El descenso fue largo.
Demasiado.
El ascensor no tenía botones. No tenía música. No tenía nada.
Solo una caída constante… hacia lo más profundo.
Las paredes eran de metal pulido, pero la electricidad negra de Tai las distorsionaba como si fueran agua. Su reflejo… ya no parecía el suyo.
Era algo más.
Algo roto.
Algo que ya no dudaba.
El ascensor se detuvo.
Un sonido seco.
Las puertas se abrieron.
Y la luz lo golpeó.
Blanca.
Pura.
Silenciosa.
Tai entrecerró los ojos.
El contraste con la oscuridad que lo envolvía era brutal.
Dio un paso al frente.
El lugar no era un laboratorio.
No era una celda.
Era…
perfecto.
Un espacio amplio, sin cables a la vista, sin suciedad, sin fallas. Las paredes emitían una luz suave, constante. El aire… limpio. Quieto.
Como si ese lugar no perteneciera al mismo mundo.
En el centro…
ella.
De espaldas.
Cabello rubio.
Corto.
Ordenado.
El corazón de Tai se detuvo otra vez.
—Llegaste —dijo ella.
Su voz.
Clara.
Estable.
Humana.
Pero… demasiado perfecta.
Tai avanzó un paso.
Ella de pie mirándolo con un rostro frío, traía puesto un top negro y pantalones holgados de color negro, se veían cicatrices en su abdomen, en sus brazos
Guantes negros en sus manos de las cuales salían sus dedos.
Estaba descalza
—…Jennefer.
Su hermana giró lentamente.
Y lo miró.
Sus ojos…
azules.
Pero no como los de él.
No caóticos.
No salvajes.
Los de ella eran…
calma.
Precisión.
Control absoluto.
No había dolor.
No había miedo.
No había dudas.
—Estás deteriorado —dijo Jennefer, analizándolo de arriba abajo.
Cada palabra era exacta.
Fría.
Como un diagnóstico.
Tai sintió algo quebrarse otra vez.
—Estoy vivo —respondió.
—Apenas.
Silencio.
—Te encontré —dijo Tai, ignorando el tono—. Ya está. Nos vamos.
Jennefer inclinó levemente la cabeza.
—No.
Una sola palabra.
Suficiente para romper todo.
—¿…qué?
—Este es mi lugar.
La electricidad negra vibró.
—No digas tonterias. Te sacaron de tu vida. Nos hicieron esto. Hay que...
—Optimizaron mi existencia.
Tai se quedó quieto.
—¿Qué?
Jennefer dio un paso hacia él.
Su presencia… no generaba caos.
Generaba orden.
Incluso la energía de Tai… se alteró al acercarse.
—Antes éramos débiles —dijo—. Emocionales. Predecibles.
—Éramos humanos.
—Éramos ineficientes.
Silencio.
Pesado.
Irreal.
—¿Te escuchás? —dijo Tai, con una mezcla de bronca y desesperación—. Te lavaron la cabeza.
—No —respondió ella—. Me liberaron.
La electricidad negra de Tai creció.
—Mataron a Melek.
Un microsegundo.
Eso fue todo.
Pero Tai lo vio.
Un fallo.
Una grieta.
—No sobrevivió —dijo jennefer—. Era esperable.
—Era importante.
—Era un riesgo.
Tai apretó los puños.
—Era mi vida.
Jennefer lo miró.
Sin emoción.
—Y ese es tu problema.
El silencio volvió.
Más pesado que nunca.
—Vení conmigo —dijo Tai, más bajo—. Todavía podemos…
Jennefer negó.
—No hay nada afuera.
—Hay todo.
—Hay caos.
—Hay libertad.
—Hay error.
—Hay elección.
Se miraron.
Dos opuestos.
Dos extremos.
La misma sangre…
pero ya no la misma alma.
—No te voy a dejar acá —dijo Tai.
La electricidad negra estalló alrededor de su cuerpo.
El suelo se agrietó.
El aire se deformó.
—Y yo no voy a irme —respondió Jennefer.
Un pulso.
Invisible.
Silencioso.
Pero cuando salió de ella…
el mundo cambió.
La energía negra de Tai…
se detuvo.
No se apagó.
Pero se estabilizó a la fuerza.
Como si alguien hubiera puesto orden en el caos.
Tai abrió los ojos.
—¿Qué…?
—Mi frecuencia —dijo Jennefer—. Es perfecta.
Levantó la mano.
Y por primera vez…
se vio su poder.
No era violento.
No era explosivo.
Era control absoluto.
Ondas limpias.
Precisas.
Capaces de reescribir lo que tocaban.
—Puedo corregirte —dijo—. Puedo arreglar lo que sos ahora.
Tai retrocedió un paso.
Instinto puro.
—No me toques.
—Aún sos mi hermano.
—Entonces escuchame.
Silencio.
—No quiero arreglarme.
La electricidad negra volvió.
Más fuerte.
Rompiendo el control.
Resistiendo.
—Quiero que ardas todo esto.
Jennefer lo observó.
Por primera vez…
con algo distinto.
No emoción.
Pero sí…
decisión.
—Entonces sos una amenaza.
Tai sonrió.
Pero no había alegría.
—Siempre lo fui.
Un segundo.
Dos.
Y se movieron.
Al mismo tiempo.
Choque.
Negro contra blanco.
Caos contra perfección.
La explosión no hizo ruido.
Pero el espacio…
se quebró.
Las paredes vibraron.
La luz titiló.
El aire gritó.
Dos fuerzas imposibles…
colisionando.
Tai atacó primero.
Rápido.
Brutal.
Pero Jennefer…
ya lo había previsto.
Cada golpe era desviado.
Cada descarga… redirigida.
Como si ella viera el futuro.
—Seguís siendo predecible —dijo.
Golpe directo.
Tai salió despedido.
Pero no cayó.
Se frenó en el aire.
La oscuridad se retorció a su alrededor.
—Y vos… dejaste de ser vos.
Volvió a cargar.
Más rápido.
Más salvaje.
Pero Lena levantó la mano.
Y el mundo…
se ordenó otra vez.
La energía negra se fragmentó.
Se dispersó.
Se debilitó.
Tai cayó de rodillas.
Respirando con dificultad.
—Yo… te voy a salvar —dijo Jennefer, acercándose.
—No necesito eso…
—Sí lo necesitás.
Se detuvo frente a él.
Extendió la mano.
A centímetros.
—Esta es tu última oportunidad.
Silencio.
Tai levantó la vista.
La miró.
De verdad.
—Vos sos la que necesita volver.
Jennefer no dudó.
Apoyó la mano en su pecho.
Directo al núcleo.
Y activó su poder.
—Entonces… te obligo.
Los ojos de Tai se abrieron.
La electricidad negra… empezó a colapsar.
A reordenarse.
A desaparecer.
—¡NO!
Y en ese instante…
algo más despertó.
Más profundo.
Más oscuro.
Algo que ni siquiera Tai conocía.
Su núcleo…
se quebró.
Una grieta.
Luego otra.
Y de esa fractura…
salió algo nuevo.
No negro.
No azul.
Algo peor.
La luz del lugar se apagó.
Toda.
De golpe.
Jennefer se detuvo.
Por primera vez…
sorprendida.
—¿Qué… es esto…?
Tai levantó lentamente la cabeza.
Y cuando habló…
no fue solo su voz.
—Ya es tarde.
La nueva energía…
se expandió.
Y esta vez…
ni siquiera la perfección de Jennefer…
pudo detenerla.
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Editado: 19.04.2026