Frecuencia 432hz

Lo que no está en el menú

FRECUENCIA 432Hz

Capítulo 6 Parte 2 de 2 — "Lo que no está en el menú "

Ámbar volvió a la una y veinte.

Esta vez sin bolsas. Solo ella y los pasos en el pasillo que John reconoció antes de que tocara porque ya los había escuchado esa mañana y el oído de John catalogaba ese tipo de cosas sin pedirle permiso.

Abrió antes de que tocara.

Ámbar estaba en el marco con una expresión que John no le había visto antes. Hasta ese momento Ámbar siempre había tenido la expresión de alguien con una ruta calculada al minuto, los tápers, las direcciones, los horarios. Este era el primer momento en que claramente no sabía exactamente dónde estaba parada.

—Los platos —dijo, señalando el banco donde estaban apilados.

—Pase —dijo John.

Ámbar pasó. Recogió los platos y los cubiertos y los puso en la bolsa que traía doblada bajo el brazo. Luego no se fue.

Se quedó parada cerca de la puerta con la bolsa en la mano y el mandil con una mancha de guiso en la esquina que probablemente no había notado todavía, y John entendió que los platos no eran el único motivo por el que había vuelto.

Esperó.

—Me dijeron que usted repara cosas —dijo Ámbar finalmente.

—Sí —dijo John.

—Y que a veces repara otras cosas —dijo Ámbar—. Cosas que otros no saben reparar.

John la miró.

—¿Quién se lo dijo?

—La señora del puesto de abarrotes de la galería C —dijo Ámbar—. Y el señor Medrano de Las Malvinas. Y otros dos que prefirieron no dar su nombre pero dijeron lo mismo.

John no dijo nada.

—También me dijeron que es raro —dijo Ámbar, con el tono directo de quien prefiere poner las cosas sobre la mesa antes de seguir—. Y excéntrico. Y que hace preguntas que no tienen sentido hasta que de repente tienen todo el sentido. Y que cobra lo mismo de siempre sin importar lo que haga.

—Todo eso es correcto —dijo John.

Ámbar asintió despacio, como confirmando algo que ya había calculado durante el mediodía mientras repartía los otros menús y pensaba en si volver o no volver.

—En mi barrio desapareció alguien —dijo.

El taller quedó quieto. Colden, que había estado hojeando la carpeta con la actitud de quien finge no escuchar y está escuchando todo, levantó la vista.

—¿Cuándo? —dijo John.

—Hace diez días —dijo Ámbar—. Una chica de diecinueve años. Vivía dos puertas más abajo de donde yo vivo, en Barrios Altos. La policía dice que se fue sola, que tenía problemas en la casa, que estas cosas pasan. Pero su mamá dice que la noche antes de que desapareciera estuvo como dormida con los ojos abiertos frente a su celular durante horas y que cuando intentó hablarle no respondía.

John y Colden se miraron.

Un segundo. Sin decir nada.

—¿Qué tenía en el celular? —dijo John.

—Su mamá no sabe —dijo Ámbar—. Dice que cuando fue a revisar el celular al día siguiente el historial estaba borrado. Todo. Las fotos, los mensajes, las aplicaciones descargadas. Como si alguien hubiera formateado el teléfono desde adentro.

John cerró la libreta.

La abrió en una página nueva.

—Siéntese —dijo.

Ámbar miró la silla de visitas, la única del taller, que Colden estaba usando.

Colden se levantó sin que nadie se lo pidiera y le cedió la silla con un gesto que era lo más cercano a la caballerosidad que su naturaleza práctica le permitía.

Ámbar se sentó con la bolsa de los platos todavía en la mano, como alguien que no ha decidido del todo si quedarse.

John empezó a escribir.

Estuvo con ella cuarenta minutos.

Preguntó lo que necesitaba saber, sin rodeos: nombre de la chica, dirección exacta, descripción del edificio, proveedor de internet, marca del router, cuántas personas vivían en el departamento, cuántas horas al día pasaba la chica conectada, si había habido otros episodios similares antes de la desaparición, si la familia había cambiado algún dispositivo en el último mes.

Ámbar respondió todo lo que sabía y dijo claramente lo que no sabía, sin adornos, sin dramatismo, entendiendo en los últimos cuarenta minutos que en esta conversación la exactitud importaba más que la emoción.

Al final John cerró la libreta.

—¿Puede conseguirme el número de la mamá de la chica? —dijo.

—Sí —dijo Ámbar.

—¿Y acceso al departamento?

—Eso es más difícil.

—Pero es posible.

Ámbar lo pensó.

—Posible —dijo.

John asintió.

Ámbar se levantó para irse y luego se detuvo en la puerta con la mano en el marco, sin terminar de girarse. La bolsa de los platos colgando al lado. Los pasos del jirón Paruro afuera.

—¿Va a encontrarla? —dijo.

John miró la libreta cerrada sobre el banco.

—No sé —dijo.

Era la respuesta más honesta que tenía y Ámbar lo sabía porque asintió con el gesto de alguien que prefiere eso a una promesa que no se puede cumplir, y salió al pasillo y sus pasos se fueron alejando hacia la calle.

El taller quedó en silencio.

Colden miró a John.

—El router —dijo.

—El mismo fabricante —dijo John.

—¿Y la chica?

John abrió la libreta en la página del fabricante rodeado con círculo, que ya tenía seis casos anotados debajo, y escribió el séptimo.

—La chica es el primer caso donde no hay víctima presente —dijo—. Los anteriores los encontré yo. A esta se la llevaron antes de que yo llegara.

Colden miró el círculo en la página.

—Están acelerando —dijo.

No era una pregunta.

John rodeó el círculo con otro círculo más grande.

—Sí —dijo.

Afuera, en el jirón Paruro, Lima seguía siendo Lima. El micro, el vendedor, la garúa que no había parado desde la mañana y que no iba a parar porque era invierno y en Lima el invierno no para, simplemente se va volviendo parte del fondo hasta que uno deja de notar que sigue ahí.

Como ciertas cosas que llevaban mucho más tiempo del que cualquiera querría creer.




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