Frecuencia 432hz

440HZ

FRECUENCIA 432Hz

Capítulo 1 — "440Hz"

Las galerías de Paruro huelen a caucho quemado, a soldadura fría y a anticuchos de carretilla.

Eran las once de la noche y la galería Jordi seguía abierta.

Siempre seguía abierta. Eso era lo primero que aprendías en el submundo de Paruro: los horarios eran sugerencias para la gente de arriba. Acá abajo, el tiempo lo medía otra cosa. La cantidad de gente. El ruido. Las luces encendidas.

John avanzó por el pasillo central con el maletín de herramientas en la mano derecha y la radio portátil antigua modificada por él mismo colgada del cinturón, apagada. No la necesitaba todavía. Lo que había dentro de la galería Jordi esta noche, según su experiencia, no priorizaba encenderla aún.

Por ahora era un trabajo de rutina.

El local estaba en el tercer nivel, pasando la escalera de fierro que siempre crujía en el mismo peldaño. Se llamaba Tecno Visión y lo administraba un hombre de apellido Ccarita que llevaba veintidós años vendiendo repuestos de computadora en ese mismo metro cuadrado de Lima y que esta semana había llamado a John tres veces porque sus máquinas hacían cosas que las máquinas no deberían hacer.

John tocó el metal del portón con los nudillos.

Nadie abrió.

Empujó. Estaba sin seguro.

Adentro olía a plástico caliente y a algo más, algo que no tenía nombre en ningún catálogo de fallas técnicas pero que John reconocía igual que un médico reconoce el olor de una infección antes de ver la herida. Ese olor agrio y estático, ese olor a frecuencia equivocada, a vibración que inquieta.

Había seis monitores encendidos en fila. Ccarita estaba sentado frente al central, inmóvil, iluminado por la pantalla.

John lo observó desde la puerta.

La postura estaba mal. La cabeza levemente inclinada hacia adelante, los hombros caídos, las manos sobre el teclado pero sin escribir. Como alguien que se quedó dormido pero con los ojos abiertos. Como alguien que estaba siendo vaciado muy despacio y no se había dado cuenta de cuándo empezó.

John conocía esa postura.

La había visto cientos de veces en los últimos años. Cada vez más. Cada vez en gente más joven.

Dejó el maletín en el suelo sin hacer ruido, se puso los guantes dieléctricos y encendió la radio portátil.

El dial giró solo, buscó, se estabilizó.

Every Breath You Take de The Police llenó el local en volumen bajo. Ese arpeggio de guitarra que se repite y se repite sin llegar nunca a ningún lado, hipnótico, sin tensión, sin salida. John lo conocía bien. Conocía lo que significaba cuando el aparato lo sintonizaba.

Bien.

John rodeó lentamente el perímetro del local.

Los vio en las esquinas, donde la luz de los monitores no llegaba. No los describió ni en su cabeza porque las palabras no servían para eso y además distraían. Solo los registró. Cuántos. Dónde. Qué tan adheridos estaban.

Tres. Dos en las esquinas del fondo. Uno pegado directamente a la espalda de Ccarita, con toda su atención concentrada en él como una ventosa sobre vidrio húmedo.

Esas cosas que deambulan en la oscuridad y que solo yo puedo ver.

John abrió el maletín.

Lo que vino después no buscaba ser espectacular. Eso sería lo que la gente entendería si alguna vez lo viera: que el trabajo real nunca era espectacular. Era metódico. Era técnico. Era incómodo y a veces aburrido y siempre, siempre, olía a caucho quemado.

Primero desconectó los monitores de la red. Uno por uno, sin apuro. Cada cable que arrancaba cortaba un conducto. Los monitores se apagaron en secuencia y el local quedó iluminado solo por la linterna de cabeza que John llevaba ajustada sobre la frente.

La cosa en la espalda de Ccarita se movió.

John no la miró directamente. Regla básica: no mirar directamente. La atención era alimento también.

Del maletín sacó el walkman. El chasis de plástico amarillo tenía inscripciones geométricas grabadas con una punta de acero, líneas que seguían la misma lógica que los relieves en los templos de Chavín si los templabas de cierta manera, si los veías con los ojos que corresponden. Los audífonos de esponja naranja tenían quince años de uso y seguían funcionando mejor que cualquier cosa inalámbrica que hubiera salido al mercado en la última década.

John lo encendió.

La cinta empezó a correr.

Synthwave mezclado con frecuencias de pututo, la trompeta de caracol ancestral que los Mochica usaban para limpiar espacios antes de que existiera la palabra limpiar en el sentido que John le daba. La mezcla salía por los audífonos en un volumen que solo Ccarita podría escuchar si John se los pusiera, que era exactamente lo que iba a hacer.

Se acercó despacio.

La cosa en la espalda de Ccarita se tensó.

John se detuvo a medio metro, respiró una vez, y con los guantes puestos le colocó los audífonos a Ccarita con la precisión de alguien que ha hecho este movimiento exacto doscientas veces y sabe que el margen de error es cero.

Ccarita parpadeó.

La cosa en su espalda se soltó como electricidad estática que se descarga de golpe. Las dos de las esquinas retrocedieron hacia la pared y desaparecieron en la textura del concreto como agua que se absorbe.

Y entonces la radio portátil se apagó sola.

No se desintonizó. No buscó otra frecuencia. Simplemente dejó de emitir, como un instrumento que ya no tiene nada que medir. El arpeggio de Every Breath You Take se cortó en mitad de un compás y el local quedó en silencio completo salvo por el zumbido del único monitor que seguía encendido.

Ccarita parpadeó de nuevo. Giró la cabeza despacio, con el gesto confundido de alguien que no sabe cuánto tiempo estuvo dormido.

—¿Don John? —dijo. La voz ronca, la boca pastosa.

—Sus máquinas tenían un problema de frecuencia —dijo John—. Ya está.




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