Frecuencia Cero: Venganza ( Saga Genesis 4)

Capitulo 4: Frecuencia rota

El aire se volvió denso.
Pesado.
Irrespirable.
La compuerta terminó de abrirse con un estruendo grave… y la oscuridad dejó de ser oscuridad.
Era una silueta.
Femenina.
De pie.
Inmóvil.
—…
Tai no se movió.
No respiró.
No pensó.
Porque su cuerpo… ya sabía.
—No… —salió apenas, como un hilo de voz.
La figura dio un paso al frente.
La luz blanca la alcanzó.
Cabello largo.
Oscuro.
Piel marcada por líneas finas… como circuitos bajo la superficie.
Y los ojos…
brillando.
Pero no en azul.
En un rojo tenue.
Inestable.
—…Melek… —susurró Tai.
Su novia.
O lo que quedaba de ella.
El mundo se quebró en silencio.
Detrás, Kessler observaba.
Fascinado.
—El sujeto F-27 —dijo, como si presentara una obra—. Adaptación fallida… pero funcional.
Tai no escuchaba.
No podía.
Solo la veía.
—Estás… viva…
Melek inclinó levemente la cabeza.
Un movimiento… extraño.
No natural.
—T…ai…
La voz salió cortada.
Fragmentada.
Como si cada sílaba tuviera que abrirse paso entre ruido.
El pecho de Tai dolió más que cualquier descarga.
—No te acerques —dijo, pero su cuerpo hizo lo contrario—. No… no hace falta que pelees. Yo te saco de acá, ¿sí? Como antes… como siempre…
Un paso más.
La electricidad a su alrededor… bajó.
Inestable.
Dudosa.
—Te prometo que.
Melek desapareció.
Un parpadeo.
Y ya estaba enfrente.
Demasiado rápido.
Su mano se clavó en el pecho de Tai.
Directo al núcleo.
—¡Aaaaaah!
La descarga fue brutal.
Pero no como antes.
Esto no era ataque.
Era intrusión.
La energía de Melek entró en él como un virus.
Caótica.
Dolorosa.
Llena de ruido.
Tai cayó hacia atrás, arrastrando chispas por el suelo.
—¿…por qué…?
Melek no respondió.
Su cuerpo temblaba.
Sus ojos rojos parpadeaban.
Por un segundo…
azul.
El mismo azul de antes.
—Hu…ye…
El susurro fue claro.
Real.
Ella estaba ahí.
En algún lugar.
Atrapada.
—No —Tai se levantó, tambaleando—. No me voy sin vos.
La electricidad volvió.
Más fuerte.
Pero desordenada.
—¡No me obligues a esto!
Melek gritó.
Un grito desgarrado.
Y el rojo volvió a dominar.
Cargó otra vez.
Más violenta.
Más rápida.
Tai apenas logró bloquear.
Los dos núcleos chocaron.
Explosión.
BOOM.
El impacto los separó.
Las paredes se agrietaron.
El suelo cedió.
Era como ver dos tormentas colisionar.
Pero había una diferencia.
Tai dudaba.
Ella no.
Melek apareció a su costado.
Golpe.
Costillas.
Crujido.
—¡Tsk!
Segundo golpe.
Rostro.
Sangre.
Tercero.
Descarga directa.
Tai salió despedido contra una columna.
El concreto explotó.
Cayó.
No se levantó de inmediato.
Respiración rota.
Visión borrosa.
—Vamos… —murmuró, apenas—. Volvé… volveme…
Melek caminó hacia él.
Lenta.
Mecánica.
Pero sus manos temblaban.
—Duele…
Tai levantó la vista.
—Lo sé…
—Mucho…
—Lo sé…
—Haz…lo…
Silencio.
El mundo se detuvo.
—¿…qué?
Por primera vez, Melek lo miró directamente.
De verdad.
El rojo se debilitó.
Sus ojos… volvieron a ser los de antes.
Rotos.
Llenos de lágrimas.
—Terminá…con…esto…
El corazón de Tai se hizo pedazos.
—No…
—Por…favor…
El núcleo de Melek comenzó a volverse inestable.
La energía se desbordaba.
Su cuerpo no iba a aguantar.
—Me…están…rompiendo…
Kessler observaba en silencio.
Sonriendo apenas.
—Decisión crítica —susurró, anotando algo en su tablet.
Tai apretó los puños.
Todo su cuerpo temblaba.
—Yo te iba a sacar de acá… —dijo, con la voz quebrada—. Te lo prometí…
Melek sonrió.
Débil.
Dolorosa.
—Ya…viniste…
Un segundo.
Dos.
Y Tai tomó la decisión.
Se levantó.
Caminó hacia ella.
Cada paso… una herida.
Apoyó su frente contra la de ella.
Electricidad vibrando entre ambos.
—Perdoname…
Melek cerró los ojos.
—Gracias…
Tai llevó la mano a su pecho.
Al núcleo.
—Te amo.
—Lo sé…
Y entonces…
liberó todo.
Una descarga pura.
Concentrada.
Silenciosa.
El núcleo de Melek se iluminó…
y se apagó.
Sin explosión.
Sin grito.
Solo…
silencio.
Su cuerpo cayó suavemente.
En brazos de Tai.
Inerte.
Vacío.
El mundo dejó de tener sentido.
Tai no se movió.
No habló.
No respiró.
Hasta que
algo cambió.
Su electricidad…
ya no era azul.
Chisporroteó.
Oscura.
Inestable.
Negra.
Kessler lo vio.
Y sonrió más amplio.
—Fascinante…
Tai levantó lentamente la cabeza.
Y por primera vez…
no había dolor en su rostro.
No había tristeza.
No había duda.
Solo…
nada.
Vacío absoluto.
—Ya entendí… —dijo.
Su voz era distinta.
Fría.
Muerta.
—No hay nadie que salvar.
Se puso de pie.
Dejó el cuerpo atrás.
Y miró a Kessler.
—Ahora sí…
La electricidad negra se expandió como una tormenta.
Devorando la luz.
—…los voy a borrar.
Kessler cerró su tablet.
Tranquilo.
Satisfecho.
—Bienvenido, Tai.
Una pausa.
—A tu forma final.
Las puertas del fondo se abrieron de golpe.
Más unidades.
Más armas.
Más monstruos.
Pero esta vez…
Tai no sonrió.
Ni gritó.
Ni habló.
Simplemente…
avanzó.
Y la oscuridad lo siguió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.