Frecuencia Cero: Venganza ( Saga Genesis 4)

Capitulo 5: Zona muerta

El primer soldado no llegó a ver el movimiento.
Solo oscuridad.
Un destello negro.
Y después… nada.
Su cuerpo se partió en dos antes de tocar el suelo.
Tai no se detuvo.
No miró atrás.
No sintió nada.
La electricidad negra se arrastraba por su piel como venas vivas, expandiéndose con cada paso, contaminando el aire, deformando la luz.
Cada respiración… distorsionaba el entorno.
—…
Silencio total dentro de él.
Afuera…
infierno.
Los soldados abrieron fuego.
Ráfagas.
Energía.
Explosiones.
Pero ya no importaba.
Tai desaparecía entre los disparos, dejando estelas oscuras, como si el espacio mismo se estuviera rompiendo a su paso.
Apareció frente a uno.
Mano al rostro.
Descarga.
Pero esta vez no hubo luz.
Solo absorción.
La energía del soldado… se apagó.
Literalmente.
Su cuerpo cayó como una carcasa vacía.
—…
Tai ladeó la cabeza.
Observando.
Analizando.
Aprendiendo.
—Absorber… —murmuró, apenas.
Otro vino por detrás.
Cuchilla.
Demasiado lento.
Tai lo atravesó sin siquiera mirarlo.
La hoja se desintegró al contacto con la energía negra.
El cuerpo… también.
No quedaba nada limpio.
Todo era brutal.
Irreversible.
En segundos…la sala de contención se convirtió en un cementerio humeante.
Restos.
Hierro retorcido.
Carne quemada.
Y en el centro…
él.
Inmóvil.
La tormenta contenida.
Desde el otro lado, Kessler observaba con atención quirúrgica.
—Evolución espontánea… —susurró—. Fascinante.
Tai levantó la vista lentamente.
Lo miró.
Y caminó hacia él.
Cada paso hacía vibrar el suelo.
Las luces parpadeaban.
Algunas… directamente se apagaban al acercarse.
—Ya no hay protocolo que te frene —dijo Kessler, casi complacido—. Superaste todas las previsiones.
Tai no respondió.
Siguió avanzando.
—Pero todavía estás incompleto.
Eso lo detuvo.
Un segundo.
—Te falta equilibrio —continuó—. Un ancla. Algo que estabilice tu frecuencia.
Silencio.
—Tu hermana.
El nombre invisible golpeó más fuerte que cualquier arma.
La oscuridad titiló.
—Ella… sí funcionó.
Tai apretó la mandíbula.
—No la nombres.
—Es perfecta, Tai —Kessler sonrió—. Todo lo que vos no sos.
El aire se tensó.
—¿Dónde está?
—Más abajo.
Una pausa.
—Donde nacen los verdaderos resultados.
Tai lo sostuvo con la mirada.
—Última oportunidad.
Kessler ladeó la cabeza.
Curioso.
—¿Para qué?
—Para decirme todo.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Y entonces…
Kessler rió.
Suave.
Sincero.
—No.
Tai asintió apenas.
Como si lo esperara.
—Bien.
Y desapareció.
No hubo destello.
No hubo sonido.
Solo… ausencia.
Kessler apenas tuvo tiempo de abrir los ojos.
Tai ya estaba frente a él.
Lo levantó del cuello.
Lo estampó contra la pared.
El vidrio detrás se resquebrajó.
—Te voy a romper —dijo Tai, con una calma aterradora—. Parte por parte.
Kessler no forcejeó.
No gritó.
Solo lo miró.
—Eso ya lo intentaron contigo.
Error.
Una microduda.
Una fracción de segundo.
Suficiente.
Un pulso invisible salió del guante de Kessler.
Directo al núcleo.
Tai gruñó.
Su cuerpo se tensó.
La energía negra se volvió inestable.
—Aún tengo control sobre ciertas variables —dijo Kessler.
Pero esta vez…
no fue suficiente.
Tai apretó más fuerte.
La electricidad negra… devoró el pulso.
Lo anuló.
Lo superó.
—Ya no.
Los ojos de Kessler cambiaron.
Por primera vez…
incertidumbre.
Tai lo lanzó contra el suelo.
El impacto quebró el piso.
Se acercó.
Lento.
Imparable.
—Decime dónde está —repitió.
Kessler tosió.
Sangre en los labios.
Y aun así…
sonrió.
—Nivel… inferior… núcleo central…
Tai lo agarró del rostro.
—¿Qué le hicieron?
Silencio.
Kessler lo miró fijamente.
—La perfeccionamos.
Error.
Último.
La mano de Tai se cerró.
La electricidad negra explotó hacia adentro.
No hubo grito largo.
No hubo lucha.
Solo un instante…
y después…
nada.
Cuando Tai soltó el cuerpo…
no quedaba casi nada reconocible.
Silencio.
Total.
Kessler…
había terminado.
Pero no se sentía como victoria.
No había satisfacción.
No había cierre.
Solo…
vacío.
Más profundo.
Más frío.
Tai giró.
Miró la sala destruida.
El cuerpo de Melek… a lo lejos.
Inmóvil.
Y luego…
hacia abajo.
El acceso al nivel inferior se abrió lentamente.
Como si el edificio mismo… lo invitara.
—…
Un paso.
La oscuridad lo envolvió.
—Hermana… —murmuró.
Pero su voz ya no sonaba humana.
—Espero que… sigas siendo vos.
Y descendió.
Hacia lo más profundo.
Hacia el origen.
Hacia lo que quedaba…
de su mundo.




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