Frecuencia 432hz

Blue Monday

FRECUENCIA 432Hz

Capítulo 9 — "Blue Monday"

Colden había desarrollado un sistema.

Lo llamaba el mapa aunque no era un mapa sino una hoja de cálculo en su laptop con cuatro columnas: fecha, ubicación, descripción del evento, y una quinta columna sin título donde anotaba lo que no cabía en las otras cuatro. Llevaba tres semanas alimentándolo con todo lo que John le había mostrado y con todo lo que él mismo había encontrado cruzando registros de videos paranormales en YouTube, reportes policiales de desapariciones sin resolver y foros de técnicos electrónicos que describían comportamientos anómalos en routers del mismo fabricante.

El mapa tenía cuarenta y siete entradas.

John lo miró durante diez minutos en el taller del jirón Paruro sin decir nada, que era su manera de decir que le parecía útil.

—Hay un patrón que no encaja —dijo Colden, señalando la pantalla—. Estos seis casos. Fechas, ubicaciones, todo normal. Pero la columna de descripción es diferente.

John miró los seis casos.

—¿Diferente cómo?.

—En los otros cuarenta y uno la anomalía es técnica. Router comprometido, dispositivo infectado, persona en estado de drenaje pasivo. Verificable, consistente, con la lógica que ya conocemos. —Colden señaló los seis—. Estos no tienen componente técnico. Son interacciones. Conversaciones. Momentos donde alguien que tú o yo conocemos dijo o hizo algo que no encajaba con quien es esa persona.

John no dijo nada.

—Tres de ellos son tuyos —dijo Colden.

El primero era Ccarita.

John lo había visitado dos semanas después del trabajo de la galería Jordi para hacer un seguimiento de rutina, verificar que el local siguiera limpio, revisar el monitor central donde había aparecido el mensaje. Ccarita estaba bien, el local estaba bien, el aire era el aire normal de Tecno Visión con su olor a plástico y su ruido de ventiladores.

Pero al final de la visita, cuando John ya recogía el maletín para irse, Ccarita había dicho algo.

No lo había dicho mirándolo. Lo había dicho mirando la pantalla del monitor central, con la misma voz de siempre, el mismo tono de siempre, como si fuera una observación casual sobre el tiempo o el tráfico.

—Usted estuvo en un edificio muy alto una vez, ¿verdad, don John.

John se había detenido.

—¿Qué dijo?

Ccarita lo miró con el gesto confundido de siempre.

—¿Perdón? No dije nada, don John.

John lo había mirado durante tres segundos.

Luego había anotado en la libreta y se había ido.

El segundo era Esperanza.

John había vuelto a la cabina de Wilson a verificar el router nuevo que Esperanza había comprado para reemplazar el comprometido. Router diferente, fabricante diferente, la señal limpia según la Inti-Scanner. Todo en orden.

Esperanza le había pagado en la puerta con los brazos cruzados de siempre y la expresión de quien desconfía de todo lo que no puede ver con sus propios ojos de siempre.

Y cuando John ya bajaba la vereda, ella había dicho algo desde la puerta.

—¿Cómo está su hijo, don John.

John se había girado despacio.

Esperanza lo miraba con los brazos todavía cruzados y una expresión que no era la expresión de alguien que acaba de hacer esa pregunta. Era la expresión de alguien que no sabe por qué está parada en la puerta de su negocio mirando a un cliente que ya se va.

—¿Por qué me pregunta eso? —dijo John.

Esperanza parpadeó.

—No le pregunté nada, don John. Buen día.

Cerró la puerta.

John había anotado en la libreta en la vereda de Wilson, con el ruido del tráfico alrededor y la garúa encima, la mano quieta sobre el papel durante un segundo antes de escribir.

El tercero era la señora Natividad.

Un mediodía cualquiera en el local, John en la mesa del rincón con la pata corta, el estofado de siempre, el ruido de la galería afuera. La señora Natividad limpiando la cocina con el radio encendido.

Y en algún momento entre el segundo y el tercer bocado, sin preámbulo, sin contexto, la señora Natividad había dicho desde la cocina, con la voz con que hubiera dicho que se acabó el arroz o que iba a llover:

—Hay cosas que no se pueden responder, don John. No porque uno no sepa. Sino porque responder las cambia.

John había dejado la cuchara en el plato.

—¿Señora Natividad.

La señora Natividad asomó desde la cocina con el trapo en la mano y la expresión de quien no entiende por qué la están interrumpiendo.

—¿Mande?

—¿Qué dijo ahorita?

—Nada, don John. ¿Le falta algo?

John había mirado el estofado.

Había terminado de comer en silencio, había dejado el dinero exacto en la mesa y había salido sin anotar nada en la libreta porque esa vez las palabras no habían cabido en ninguna columna.

Colden cerró la laptop.

—Los otros tres son míos —dijo—. El dueño de la ferretería debajo de mi edificio. Un suscriptor que me escribió un comentario que borró antes de que yo pudiera copiarlo. Y el guardia de seguridad de la entrada que una mañana me dijo algo sobre el piso once que no tenía manera de saber.

—¿Qué dijo el guardia?

—Que había noches en que el piso once sonaba diferente a los demás. —Colden hizo una pausa—. Lo dijo mientras me entregaba mi correspondencia. Cuando le pregunté qué quería decir con eso me miró como si yo hubiera empezado la conversación.

John miró la laptop cerrada.

—¿Cuándo fue el primero de tus tres casos?

Colden revisó su teléfono.

—Hace cuatro semanas.

—¿Y el primero de los míos?

John abrió la libreta. Buscó la entrada de Ccarita.

—Hace cinco semanas.

Los dos se miraron.

Cinco semanas era antes del video del edificio. Antes de que Colden existiera en el radar de John. Antes de que John existiera en el radar de Colden.

—Nos estaba observando antes de que nos conociéramos —dijo Colden.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.