Frecuencia 432hz

Cosechador

FRECUENCIA 432Hz

Capítulo 5 — "Cosechador"

La estación México del Metropolitano a las diez de la mañana olía a gente apurada y a metal mojado.

Colden llegó cinco minutos antes porque llegaba cinco minutos antes a todo, no por puntualidad sino porque necesitaba ver el lugar antes de que llegara la otra persona, mapear las salidas, entender el espacio. Periodista de formación, le había dicho una vez su editor en el diario, lo cual significaba desconfiado de profesión.

Se paró cerca de la baranda que daba a la Vía Expresa y miró hacia abajo. Once metros de concreto y luego el tráfico, los autos en fila hacia Miraflores, los buses, el ruido constante y sordo que subía desde la pista como algo vivo. La garúa había aflojado un poco pero el aire seguía húmedo, ese húmedo limeño que no moja sino que envuelve.

Sacó el teléfono. Revisó el mensaje de John de la madrugada.

Mañana a las diez. Deme su dirección.

Le había dado la dirección del edificio y John había respondido con una sola línea: Mejor en la estación México. En la plataforma.

Colden había escrito: ¿Por qué ahí?

John no había respondido esa pregunta.

Lo reconoció de lejos porque no se parecía a nadie más en la estación.

No era la casaca ni las botas ni el maletín. Era la manera de caminar, ese paso lento y deliberado de alguien que mira todo sin que parezca que está mirando nada, que toma nota de cada cosa sin anotar nada. Colden había entrevistado suficiente gente en su vida para reconocer esa cualidad específica: la de alguien que procesa el mundo a una velocidad distinta a la del promedio y que hace mucho tiempo dejó de disculparse por eso.

John llegó hasta la baranda, miró hacia abajo un segundo y luego miró a Colden.

—Usted es el del video —dijo.

—Usted es el del mensaje —dijo Colden.

Se miraron un momento. Ninguno de los dos extendió la mano.

—¿Por qué aquí? —preguntó Colden.

—Porque aquí hay ruido —dijo John—. El ruido ayuda.

—¿Ayuda a qué?

—A que ciertas cosas no se queden quietas en un mismo lugar.

Colden lo miró con la expresión que reservaba para las fuentes que empezaban una entrevista con algo que no podía citar en ningún medio.

—Mire —dijo—, yo vine porque anoche pasó algo que no tengo manera de explicar todavía y usted mandó ese mensaje y la coincidencia es suficientemente específica como para que valga la pena escucharlo. Pero si me va a hablar de energías y de frecuencias y de esas cosas le aviso desde ya que tengo poco tiempo y menos paciencia.

John lo miró sin cambiar de expresión.

—Saque su teléfono —dijo.

—¿Perdón?

—El video. El suyo. Minuto cuatro con treinta y dos.

Colden sacó el teléfono, abrió YouTube, buscó su propio video y lo adelantó hasta el minuto indicado. Se lo pasó a John.

John lo miró tres segundos y se lo devolvió.

—¿Lo ve? —dijo.

—Veo la esquina del cuarto —dijo Colden—. Veo una sombra que podría ser un problema de exposición de la cámara o una variación en la superficie de la pared dado el ángulo de la linterna que—

—¿Lo ve o no lo ve?

Colden miró la pantalla de nuevo.

La esquina del cuarto. La sombra. La densidad en el aire que en la pantalla era exactamente lo que su cerebro le decía que era: una sombra. Una variación de luz. Una anomalía técnica con cuatro explicaciones racionales en orden descendente de probabilidad.

—No veo nada que no tenga explicación —dijo.

John asintió despacio, como alguien que recibe una información que ya esperaba pero que confirmar igual tiene un peso específico.

—Anoche —dijo—. ¿Qué pasó exactamente?

Colden guardó el teléfono.

—No dormí bien.

—Eso no es lo que pasó.

—No sé lo que pasó.

—Sí sabe.

Colden lo miró. John lo miró de vuelta con la paciencia de alguien que tiene todo el tiempo del mundo y sabe que la otra persona no.

—Hubo un momento en que no me podía mover —dijo Colden finalmente, con el tono de quien lee en voz alta algo que preferiría no haber escrito—. Presión en el pecho. Frío. Y una imagen que no debería haber aparecido en ese momento.

—¿De quién?

—De mi padre.

John asintió de nuevo.

—¿Cuánto tiempo duró?

—No sé. Diez minutos. Quince.

—¿Y después?

—Después se fue. Me senté en la cama, encendí la luz, el cuarto estaba vacío.

—El cuarto estaba vacío porque usted encendió la luz.

Colden lo miró.

—Eso no tiene ningún sentido técnico —dijo.

—La luz cambia la frecuencia del espacio —dijo John—. Ciertas cosas necesitan condiciones específicas para quedarse en un lugar. La oscuridad es una de esas condiciones.

—Eso suena a superstición.

—El wifi necesita condiciones específicas para funcionar —dijo John—. Temperatura, interferencia, distancia. Si alguien se lo explicara por primera vez sin que usted supiera lo que es el wifi le sonaría a superstición también.

Colden abrió la boca.

La cerró.

Miró hacia la Vía Expresa once metros abajo, el tráfico, los autos, el ruido constante y real y perfectamente explicable.

—¿Qué estaba haciendo eso en mi cuarto? —dijo.

—Evaluándolo —dijo John—. Usted estuvo en ese edificio del jirón Callao y no reaccionó de ninguna manera detectable. Eso es una irregularidad. Lo que fue a su cuarto anoche fue a entender por qué.

—¿Y por qué?

John lo miró un momento.

—Eso es lo que yo también quiero saber —dijo.

Caminaron por la plataforma sin dirección específica porque John caminaba cuando hablaba y Colden había aprendido en veinte minutos que interrumpir ese ritmo no aceleraba nada.

John le explicó lo mínimo necesario. Sin lore, sin jerarquías, sin nombres mitológicos. Le explicó lo que había visto en el video, lo que había encontrado en la cabina de Esperanza, el patrón de los routers. Le habló como le hablaría a un cliente que necesita entender qué falló en su instalación sin necesitar saber cómo funciona la electricidad.




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