FRECUENCIA 432Hz
Capítulo 13 — "El 0.01%"
Colden llegó al taller del jirón Paruro a las diez de la mañana con dos cafés y la expresión de alguien que pasó la noche procesando lo que había cantado en el pasillo de una galería de La Victoria sin saber por qué lo cantaba y que todavía no había terminado de procesarlo.
John estaba en el banco.
No trabajando. Sentado. Con la libreta cerrada frente a él y las manos apoyadas en la madera y la vista en algún punto entre la libreta y la pared del fondo que no era ninguno de los dos.
Colden puso el café en el banco sin decir nada.
John lo miró.
—Gracias —dijo.
Colden se sentó en la silla de visitas.
Los dos tomaron el café en silencio durante un momento. El ruido del jirón Paruro afuera, las persianas de acordeón que subían, los primeros micros del día, Lima encendiendo sus motores con la misma indiferencia de siempre.
—¿Cómo está viendo hoy —dijo Colden finalmente.
John miró la calle por la ventana del taller.
—Borroso —dijo.
—¿Mejor o peor que anoche?
—Igual.
Colden asintió. No preguntó más sobre eso porque había aprendido que John respondía exactamente lo que tenía para responder y que preguntar de nuevo no producía más información sino menos disposición a compartirla.
—El nodo de La Victoria —dijo Colden—. Pasé esta mañana.
John lo miró.
—¿Y?
—Limpio —dijo Colden—. El vigilante estaba despierto. Los locales abriendo con normalidad. Fui al número siete, los televisores apagados, el aire distinto. Se nota.
John asintió.
—Uno de doce —dijo.
—Once —dijo Colden—. El Oropeza no cuenta como nodo de extracción, usted mismo lo dijo.
—Once entonces —dijo John.
Colden miró el café.
—¿Cuándo seguimos?
John no respondió de inmediato.
Miró la libreta cerrada. Las manos sobre la madera. El café que seguía caliente.
—No lo sé —dijo.
Era la segunda vez en toda la historia que John decía esas palabras y Colden las reconoció porque la primera vez había sido sobre Valentina Quispe y había sonado igual, sin dramatismo, sin excusa, simplemente la verdad de alguien que no tiene más información de la que tiene.
Pero esta vez había algo diferente en cómo sonaba.
Esta vez no era incertidumbre táctica.
Era otra cosa.
Fue al mediodía.
John estaba solo en el taller, Colden había salido a buscar algo de comer, y el taller tenía ese silencio específico de los espacios que están acostumbrados al ruido de trabajo y que cuando se quedan sin él producen un tipo de quietud que no es descanso sino ausencia.
John tenía la libreta abierta.
No la de trabajo. La pequeña, la de los casetes y las anotaciones del sistema musical. La había abierto sin saber bien por qué, en esa manera en que las manos a veces toman decisiones antes de que la cabeza las procese, y estaba mirando las páginas sin leerlas, los símbolos propios y las líneas que conectaban entradas y los números al margen, todo ese sistema que había construido noche a noche durante años y que esta mañana le parecía tan familiar y tan distante al mismo tiempo como un idioma que uno ha hablado toda la vida y que de pronto suena raro sin que nada haya cambiado en las palabras.
Lo sintió antes de verlo.
No como amenaza. Como presencia.
La misma cualidad de aire que había sentido en el piso diecisiete del Oropeza hace siete años, en el local número siete de La Victoria hace doce horas, en la calle angosta de Barrios Altos cuando el ojo intentó resolver como silueta humana algo que no tenía la cualidad que hace a alguien reconocible como persona.
John levantó la vista de la libreta.
Estaba en el umbral del taller.
No había entrado. Estaba en el umbral, en ese espacio exacto entre el pasillo y el interior donde las dos dimensiones se tocan sin que ninguna de las dos ceda a la otra, y su presencia en ese punto no era accidental sino la declaración de algo que entiende perfectamente los límites y ha decidido respetarlos.
Por ahora.
John lo miró.
Era exactamente lo que había visto durante un segundo en el local número siete proyectado en veinte televisores simultáneos. La forma sin lo que va dentro. Los contornos presentes, el interior invertido, la oscuridad donde debería haber luz y la luz donde debería haber oscuridad. Una figura que el ojo intentaba completar como rostro y no podía porque donde debería haber facciones había solo el espacio que las facciones ocupan cuando no están.
Como una fotografía expuesta al negativo.
Como algo que ha estudiado lo que significa ser humano con una exhaustividad que ningún ser humano podría sostener y que sin embargo no puede terminar de serlo porque le falta el fragmento que no se puede estudiar.
El 0.01%.
John no se levantó.
No sacó los guantes.
No desenganchó la cadena.
Porque lo que estaba en el umbral no venía a atacar y John lo sabía con la misma certeza con que leía un voltímetro, esa certeza que esta mañana estaba borrosa en casi todo lo demás pero que en este momento específico era perfectamente nítida.
Venía a preguntar.
Lo que ocurrió después no fue una conversación en ningún sentido que John pudiera haber descrito con palabras porque las palabras no eran el medio. Era algo más parecido a la manera en que una frecuencia modifica otra frecuencia cuando se superponen, un ajuste mutuo que ocurría en algún lugar entre el aire del taller y la percepción de John, que esta mañana estaba debilitada pero no ausente, opacada pero no apagada.
La pregunta llegó así.
No como sonido. Como algo que el cerebro recibía directamente, en ese canal que el cruce había abierto y que todavía no se había cerrado del todo.
Era la misma pregunta.
La misma que había llegado a través de Ccarita en la galería Jordi hablando sin saber que hablaba. La misma que Esperanza había hecho desde la puerta de su cabina sin saber que la hacía. La misma que la señora Natividad había dicho disfrazada de respuesta mientras limpiaba la cocina con el radio encendido.
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Editado: 03.09.2026