Frecuencia 432hz

Cusco

FRECUENCIA 432Hz

Capítulo 7 — "Cusco"

El teléfono de John era un Nokia de tapa que había comprado en Las Malvinas hace seis años y al que había hecho tres modificaciones internas que ningún técnico de garantía hubiera aprobado y que lo hacían funcionar de maneras que el fabricante no había contemplado.

No tenía WhatsApp.

No tenía ninguna aplicación de ningún tipo.

Llamadas, mensajes de texto, y una agenda con cuarenta y dos contactos que John había seleccionado con el mismo criterio con que seleccionaba cualquier herramienta: utilidad comprobada y cero elementos innecesarios.

El número de Thom estaba en la agenda.

No lo había llamado en cuatro meses. Thom no lo había llamado en más tiempo que eso. Había una lógica en ese silencio que los dos habían aceptado sin negociarla, la lógica de dos personas que se quieren y no saben bien cómo ocupar el espacio entre ese querer y todo lo que está en el medio.

Por eso cuando el teléfono vibró un martes por la tarde con un número de Cusco que John reconoció antes de que la pantalla terminara de iluminarse, se quedó mirándolo dos segundos antes de contestar.

Dos segundos era mucho para John.

—¿Aló —dijo.

—Papá.

Una sola palabra. Pero la voz tenía doce años y llevaba meses sin sonar en ese teléfono y John sintió algo moverse en algún lugar debajo del esternón que prefirió no examinar demasiado de cerca.

—Thom —dijo.

—Sí.

Silencio breve. El tipo de silencio de alguien que preparó lo que iba a decir y ahora que llegó el momento no sabe bien por dónde empezar.

—¿Cómo estás? —dijo John.

—Bien —dijo Thom. Una pausa—. Más o menos.

John esperó.

—Te llamé porque —empezó Thom, y se detuvo—. No sé cómo explicarte esto.

—Intenta —dijo John.

Otro silencio. John se sentó en el banco del taller sin hacer ruido, con el teléfono pegado a la oreja y la vista en el suelo de concreto, dándole a la voz del otro lado todo el espacio que necesitara.

—Hace como tres semanas —dijo Thom finalmente— empecé a tener sueños raros. Bueno, no sueños. Más bien como, cuando estoy dormido pero sé que estoy dormido, ¿me entiendes? Y hay algo en el cuarto que no debería estar.

John no dijo nada.

—No lo veo —continuó Thom—. Pero está ahí. Y siento como que me pesa el pecho y no me puedo mover. Y al día siguiente me levanto cansado, como si no hubiera dormido nada. Mi mamá dice que es el estrés del colegio pero—

Se detuvo.

—¿Pero qué? —dijo John.

—Pero anoche soñé contigo —dijo Thom—. No un sueño normal. Uno de esos donde sabes que es real. Y estabas en un lugar oscuro y había algo contigo que no era una persona y tú estabas peleando con eso y entonces me desperté y pensé que tenía que llamarte.

John miró el suelo de concreto del taller.

El ruido de Paruro afuera, los micros, los vendedores, el sonido de acordeón oxidado de las persianas que subían y bajaban. Lima siendo Lima. Completamente ajena a lo que acababa de decirle un chico de doce años desde Cusco.

—¿Cuándo empezó exactamente —dijo John—. ¿Tres semanas dices?

—Sí. O tal vez un poco más. Desde que cambiamos el router.

John cerró los ojos.

Los abrió.

—¿Qué router compraron?

—No sé. Uno nuevo. Mi mamá dijo que el otro era muy lento.

—¿De qué color es la caja?

—¿La caja del router?

—Sí.

—Gris. Con una franja naranja arriba.

John sacó la libreta. Anotó. El fabricante, el modelo que describía Thom por la caja, la dirección en Cusco que ya tenía de antes pero que verificó igual. Lo rodeó todo con un círculo.

El mismo fabricante.

—Thom —dijo.

—¿Sí?

—Escúchame bien. Lo que estás sintiendo no es estrés del colegio.

Silencio del otro lado.

—Ya sé —dijo Thom, con la voz de alguien que esperaba esa respuesta y que una parte de él hubiera preferido no recibirla.

—Necesito que hagas algo —dijo John—. Esa noche, antes de dormir, apaga el router. Desenchúfalo de la pared. No del botón, del enchufe.

—¿Por qué?

—Porque funciona mejor así —dijo John.

—Papá.

—¿Qué?

—¿Es lo mismo que lo que tú haces?

John miró la libreta abierta. El círculo alrededor del nombre del fabricante. Los siete casos que ya tenía documentados, ocho contando el de Thom, todos con el mismo router, todos con los mismos síntomas, todos en un radio que hasta esta llamada había sido de ocho cuadras alrededor de Paruro y que ahora se había expandido trescientos cincuenta kilómetros al sur.

—Sí —dijo.

Otro silencio. Más largo esta vez.

—¿Estás bien? —dijo Thom.

John tardó un segundo en responder.

—Sí —dijo.

—No te creo.

—Lo sé.

Una pausa.

—¿Cuándo vienes a Cusco? —dijo Thom.

—No lo sé todavía.

—Hace dos años que no vienes.

—Ya sé.

—Mi mamá dice que—

—Thom.

—¿Qué?

—Desenchufa el router esta noche.

Silencio breve. El tipo de silencio de un chico de doce años que quería decir otra cosa y ha decidido no decirla por ahora.

—Está bien —dijo Thom.

—Mañana me llamas y me dices cómo dormiste.

—Okay.

—Thom.

—¿Qué?

John miró el suelo de concreto.

—Gracias por llamar —dijo.

Una pausa que duró exactamente lo que duran las cosas que no se saben cómo recibir.

—Ya —dijo Thom, y cortó.

John se quedó sentado en el banco con el teléfono en la mano y la libreta abierta en el regazo durante un tiempo que no midió.

Luego escribió en la página una sola línea debajo del círculo del fabricante.

Ya llegaron a Cusco.

Lo rodeó con un círculo.

Rodeó ese círculo con otro.

Se levantó, guardó la libreta, agarró el maletín y salió del taller hacia el pasillo del jirón Paruro.

Afuera la garúa había vuelto, esa garúa de siempre que no avisa ni pide permiso, suspendida en el aire de Lima como algo que hubiera estado esperando a que él saliera para recordarle que el invierno seguía ahí y que algunas distancias no se miden en kilómetros sino en todo lo que uno dejó sin resolver antes de que el tiempo se lo cobrara.




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