La oficina del comandante estaba custodiada por dos soldados de armadura plateada.
Alyssa los reconoció antes de distinguir el emblema bordado en sus pecheras.
Guardia Real.
Eso eliminó varias de las explicaciones que había construido durante la noche y dejó únicamente las peores.
Uno de los guardias abrió la puerta.
—Zephyr.
El comandante esperaba de pie junto a la ventana. Desde allí se veía el patio principal y, a esa hora, las primeras filas del Quinto iniciaban el entrenamiento matutino.
Alyssa conocía exactamente dónde estaría Kieran.
Tercera fila.
A la derecha.
Por primera vez en años, el espacio junto a él estaría vacío.
—Llegaste puntual —dijo el comandante.
—Siempre llego puntual.
El comandante señaló a los guardias.
—Irás con ellos.
—¿Adónde?
—No puedo decírtelo.
—¿Cuánto tiempo?
—Tampoco.
Alyssa dejó pasar un segundo.
—¿Kieran viene después?
La respuesta tardó demasiado.
—No.
Ella sostuvo la mirada del comandante.
—Entonces quiero saber por qué.
—Porque esta vez no te eligieron como parte de una pareja.
—¿Quién me eligió?
El comandante volvió la vista hacia el patio.
—El rey.
Eso consiguió que Alyssa guardara silencio.
—Ve con ellos —continuó—. Escucha antes de decidir qué piensas. Y, por una vez, intenta no discutir una orden antes de conocerla completa.
—No hago eso.
El comandante la miró de lado.
—Ve, Zephyr.
El carruaje no tenía insignias.
Las cortinas permanecieron cerradas durante todo el trayecto y los guardias no respondieron una sola pregunta. Alyssa intentó orientarse por las curvas, el cambio del terreno y la pendiente, pero después de casi una hora dejó de reconocer el camino.
Cuando la puerta se abrió, estaban bajo el Palacio Real.
No necesitó que nadie se lo explicara. La piedra pulida, la cantidad de guardias y el tamaño imposible de los corredores bastaban.
La condujeron hasta una sala circular protegida por una puerta de hierro.
Al otro lado había cuatro personas.
Alyssa dio un paso dentro.
Una corriente fría le recorrió los antebrazos.
La habitación era subterránea.
Entonces los cuatro desconocidos giraron la cabeza hacia ella al mismo tiempo.
No de manera brusca. No como soldados que reaccionan a un peligro. Fue más parecido a una atención involuntaria, como si todos hubieran oído un sonido que Alyssa no alcanzó a percibir.
Uno de los hombres fue el primero en apartar la vista. Tenía el cabello negro, expresión demasiado relajada para alguien encerrado bajo un palacio y ojos del mismo color que una noche sin luna.
Primer Fragmento.
La mujer rubia, de ojos grises, no dejó de observarla tan rápido. Tenía el cuerpo quieto y la mirada de alguien que registraba salidas, armas y distancias sin mover la cabeza.
Cuarto.
El hombre de ojos verdes estaba sentado en el borde de la mesa. Había algo despreocupado en la postura, aunque sus manos mostraban las marcas de entrenamiento de un soldado.
Tercero.
El último tenía ojos azules y una calma distinta a la de los demás. No parecía desinteresado. Parecía estar escuchando incluso aquello que nadie decía.
Segundo.
Alyssa comprendió la estructura antes de que alguien hablara.
Uno de cada Fragmento.
Incluyéndola a ella.
La corriente volvió a rozarle la piel y desapareció.
El hombre del Primer Fragmento se frotó distraídamente los dedos, como si hubiera sentido estática.
Ninguno comentó nada.
Las puertas se abrieron de nuevo.
Esta vez entró el rey.
Alyssa lo había visto únicamente en retratos oficiales. En persona parecía menos ceremonial. No llevaba corona, sino un uniforme oscuro con el emblema de Arthenya bordado en oro. Sus ojos violetas eran la única característica que ninguno de los cinco compartía.
Humano.
La familia real lo había sido desde antes de Aethra.
Todos se pusieron de pie.
—Siéntense —ordenó el rey.
Nadie lo hizo hasta que él tomó la cabecera de la mesa.
Cinco carpetas descansaban frente a ellos.