FRECUENCIA 432Hz
Capítulo 2 — "La Trampa en la Número Ocho"
El día de John empezaba antes de que Paruro abriera.
No por disciplina. El cuerpo, después de tantos años en ese submundo, había aprendido solo los horarios del lugar. Llegaba a las siete y cuarto, cuando los primeros comerciantes levantaban sus persianas de metal con ese sonido de acordeón oxidado que era la campana de inicio de un turno sin hora de cierre.
Tenía tres trabajos fijos ese martes.
El primero en Las Malvinas, un puesto de impresoras de un tal Medrano. Problema de tierra en el circuito principal, el tipo de falla que degrada los equipos en silencio durante meses hasta que un día todo deja de funcionar y nadie sabe exactamente cuándo empezó.
John sabía cuándo empezó.
Siempre sabía cuándo empezó.
El segundo era en Wilson, una cabina de internet de doce computadoras cuya dueña, Esperanza, describía como rara. John había aprendido a prestarle atención a esa palabra cuando la decía gente como Esperanza, que no la usaba a la ligera.
El tercero no era un trabajo todavía. Era una visita.
Comió en el local de la señora Natividad a las doce y veinte, en la mesa del rincón con la pata corta, la que nadie más elegía.
Ámbar cruzó el local dos veces con tápers apilados, la ruta calculada al minuto de siempre, y la segunda vez cruzó la mirada con John un segundo antes de seguir hacia la puerta.
John terminó su almuerzo, dejó el dinero exacto y se fue.
La cabina de Esperanza quedaba a siete minutos caminando si uno iba directo, a doce si iba por donde iba John, que nunca iba directo a ningún lado porque directo significaba no ver lo que había en los costados y lo que había en los costados era, en general, más importante que el destino.
Esperanza lo esperaba en la puerta con los brazos cruzados.
—Tres semanas —dijo, a modo de saludo.
—Ya sé —dijo John.
—La máquina del fondo. La número ocho. Los chicos que se sientan ahí se quedan dormidos.
—¿Dormidos?
—Con los ojos abiertos. Yo les digo oye, oye, y nada. Diez, quince minutos así. Luego vuelven solos. Dicen que no pasó nada.
John asintió.
—¿Cuánto tiempo lleva pasando eso?
Esperanza pensó.
—Desde que cambié el router. Hace un mes y medio.
—¿Qué router compró?
—Uno nuevo. Uno moderno. El muchacho del puesto de al lado me dijo que era el mejor.
John no dijo nada. Entró a la cabina.
Las doce computadoras estaban encendidas. Cinco ocupadas por usuarios que tecleaban o miraban videos o hacían las dos cosas al mismo tiempo con esa capacidad de atención fragmentada que la gente había desarrollado en los últimos años y que a John le parecía menos un logro que un síntoma.
La número ocho estaba vacía.
John se sentó frente a ella sin encenderla todavía. Puso la mano sobre el chasis. El metal estaba más frío que las otras máquinas. No mucho. Lo suficiente para que lo notara alguien que sabía dónde poner la mano.
Sacó la Inti-Scanner del cinturón y la encendió.
El dial giró. Buscó. Se detuvo.
Billie Jean de Michael Jackson. Ese bajo en loop que no para, el mismo ritmo que se come el espacio sin que nadie lo invite, más alto que lo que había sonado la noche anterior en la galería Jordi. John miró el aparato. El dial estaba en el mismo punto pero algo en la señal era distinto, más denso, como la diferencia entre el olor a humedad en una habitación cerrada y el olor a humedad en un sótano que lleva años sin ventilación.
Mismo nivel. Distinta concentración.
Apagó la Inti-Scanner, se puso los guantes y abrió el chasis de la número ocho.
Lo que encontró adentro era, técnicamente, una computadora normal. Placa madre, memoria, cables, el polvo acumulado de meses de uso en un ambiente sin filtro de aire. Todo donde debía estar. John revisó cada conexión con la linterna de cabeza, siguió cada cable hasta su origen, comprobó cada punto de contacto.
Y entonces lo vio.
No en el hardware. En el espacio entre el hardware y el chasis, en ese centímetro y medio de aire que normalmente no contenía nada, había algo que se había instalado ahí como se instala el musgo en las grietas del concreto: sin permiso, sin apuro, aprovechando la oscuridad y la humedad y la falta de atención.
No era grande. Era del tamaño de una mano cerrada, si las manos cerradas pudieran tener la consistencia de la estática y el color de una pantalla apagada.
John lo miró sin mirarlo directamente.
Llevaba tiempo ahí. Eso era lo que lo hacía diferente a los de la galería Jordi. Los de la galería Jordi eran oportunistas, se pegaban a las personas cuando el ambiente lo permitía y se iban cuando se les interrumpía el acceso. Este no se había pegado a ninguna persona todavía. Este se había instalado en la máquina misma, en el espacio entre las piezas, y desde ahí esperaba a que alguien se sentara. Como una trampa. Como algo que había sido puesto ahí con una intención específica.
Eso era nuevo.
John no lo tocó todavía. Cerró el chasis con cuidado, se quitó un guante, sacó la libreta y anotó lo que había visto. Fecha, hora, descripción, una pregunta al margen que rodeó con un círculo pequeño porque las preguntas que rodeaba con círculo eran las que no podían esperar.
¿Quién lo instaló?
Se volvió a poner el guante.
Tardó veinte minutos en sacarlo. No fue limpio como la noche anterior. La cosa en el interior del chasis no se soltó con el walkman porque no estaba pegada a ninguna persona, estaba pegada a la máquina, al metal, al circuito, y eso requería otro procedimiento, más lento, más físico, que John ejecutó con los guantes dieléctricos y una paciencia que había desarrollado a lo largo de años de entender que apurarse en este tipo de trabajo era exactamente lo que la cosa esperaba que hicieras.
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Editado: 17.07.2026