Fragmentos Infinitos

Capítulo 100: Sombras del Pasado - Parte 11

En el Inframundo ya habían pasado varios minutos de puro terror. Los Reyes Demonios continuaban con su encarnizada pelea, y los resultados eran catastróficos. La ciudad de Vertegrum, el orgulloso territorio de Quizza, estaba completamente devastada. El terremoto masivo lo destruyó todo a su paso, dejando a miles de demonios atrapados y aplastados debajo de las toneladas de escombros. Para muchos de los habitantes, este escenario apocalíptico representaba el fin de los tiempos; para otros, estaba claro que era un acto intencional, provocado por una entidad destructiva que arrasó con el lugar usando el peso de su poder: Monsfil, el Rey Demonio de la Destrucción Eterna. Su título de rey hacía un honor absoluto a sus acciones; un ser venerado por muchos debido a su fuerza implacable y odiado con la misma intensidad por otros.

Mientras los choques violentos de sus auras se daban en los cielos, rasgando el firmamento de la dimensión oscura, en la tierra la realidad era completamente distinta. Entre el polvo y el humo, Ylfur se levantó con dificultad; había estado inconsciente durante varios minutos debido al impacto inicial. Escuchando los estruendos ensordecedores y los impactos colosales que sacudían las alturas, miró hacia arriba con la vista nublada y vio cómo el cuerpo de Monsfil cayó a plomo, estrellándose ruidosamente contra el suelo, mientras Quizza desplegaba sus elegantes y majestuosas alas demoníacas en el aire.

Ylfur, sosteniéndose la cabeza, balbuceó con confusión:

—¿Qué está pasando? ¿Por qué pelean los Reyes Demonios?

Fue entonces cuando sus ojos se enfocaron y se dio cuenta de la magnitud de la devastación. El joven demonio quedó completamente horrorizado al ver toda la urbe reducida a escombros y cenizas. Con el corazón acelerado, buscó desesperadamente a sus amigos con la mirada, pero no estaban por ningún lado. Fue entonces cuando sus ojos se toparon con una escena macabra que lo dejó traumado de por vida: la cabaña en la que se hospedaban había colapsado por completo, aplastada por un gran bloque de concreto, y lo peor de todo fue ver la mano inerte de uno de sus amigos sobresaliendo por debajo de los pesados escombros.

Ylfur cayó de rodillas, paralizado por la impotencia, sin poder hacer nada para regresar el tiempo. Las lágrimas, densas y cargadas de dolor, recorrieron sus mejillas mientras contemplaba aquella escena espantosa. En ese instante de quiebre absoluto, el dolor se transformó en una energía ancestral y violenta. De un momento a otro, su cabello creció rápidamente y se tornó blanco como la nieve. Su cuerpo comenzó a dar chispazos carmesí con cada relámpago rojo que cruzaba el cielo, mientras el metal oscuro de una imponente armadura de placas iba materializándose directamente sobre su piel, sellada con filamentos dorados que brillaban con una intensidad mística. Una majestuosa capa carmesí se desplegó a su espalda, ondeando en jirones como si tuviera vida propia.

Aferrando sus puños contra el suelo agrietado, Ylfur se juró a sí mismo que acabaría con aquel que arrebató las vidas de sus camaradas y de tanta gente inocente.

—¡No lo perdonaré por nada del mundo! —rugió con una voz distorsionada por el nuevo poder—. ¡Acabaré contigo, Rey Demonio Monsfil!

A varios metros de donde Ylfur experimentaba su metamorfosis, Monsfil se levantaba poco a poco de la fosa del impacto, escupiendo sangre oscura, mientras Quizza descendía desde las alturas con una elegancia felina y letal.

—Hermanito, sé que eres fuerte y que ese golpe fue para ti cosquillas —comentó Quizza, acomodándose el cabello con cinismo—. Es una pena que hayas desactivado el Cristal de Inmortalidad, pero ahora sufrimos en igualdad de condiciones. Tus heridas y las mías no han sanado por completo.

Monsfil la miró con odio puro, limpiándose la boca mientras acumulaba su energía destructiva.

—Quería que sufrieras de verdad con mis golpes. Te odio por todo lo que has estado planeando... No tienes perdón.

Quizza soltó una carcajada melodiosa, batiendo sus alas con desdén.

—No me digas que te enamoraste de esa Reina de los Espíritus. No, hermanito... eso es algo que no se puede aceptar. Somos demonios, y ellos espíritus; estamos en diferentes categorías.

—¡Cállate! —bramó Monsfil, interrumpiéndola—. Tú no sabes nada. Qué importa si estoy enamorado o no... ¡No tienes el derecho de destruir su hogar!

Quizza ensanchó su sonrisa sádica, disfrutando de la furia de su hermano.

—Pero eso es lo divertido de esto. Somos demonios y nuestra naturaleza es destruir. Tan solo piénsalo... ver cómo masacran a una raza es delicioso. Somos así, nuestras raíces nos llevan a ver sangre y dolor.

Monsfil enfureció por completo tras escuchar las crueles palabras de Quizza. Aumentó su poder de golpe, desatando una presión tan descomunal que debajo de sus pies se formó una galaxia púrpura de energía giratoria. Quizza, lejos de asustarse, sonrió como una auténtica desquiciada.

—Me gusta... ¡Hazlo, hermanito! —Lo incitó—. Enfádate y saca tu verdadera naturaleza, la de un destructor. ¡Vamos, hermano, destrúyelo todo!

En respuesta a la furia de Monsfil, un nuevo terremoto sacudió el lugar nuevamente. Esta vez la magnitud era menor que el anterior, pero aun así fue lo suficientemente fuerte como para resquebrajar los pocos edificios que quedaban en pie.

Quizza extendió los brazos, preparándose para el contraataque.

—Como muestra de mi aprecio por ti, te responderé de la misma manera. Desataré mi poder y entonces tengamos la batalla más legendaria de toda la historia del Inframundo.

El poder de Quizza se materializó en un grito desgarrador que hizo eco en el plano oscuro. En ese instante, de los cuerpos de los miles de demonios fallecidos debajo de los escombros, comenzó a emanar una densa energía espiritual de color oscuro que se iba acumulando masivamente en el cielo. Monsfil lo notó de inmediato; detuvo temporalmente el temblor de la tierra, levantó la mirada hacia el firmamento y preguntó con desconcierto:



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En el texto hay: juvenil, magia, fantasia sobrenatural

Editado: 08.07.2026

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