Frecuencia 432hz

Contacto en el Piso Once

FRECUENCIA 432Hz

Capítulo 4 — "Contacto en el Piso Once”

El canal de MC Colden Frozen tenía comentarios nuevos cada treinta segundos.

Colden lo sabía porque llevaba dos días mirando el contador con la misma mezcla de incredulidad y cálculo que le producía cualquier número que no esperaba. Ochocientas mil vistas en cuatro días era el tipo de cifra que cambiaba cosas. No sabía exactamente qué cosas todavía, pero las cambiaba.

Estaba sentado en el escritorio del departamento del piso once con tres pantallas abiertas, la del canal, la del chat en vivo del stream que había empezado hacía cuarenta minutos, y la de edición donde tenía a medias el siguiente video. El departamento era pequeño y ordenado con la lógica específica de alguien que vive solo desde hace un año y ha reorganizado el espacio según sus propias reglas sin tener que negociarlo con nadie. Una estantería con libros y equipo de grabación. Una cámara en trípode apuntando al escritorio. El escudo de Alianza Lima pegado con cinta en la pared, al lado de un mapa de Lima con marcas de distintos colores.

Afuera, once pisos abajo, la avenida Arequipa con su tráfico de siempre.

—Bueno, para los que acaban de entrar al stream —dijo Colden a la cámara con el tono de quien ha repetido esto varias veces en la última hora— el video del hotel Miraflores ya está en el canal, ochocientas mil vistas, lo cual me sigue pareciendo una locura, y no, no edité nada, no hay trucos, lo que ven es lo que grabé.

El chat explotó en una cascada de mensajes que Colden leyó de reojo sin dejar de hablar.

Fantasma confirmado. Eso no es un fantasma es una sombra en la pared. Bro sal de ese edificio. Colden eres el mejor. Colden eso es CGI. Colden ese edificio está en jirón Callao yo paso por ahí todos los días.

—El edificio está en jirón Callao sí —dijo Colden—. Y ya sé que varios me están preguntando si sentí algo adentro. La respuesta honesta es no. No sentí nada. El edificio está abandonado hace quince años, hay humedad, hay deterioro estructural, el piso tres tiene un problema serio de filtraciones. Eso es lo que hay. Lo que aparece en el video en el minuto cuatro con treinta y dos segundos es una anomalía de luz que todavía no tengo explicación técnica, y cuando la tenga se las doy. Hasta entonces no voy a especular.

El chat siguió. Colden siguió.

Fue entonces que apareció el mensaje.

No en el chat del stream. En la bandeja de mensajes directos del canal, que Colden tenía abierta en una esquina de la pantalla porque a veces llegaban contactos de fuentes interesantes por esa vía. El mensaje era de una cuenta sin foto de perfil, sin videos, creada hacía tres años y sin actividad registrada hasta ese momento.

Decía: Lo que aparece en el minuto 4:32 no es una anomalía de luz. Necesito hablar con usted.

Colden lo leyó una vez.

Lo leyó de nuevo.

Lo cerró.

Eran las once y cuarto cuando terminó el stream.

Colden apagó la cámara, guardó el archivo, respondió tres correos que tenía pendientes y se preparó para dormir con la rutina mecánica de quien lleva suficiente tiempo viviendo solo como para haber convertido cada parte de la noche en un procedimiento sin fricción. Agua, pastillas de magnesio que le había recomendado el médico para la tensión, revisar el teléfono una última vez.

El mensaje seguía ahí.

Lo que aparece en el minuto 4:32 no es una anomalía de luz. Necesito hablar con usted.

Colden lo dejó sin responder y apagó la luz.

No supo en qué momento se quedó dormido.

Lo que sí supo, con una claridad que no tenía ninguna de las propiedades del sueño, fue el momento exacto en que dejó de poder moverse.

No hubo transición. No hubo aviso. Un segundo estaba en el límite entre la vigilia y el sueño, escuchando el tráfico once pisos abajo, y al siguiente estaba completamente despierto y completamente paralizado, con los ojos abiertos en la oscuridad del cuarto y el cuerpo convertido en algo que ya no respondía a ninguna instrucción que su cerebro intentara darle.

Intentó mover la mano derecha.

Nada.

Intentó doblar una rodilla.

Nada.

El techo del departamento estaba ahí arriba, blanco, con la franja de luz de la avenida Arequipa entrando por la persiana en líneas delgadas y anaranjadas. Colden lo miró porque era lo único que podía hacer. Mirar el techo y respirar, aunque respirar tampoco era completamente voluntario, era más bien algo que el cuerpo seguía haciendo por cuenta propia mientras el resto se había detenido.

Entonces sintió el peso.

No era un peso físico en el sentido que Colden hubiera podido describir antes de esa noche. No era la presión de algo que se apoyara sobre su pecho desde afuera. Era más interior que eso y más frío, como si algo hubiera encontrado la manera de instalarse entre sus costillas y expandirse despacio, ocupando el espacio que correspondía al aire, desplazándolo, reemplazándolo con una densidad que no tenía nombre en ningún diccionario médico que Colden hubiera leído y había leído varios porque Colden leía todo lo que podía antes de descartar algo como inexplicable.

Quiso gritar.

La garganta no funcionó.

La presión en el pecho aumentó un grado. Luego otro. No hasta el dolor, nunca hasta el dolor, sino hasta ese punto exacto donde el cuerpo entiende que algo está pasando que no debería estar pasando y el cerebro empieza a buscar explicaciones con la desesperación de quien busca la salida de emergencia en un cuarto que no tiene salida de emergencia.

Parálisis del sueño, pensó Colden. Había leído sobre eso. Transición incompleta entre fases del sueño, el cuerpo paralizado como mecanismo de protección para que no actúes físicamente los sueños, perfectamente documentado, perfectamente explicable, sin ningún componente sobrenatural demostrable.




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