Dicen que crecer es aprender muchas cosas. Aprender a decidir, a equivocarse, a levantarse otra vez.
Pero nadie habla de las cosas que uno aprende cuando pierde.
A veces crecer también significa descubrir el silencio que queda cuando alguien ya no está. La silla vacía en la mesa, los mensajes que nunca van a llegar, las palabras que uno guardó demasiado tiempo.
Los adultos dicen que el tiempo lo cura todo. Lo dicen con tanta seguridad que casi parece verdad. Pero hay dolores que no desaparecen; solo cambian de forma y se quedan viviendo en algún rincón del pecho.
Los adolescentes encuentran distintas maneras de sobrevivir a eso.
Algunos gritan.
Otros se enojan con el mundo.
Y otros... se refugian en la soledad.
No porque la quieran, sino porque a veces parece el único lugar donde el dolor deja de hacer tanto ruido.
Otros se refugian en la música. En canciones que parecen entender lo que nadie más logra decir. En auriculares que se convierten en una especie de escondite, donde por unos minutos todo duele un poco menos.
Y mientras tanto repetimos la mentira más común de todas.
"Estoy bien".
La decimos a nuestros amigos.
A nuestra familia.
Y, muchas veces, a nosotros mismos.
Tal vez por eso alguien escribió una vez que nadie aprende, ni siquiera se enseña, a soportar la soledad.
Y quizá tenía razón.
Porque hay batallas que cada persona aprende a pelear en silencio.
Y yo lo hice verdad..