Frecuencia 432hz

El Streamer

FRECUENCIA 432Hz

Capítulo 3 — "El Streamer"

El jueves empezó con un trabajo en Las Malvinas que no estaba en la agenda.

Medrano lo había llamado a las siete y cuarto de la mañana con la voz de alguien que lleva una hora mirando algo que no entiende y que ya agotó todas las explicaciones que tenía disponibles. Una de las impresoras industriales del puesto había dejado de comunicarse con la red durante la noche sin razón técnica aparente. No era el cable. No era el driver. No era el router, que John mismo había revisado tres semanas atrás y había dejado en orden.

John llegó a las ocho menos diez.

La impresora era una Epson de formato grande que Medrano usaba para trabajos de ploteo y que representaba la mitad de sus ingresos de la semana. Estaba encendida, respondía a los comandos locales, pero en el momento en que intentaba conectarse a la red algo la interrumpía. No un error de sistema. No un mensaje de falla. Solo una interrupción limpia, como si algo cortara el puente en el último momento antes de que la conexión se estableciera.

John abrió el chasis trasero con los guantes puestos.

No encendió la Inti-Scanner todavía. Con Medrano presente y el puesto abierto al pasillo de Las Malvinas prefería trabajar sin el aparato visible. Medrano era de los clientes que no preguntaban, pero había un límite entre no preguntar y ver cosas que luego resultaban difíciles de no preguntar.

Revisó la placa de red. Los conectores. El firmware.

Todo en orden técnico.

Cerró el chasis, dio la vuelta al puesto, se alejó tres metros hacia el pasillo con el pretexto de revisar el cable de red en el punto de conexión de la pared, y encendió la Inti-Scanner tapándola con el cuerpo.

El dial giró.

Se detuvo.

Los primeros compases de Don't You Forget About Me de Simple Minds salieron del parlante a volumen muy bajo, esa entrada de sintetizador que flota sin ancla, sin tensión, sin ningún lugar adonde ir. Música que suena a algo importante pero que en el fondo solo da vueltas sobre sí misma.

John conocía esa firma. La había escuchado en otras formas, otras canciones, el mismo pulso debajo de todas ellas. Algo instalado en la máquina. Reciente. Todavía sin ancla en ninguna persona.

Apagó la Inti-Scanner, volvió al puesto y le dijo a Medrano que necesitaba hacer una limpieza interna del sistema de comunicación y que tardaba veinte minutos. Medrano asintió y se fue a atender a un cliente en el pasillo.

Los veinte minutos fueron quince.

Cuando Medrano volvió la impresora estaba comunicándose con la red con normalidad. John le cobró lo de siempre y anotó en la libreta antes de salir, no el trabajo sino una pregunta al margen que rodeó con un círculo pequeño.

¿Por qué las máquinas y no las personas esta vez?

La rodeó con un círculo.

Guardó la libreta y salió a Las Malvinas con esa pregunta cargada en algún lugar entre el maletín y la cabeza.

A las once tenía otro trabajo en la galería Del Parque.

Lo que parecía un problema de cableado resultó ser tres problemas de cableado superpuestos, el tipo de desastre técnico que solo ocurre cuando nadie ha revisado una instalación en diez años y todos los que trabajaron en ella fueron improvisando soluciones encima de soluciones hasta construir algo que funcionaba de milagro y por razones que nadie podía explicar del todo.

John lo explicó. Lo desenredó. Lo dejó funcionando.

La Inti-Scanner permaneció apagada durante todo ese trabajo porque la galería Del Parque a esa hora era demasiado ruidosa en todos los sentidos y lo que hubiera detectado habría sido el ruido de fondo de siempre, nada específico, nada que justificara interrumpir un trabajo técnico que requería atención completa.

Pero la pregunta del margen seguía ahí.

¿Por qué las máquinas y no las personas esta vez?

Pasó por el local de la señora Natividad al mediodía.

La puerta enrollable estaba abierta de par en par y el olor salía solo, arroz, algo guisado, el aceite caliente de algo que se estaba friendo adentro. Tres mesas ocupadas, el ruido de cubiertos, el radio con una cumbia que la señora Natividad subía cuando estaba de buen humor y bajaba cuando no.

Estaba subida. Buen humor.

John se sentó en la mesa del rincón, la de la pata corta, y esperó.

Ámbar salió de la cocina con dos tápers en una mano y una bolsa de tecnopor en la otra, lo vio, asintió con la cabeza en dirección a la cocina, que era su manera de decir que ya sabía lo que quería y que en un momento volvía, y salió al pasillo de la galería con la ruta calculada al minuto de siempre.

La señora Natividad trajo el almuerzo ella misma porque Ámbar estaba en ruta.

John comió despacio.

A los veinte minutos Ámbar volvió con las manos vacías y entró a la cocina a recoger el siguiente pedido. John la escuchó antes de verla, esa cadencia específica entre rápida y precisa en el pasillo, y levantó la vista justo cuando ella cruzaba el umbral de la cocina.

Ámbar salió con otros dos tápers, lo miró de reojo al pasar, y se detuvo un segundo.

—¿Cómo le fue hoy? —dijo.

No era una pregunta de cortesía. Era la pregunta de alguien que ha notado que John llega a veces con una clase de cansancio diferente al cansancio físico y que esta es una de esas veces.

—Trabajo raro esta mañana —dijo John.

—¿Raro cómo?.

—Las máquinas en lugar de las personas.

Ámbar lo miró sin entender del todo, que era la respuesta normal a esa frase fuera de contexto, y John no añadió nada porque no había manera de añadir algo que no requiriera media hora de explicación que Ámbar no había pedido.

—Suena a que necesita otro café —dijo Ámbar, y siguió hacia el pasillo con los tápers.

John miró su taza vacía.

No estaba mal como diagnóstico.




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