La sensación desapareció antes de que Alyssa pudiera encontrar un origen.
Revisó ventanas, tejados y caminos. Nada parecía fuera de lugar. El pueblo continuaba con su ritmo ordinario, como si treinta y siete personas no hubieran desaparecido en distintos puntos del reino y como si el bosque que rodeaba Dunhollow no acabara de producirle la certeza absurda de estar siendo observada.
—Definitivamente pasa algo —dijo Zyran.
Alyssa siguió mirando hacia los árboles.
—¿Por qué?
—Porque has volteado todo el tiempo hacia el bosque.
Alyssa no respondió.
—Eso pensé.
Habían hablado con comerciantes, granjeros, vecinos y familiares de algunas víctimas. Todos sabían un poco. Nadie sabía suficiente.
O nadie quería decirlo.
Cada vez que mencionaban a los Portadores desaparecidos aparecía el mismo patrón: ojos que se desviaban, puertas que comenzaban a cerrarse y frases cada vez más cortas.
Alyssa empezaba a perder la paciencia.
Zyran sacó un informe doblado de la chaqueta.
—Queda un lugar. La casa donde se alojaron los últimos tres del Tercer Fragmento.
Alyssa extendió la mano, pero él mantuvo el documento fuera de su alcance.
—Sé leerlo.
—No dije que no.
—Entonces dámelo.
Zyran resistió unos segundos antes de entregárselo.
Ella desplegó el informe. Los tres Portadores habían llegado juntos, se habían alojado durante dos noches en una casa cercana al viejo molino y habían sido vistos por última vez al anochecer.
Después, nada.
—Calle del Molino —dijo Alyssa.
—Eso llevo diciendo diez minutos.
—No estabas hablando conmigo.
Zyran adoptó una expresión ofendida.
—Siempre estoy hablando contigo.
—Ese es el problema.
La casa se encontraba casi al final de un camino estrecho. Era demasiado ordinaria para la clase de lugar donde una investigación debía encontrar respuestas: piedra, madera oscura, macetas y flores secas junto a la entrada.
Zyran guardó los documentos.
—Déjame hablar a mí.
Alyssa lo miró.
—Yo también puedo hacerlo.
—Lo sé. El hombre de las manzanas también lo sabe y todavía cree que lo acusaste de asesinato.
—Estaba mintiendo.
—Vendía fruta.
—No son cosas incompatibles.
Zyran cerró los ojos durante un segundo.
—Solo intenta no convertir una pregunta en una amenaza.
—No hago eso.
—Eso también sonó como una amenaza.
Alyssa golpeó la puerta tres veces.
Una mujer anciana abrió apenas lo suficiente para verlos. Sus ojos violetas pasaron primero por Zyran y después por Alyssa.
—¿Qué quieren?
Zyran sonrió con una naturalidad que Alyssa no comprendía cómo podía fabricar tan rápido.
—Buenas tardes. Buscamos información sobre unos viajeros que se alojaron aquí hace algunos días.
Los dedos de la mujer se tensaron alrededor del borde de la puerta.
—No sé de qué hablan.
Alyssa miró a Zyran.
—Miente —susurro.
La anciana la oyó. Zyran exhaló despacio.
—Habíamos hablado de esto.
—Pero está mintiendo, deberíamos usar otro método —dijo en voz baja.
—Lo sé. La idea era no anunciarlo.
La mujer empezó a cerrar la puerta. Zyran levantó una mano, sin llegar a tocarla.
—Espere. No venimos a causarle problemas.
—Entonces váyanse.
Alyssa avanzó apenas medio paso.
—Tres Portadores desaparecieron después de alojarse aquí.
Zyran giró lentamente la cabeza hacia ella.
—¿Quiénes son ustedes?
Ambos callaron.
—Investigadores —respondió Zyran.
La mujer los estudió con mayor atención. Se detuvo en las botas, en la postura de Alyssa y en la mano de Zyran, demasiado cerca del cinturón.
—Soldados.
Alyssa frunció el ceño.
—Regresen al lugar del que vinieron.
Parte de la ligereza desapareció del rostro de Zyran.
—¿Por qué?
—Porque aquí no encontrarán nada que valga la pena encontrar.
—Hay personas desaparecidas.
—Y seguirán desaparecidas.
Eso cambió el ambiente.
Alyssa dejó de mirar la casa y centró toda su atención en la mujer.
—¿Sabe qué les ocurrió?
La anciana dio otro paso atrás.
Miedo.
No incomodidad ni culpa.
Miedo.
Zyran también lo vio. Cuando volvió a hablar, bajó la voz.
—No venimos a hacerle daño.
La mujer lo observó con una expresión amarga.
—Eso dijeron los anteriores.
Alyssa reaccionó de inmediato.
—¿Qué anteriores?
La anciana pareció arrepentirse.
Alyssa iba a insistir cuando Zyran pronunció su nombre.
—Alyssa.
Ella lo miró.
No tuvo que explicarse. Si presionaba demasiado, perderían a la única persona que acababa de admitir que otros habían investigado antes.
Alyssa retrocedió medio paso.
Zyran esperó hasta que la mujer volvió a mirarlo.
—¿Ya vinieron otras personas a preguntar por las desapariciones?
No obtuvo respuesta.
—No necesitamos saber quién los envió. Solo si estuvieron aquí.
Los dedos de la anciana aflojaron un poco.
—Vinieron varios.
—¿Soldados?
—Algunos.
Alyssa y Zyran intercambiaron una mirada.
—Primero llegaron hombres con ojos negros —continuó la mujer—. Dos días haciendo preguntas. Después vinieron otros con ojos azules. Más tarde, dos de ojos grises.
Primer Fragmento. Segundo. Cuarto.
Investigaciones separadas, exactamente como exigía la Ley.
—¿Y el último grupo? —preguntó Zyran.
La mujer dudó.
—Seis soldados.
Alyssa sintió una tensión inmediata.
—¿Qué color tenían los ojos?
La anciana la miró.
—Avellana.
Quinto.
Alyssa se acercó sin darse cuenta.
—¿Cuándo?
—Hace algunas semanas.
—¿Se alojaron aquí?
—Dos noches.
Alyssa conocía demasiado bien lo que significaba enviar seis soldados del Quinto.
No eran exploradores improvisados ni personas sin entrenamiento. Una unidad completa no desaparecía sin dejar señales. Incluso heridos, incluso superados, aprendían a marcar rutas, esconder mensajes y regresar por sus compañeros.