Frecuencia 432hz

La Libreta

FRECUENCIA 432Hz

Capítulo 6 Parte 1 de 2 — "La Libreta"

John tenía una regla sobre enseñar la libreta.

No la enseñaba.

No porque fuera secreta sino porque explicarla requería un nivel de contexto previo que la mayoría de la gente no tenía y que John no tenía tiempo ni disposición de proporcionar. La libreta era una herramienta de trabajo, como los guantes o el walkman, y uno no le explicaba el funcionamiento de un voltímetro a alguien que había ido a pedirle que le arreglara el enchufe.

Colden no había ido a pedirle que le arreglara ningún enchufe.

Colden había aparecido en el taller del jirón Paruro a las nueve de la mañana del día siguiente con un café de dos vasos comprado en algún sitio del camino y la actitud de alguien que ha tomado una decisión durante la noche y no está seguro todavía de si fue buena pero tampoco está dispuesto a reversarla.

—Vine a ver la libreta —dijo.

John lo miró desde el banco de trabajo donde estaba soldando un conector.

—¿Quién le dijo que tenía una libreta?

—Usted la sacó tres veces ayer —dijo Colden—. Nunca me dejó verla pero la sacó tres veces. Eso significa que tiene información organizada que considera relevante y que por alguna razón decidió no compartir. Soy periodista. Noto esas cosas.

John terminó el punto de soldadura, apagó el cautín y miró el café.

—¿Le puso azúcar?

—No sé cómo lo toma.

—Sin azúcar está bien —dijo John, y tomó el vaso.

El taller era una habitación en el primer piso del jirón Paruro que John usaba para trabajos que necesitaban más espacio del que tenía arriba. Banco de madera a lo largo de la pared, herramientas ordenadas con una lógica que no era alfabética ni por tamaño sino por frecuencia de uso, lo que más usaba más cerca de la mano. Estantes con piezas clasificadas en cajas de plástico transparente etiquetadas a mano. Una silla para visitas que nadie usaba casi nunca porque casi nunca había visitas.

Colden usó la silla.

Sacó su grabadora y la puso en el banco sin pedir permiso.

John la miró.

—No —dijo.

Colden guardó la grabadora sin discutir.

John abrió el cajón inferior del banco y sacó la libreta.

La puso sobre la madera entre los dos.

—No se toca —dijo—. Se mira.

Colden asintió.

John la abrió en la primera página con anotaciones del mes en curso. Fechas, horas, ubicaciones, descripciones en una letra pequeña y comprimida que usaba abreviaturas que Colden no reconoció de inmediato. Al margen, a veces, pequeños diagramas, líneas y ángulos que podrían ser planos o podrían ser otra cosa.

—¿Qué son esos símbolos del margen? —dijo Colden.

John pasó páginas hasta llegar a una sección más atrás en la libreta donde los diagramas eran más grandes y más elaborados. Los puso frente a Colden sin decir nada.

Colden los miró.

Eran formas geométricas, pero no arbitrarias. Tenían una lógica interna visible incluso para alguien que no supiera lo que estaba mirando, una manera en que las líneas se relacionaban entre sí que sugería función más que decoración. Algunas las reconoció vagamente de algo que había visto en algún museo o en algún libro de historia que había hojeado sin leer.

—Son diseños precolombinos —dijo.

—Son diagramas —dijo John.

—¿De qué?

John fue al estante del fondo y trajo una carpeta de plástico gruesa, gastada, con hojas dentro que eran fotocopias de fotografías de huacos, relieves en piedra, textiles. Las puso al lado de la libreta abierta.

—Busque similitudes —dijo.

Colden miró las fotocopias. Miró los diagramas de la libreta. Volvió a las fotocopias.

Al principio no vio nada específico, solo la sensación vaga de que había algo ahí que su cerebro estaba procesando más despacio de lo que le gustaría. Luego empezó a verlo. Una configuración de líneas en un relieve Chavín que reaparecía casi idéntica en uno de los diagramas de John pero rotada noventa grados. Un patrón de puntos en un textil Paracas que en el diagrama correspondiente tenía anotaciones numéricas al margen.

—Están relacionados —dijo Colden.

—Son lo mismo —dijo John.

—¿Qué es lo mismo?

—El diagrama y el huaco. Uno es la fuente. El otro es la traducción.

Colden miró a John.

—¿Traducción de qué?

—De instrucciones —dijo John—. Las culturas antiguas no tenían libros técnicos. Tenían cerámica. Tenían textiles. Tenían arquitectura. Pusieron ahí lo que necesitaban preservar porque sabían que el arte sobrevive cuando los imperios no.

—Instrucciones para qué.

—Para lo mismo que yo hago —dijo John—. Para detectar, interrumpir y documentar.

Colden miró las fotocopias de nuevo.

—Los arqueólogos llevan cien años estudiando esto —dijo finalmente.

—Los arqueólogos buscan significado cultural —dijo John—. Yo busco especificaciones técnicas. Son búsquedas distintas. Encuentran cosas distintas.

Colden pasó dos horas con la carpeta y la libreta.

John trabajó en el banco mientras tanto, soldando, reparando, haciendo el trabajo del día, respondiendo las preguntas de Colden cuando las preguntas merecían respuesta y dejándolas en el aire cuando no.

—Este patrón —dijo Colden en algún momento, señalando una de las fotocopias—. El de los puntos conectados por líneas en el textil Paracas.

—¿Qué tiene?

—Es una topología de red.

John dejó el cautín.

—Repita eso.

Colden giró la fotocopia hacia John.

—Topología de red —dijo—. Es un diagrama que muestra cómo están conectados los nodos en una red de datos. La disposición de los puntos, la jerarquía de las conexiones, la manera en que algunas líneas son más gruesas que otras indicando mayor capacidad de transferencia. —Hizo una pausa—. Estudié sistemas en la universidad antes de pasarme al periodismo. Dos años. Lo suficiente para reconocer esto.




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