaban. No había fotografías, recuerdos ni objetos personales. Nada que recordara que allí dormían personas y no simplemente soldados.

Así funcionaba el Quinto Fragmento.

Las parejas se formaban cuando apenas eran niños y permanecían juntas durante toda su formación. Dormían en la misma habitación, entrenaban juntos, comían juntos y cumplían cada misión hombro con hombro. No era una forma de fomentar la amistad, sino una estrategia. Si un compañero aprendía a respirar al mismo ritmo que el otro, también aprendería a cubrirlo antes incluso de pensar.

Cuando Alyssa terminó de quitarse las vendas del costado, ambos abandonaron la habitación sin decir una sola palabra.

Los pasillos comenzaban a llenarse de soldados vestidos con el mismo uniforme negro y el sonido de cientos de botas golpeando la piedra era el único ruido que rompía el silencio de la mañana.

Los baños ocupaban casi toda un ala del cuartel. Eran una larga sucesión de duchas de piedra alimentadas por agua helada que descendía directamente desde las montañas.

No existían divisiones entre hombres y mujeres y nunca habían hecho falta.

Desde pequeños les enseñaban que un compañero era exactamente eso: un compañero. En una misión cualquiera podía terminar cosiendo una herida, cargando a otro sobre los hombros o cambiándole un vendaje en mitad del campo de batalla.

Sobrevivir siempre había sido más importante que cualquier otra cosa.

Alyssa dejó que el agua helada cayera sobre su cabeza.

El contacto hizo que el corte del costado ardiera con fuerza y apretó la mandíbula mientras retiraba la sangre seca del hombro.

Una soldado pasó caminando a su lado y sus ojos descendieron un instante hacia la venda.

—¿Cinco?

Alyssa asintió.

—Cinco.

La mujer hizo un leve movimiento con la cabeza antes de seguir su camino.

No preguntó si estaba bien; en realidad, había preguntado cuántos instructores habían participado.

Cuando Alyssa salió, Kieran ya la esperaba apoyado contra la pared del pasillo, con el cabello castaño todavía húmedo.

Bastó una mirada para que frunciera apenas el ceño.

—La abriste otra vez.

Alyssa bajó la vista.

La venda nueva comenzaba a teñirse de rojo.

Sin decir nada, Kieran sacó un pequeño rollo de tela limpia del bolsillo de su chaqueta y se lo lanzó.

Ella lo atrapó en el aire.

—Gracias.

Él ya había comenzado a caminar.

No respondió.

No hacía falta.

Alyssa lo alcanzó unos pasos después y ambos continuaron avanzando con el mismo ritmo de siempre. Después de tantos años habían aprendido que no todas las conversaciones necesitaban palabras.




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