Frecuencia 432hz

La Semana

FRECUENCIA 432Hz

Capítulo 8 — "La Semana"

La madre de Valentina Quispe se llamaba Rosa y tenía la voz de alguien que lleva diez días llorando y ya no le quedan lágrimas pero el cuerpo sigue haciendo los movimientos igual.

Ámbar los había presentado por teléfono la noche anterior. John había hablado cinco minutos con Rosa, había hecho las preguntas necesarias y había anotado las respuestas en la libreta. Colden había escuchado desde el otro lado del taller sin decir nada, que era su manera de decir que entendía que esto era diferente a los casos anteriores.

El departamento estaba en el jirón Junín, Barrios Altos, segundo piso de un edificio de los años sesenta con la fachada descascarada y una escalera de madera que crujía en todos los peldaños, no solo en uno como la de Paruro. Rosa los esperaba en la puerta con las manos juntas delante y los ojos que miraban a John con esa mezcla específica de esperanza y vergüenza de quien está a punto de pedirle algo a un desconocido porque ya no le queda nadie más a quien pedírselo.

—Pase, don John —dijo.

—Gracias, señora Rosa —dijo John.

Colden entró detrás con la cámara apagada porque John le había dicho en el micro que viniera sin grabar nada y Colden había aprendido en los últimos días que las instrucciones de John en camino a un trabajo no eran sugerencias.

El departamento era pequeño y ordenado, el tipo de espacio donde la gente cuida lo poco que tiene. Sala con muebles de melanina, una foto de la Última Cena en la pared, una planta de sábila en la ventana. El cuarto de Valentina al fondo, la puerta entreabierta.

John fue directo al cuarto.

Rosa lo siguió hasta el marco de la puerta y se detuvo ahí, sin entrar, con las manos todavía juntas.

—El celular lo tiene la policía —dijo—. Pero el router sigue ahí.

—Ya sé —dijo John.

El cuarto de Valentina tenía diecinueve años de vida acumulados en sus paredes. Afiches, fotos con amigas, una chaqueta de jean colgada en la silla del escritorio. La cama tendida con la precisión de alguien que la tendió desde afuera, no de alguien que se levantó de ella esa mañana.

John no miró nada de eso.

Miró el router.

Gris. Franja naranja arriba. El mismo modelo. El mismo fabricante. En el suelo junto al escritorio, con el cable de red conectado a la computadora que Valentina usaba para el instituto y que ahora tenía la pantalla apagada y el polvo de diez días sin tocarse acumulándose en los bordes.

Se puso los guantes.

Encendió la Inti-Scanner.

El dial giró, buscó, se detuvo.

Losing My Religion de R.E.M. a volumen bajo. Esa guitarra de mandolina que araña sin llegar nunca a cortar, el ritmo que avanza sin apurarse, como algo que lleva tiempo desintegrándose en silencio y ya no necesita apurarse porque el trabajo casi está hecho. Pero la densidad era diferente a todos los casos anteriores, más compacta, más antigua, como si lo que había en ese cuarto llevara mucho más tiempo que diez días instalado ahí.

John se arrodilló frente al router.

Lo que encontró adentro, no en el hardware sino en el espacio entre el hardware y la carcasa, era lo mismo que había encontrado en la cabina de Esperanza pero multiplicado. No una cosa. Varias, superpuestas, como capas de una infección que había tenido tiempo de asentarse y crecer y extender raíces hacia la computadora, hacia el cable de red, hacia el propio escritorio donde Valentina había pasado horas sin saber que algo le abría el archivo desde adentro.

John anotó en la libreta sin quitarse los guantes.

Y entonces llegó el primero.

No fue gradual. Nunca lo era.

Un segundo estaba en el cuarto de Valentina Quispe en Barrios Altos y al siguiente estaba en otro lugar que reconoció antes de querer reconocerlo.

El edificio.

No el piso diecisiete todavía. El lobby. Lo que debería haber sido el lobby si el edificio Oropeza hubiera llegado a inaugurarse alguna vez. El año que era en ese recuerdo no lo sabía con exactitud pero lo sentía en el cuerpo, en la manera en que sus rodillas respondían diferente, en el peso distinto del maletín, en la ausencia de los guantes dieléctricos que todavía no eran lo que son ahora.

El boombox colgado al hombro izquierdo. Negro, con los dos parlantes a los lados y la casetera en el centro, una Panasonic que había comprado de segunda en Las Malvinas porque era lo más parecido a un detector de frecuencias que tenía en ese entonces. Lo había modificado él mismo con filamentos de cobre en la antena y un dial secundario que había soldado al chasis con la convicción de alguien que todavía está inventando sus propias reglas.

Era de noche.

El lobby del Oropeza sin puertas, sin ventanas, con el viento de Lima entrando desde todos los ángulos y la basura acumulada en los rincones y las paredes grafiteadas con nombres y fechas que nadie iba a leer. El piso de mármol que nunca se había pulido, opaco, con el polvo de treinta años instalado en cada grieta.

John había entrado porque la señal lo había llevado hasta ahí.

En ese entonces no le ponía nombre a las señales. Solo las seguía.

Volvió al cuarto de Valentina.

Las manos todavía en el router. Colden en el marco de la puerta mirándolo con la expresión de quien ha aprendido a no interrumpir cuando John se queda quieto de esa manera específica.

Rosa detrás de Colden, en el pasillo, sin ver nada de lo que pasaba adentro pero sintiendo que algo pasaba.

John respiró una vez.

Siguió anotando.

El patrón en el router de Valentina era más complejo que todos los anteriores. No era solo un parásito instalado esperando. Era una extracción activa que había empezado semanas antes de la desaparición y que había ido acelerando noche a noche, cada vez que Valentina se sentaba frente a la pantalla, cada vez que el scroll automático y el algoritmo y la luz azul de la pantalla bajaban sus defensas hasta ese punto donde el cuerpo está presente pero la cabeza está en otra parte.




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