FRECUENCIA 432Hz
Capítulo 10 — "Ámbar"
Colden llegó al taller del jirón Paruro a las ocho y cuarenta con el teléfono en la mano y la expresión de alguien que pasó la noche leyendo cosas que no esperaba encontrar.
John estaba soldando. No levantó la vista.
—Tengo algo —dijo Colden.
—Siéntese.
Colden se sentó en la silla de visitas y puso el teléfono en el banco con la pantalla hacia arriba. Era la sección de comentarios de su último video, el de seguimiento al del hotel del jirón Callao que había subido la semana anterior. Más de cuatro mil comentarios. Colden había marcado dieciséis con una estrella.
—Léalos —dijo.
John apagó el cautín. Tomó el teléfono.
Los leyó despacio, uno por uno, con la misma atención con que leía un plano eléctrico. El primero era de alguien en Arequipa. Una chica que describía a su hermano, tres semanas sin dormir bien, levantándose cansado, el celular encendido en la madrugada aunque él juraba no haberlo tocado. El segundo era de Trujillo. Un hombre que decía que en su barrio habían desaparecido dos personas en el último mes y que la policía no estaba buscando porque las familias eran pobres y las familias pobres no generaban expedientes que alguien quisiera resolver. El tercero era de Huancayo. Una mujer que describía exactamente lo que había vivido Colden en su departamento, el peso en el pecho, el frío, la imposibilidad de moverse, y que terminaba diciendo que el médico le había diagnosticado ansiedad y le había recetado algo que no estaba tomando porque sabía que no era eso.
John siguió leyendo.
Los dieciséis comentarios marcados eran variaciones del mismo patrón. Ciudades distintas. Personas distintas. La misma firma.
En el comentario número catorce, el de Trujillo, había una línea que John leyó dos veces antes de bajar.
Acá también pasan estas cosas desde hace tiempo pero hay un señor que sabe, dicen que se aparece cuando las cosas se ponen feas, nadie sabe bien quién es ni de dónde viene pero la gente del barrio lo conoce.
John dejó el teléfono en el banco.
Sacó la libreta.
Anotó la fecha, la ciudad, la descripción. Lo rodeó con un círculo. Luego abrió una página nueva y escribió una sola línea que rodeó con un círculo más grande que todos los anteriores.
No estoy solo.
Cerró la libreta sin explicar nada.
Colden lo observó hacer todo eso y aprendió, como había aprendido otras cosas en las últimas semanas, que había momentos donde preguntar aceleraba y momentos donde preguntar interrumpía, y que la diferencia entre los dos la marcaba algo en la postura de John que Colden todavía no podía nombrar con precisión pero que reconocía.
Este era un momento donde no se preguntaba.
A las diez y media John le escribió a Ámbar por WhatsApp.
Lo de siempre para dos. Estoy en el taller.
El mensaje no tuvo respuesta.
John miró el teléfono. El mensaje tenía un solo check gris. No entregado.
Volvió al banco.
A las once y cuarto intentó de nuevo.
¿Todo bien?
Un solo check gris.
John dejó el teléfono en el banco y miró el taller. Colden estaba con la laptop abierta, revisando algo, ajeno por completo al intercambio.
John salió al pasillo del jirón Paruro.
Caminó hasta el local de la señora Natividad.
La puerta enrollable estaba abierta. La señora Natividad estaba en la cocina. Tres mesas ocupadas. El radio con una cumbia que nadie escuchaba.
Ámbar no estaba.
—¿Don John? —dijo la señora Natividad desde la cocina—. ¿Lo de siempre?
—¿Y Ámbar? —dijo John.
La señora Natividad asomó con el trapo en la mano.
—No vino —dijo—. Me llamó la mamá esta mañana diciendo que no se había levantado. La fui a buscar y la encontré dormida pero rara, así como ausente, los ojos medio abiertos. La mamá dijo que llevaba así desde anoche.
John miró el local. La mesa del rincón con la pata corta y el cartón doblado debajo.
—¿Cuál es la dirección de la mamá? —dijo.
El barrio donde vivía Ámbar estaba a veinte minutos caminando hacia el este, en una de las calles angostas que quedaban entre Barrios Altos y el Cercado que el mapa oficial de Lima clasificaba con nombres pero que los que vivían ahí conocían por referencias propias, la cuadra del árbol de ficus, la bajada del perro negro, la esquina donde pusieron el semáforo que nadie respeta.
John llegó a las doce menos diez.
Mientras esperaba que le abrieran, la mirada le fue sola hacia el tablero de distribución empotrado en la pared del ingreso, la tapa entreabierta, cables que salían por donde no debían, una conexión a tierra que alguien había improvisado con alambre de amarre en lugar de conductor adecuado. Instalación de los años setenta sin actualización visible. Tres fases pero solo dos en uso. El diferencial era de una marca que había dejado de certificarse en Perú hace quince años.
Cuatro sobre diez. Funciona de milagro y por costumbre.
La mamá de Ámbar se llamaba Carmen y tenía la voz de alguien que no entiende lo que está pasando pero que ha decidido no entrar en pánico todavía porque entrar en pánico no le va a devolver a su hija.
—Está en su cuarto —dijo—. Respira bien, el médico ya vino y dijo que no tiene fiebre ni nada físico, que puede ser estrés o un episodio disociativo, pero yo la conozco y esto no es eso.
—¿Puedo ver el cuarto? —dijo John.
Carmen lo miró. Lo evaluó en el segundo que le tomó decidir que un hombre que venía recomendado por la señora Natividad y que hacía preguntas específicas en lugar de generales merecía el beneficio de la duda.
—Pase —dijo.
El cuarto de Ámbar era pequeño y limpio, el tipo de espacio donde alguien ha hecho lo posible con lo que hay. Una cama de una plaza, un escritorio con libros apilados con precisión, una fotografía pegada en la pared con cinta adhesiva, Ámbar con una mujer mayor en alguna plaza que John no reconoció, las dos riendo hacia la cámara con el tipo de risa que no se produce sino que ocurre.
#248 en Ciencia ficción
#187 en Paranormal
misterio, terror misterio intriga paranormal, ciencia-ficción
Editado: 28.08.2026