Al día siguiente,todo me pesaba un montón, me sentía rara, como si el colegio entero fuera un mundo distinto y yo no supiera encajar. Él me miraba con esa sonrisa que me desconcierta y yo… yo no podía decirle nada de lo que sentía, ni de lo mal que me cuesta adaptarme, ni de que me siento rara con él… y tampoco quería que notara que algo dentro mío por él se sentía diferente.
El timbre sonó y todos salieron corriendo. Yo me quedé quieta, mirando cómo se dispersaban los grupos, sintiéndome fuera de lugar, como si el aire del patio fuera más liviano para todos menos para mí. Luca se acercó con calma.
—¿Querés jugar a las atrapaditas conmigo y con unos amigos? Con Alan, con Fabián, con Emily, con Mia…
Quise decir que no, que mejor me quedaba tranquila, porque sabía que tarde o temprano esto iba a terminar mal. Pero no sé qué me pasó, algo en su mirada me dio seguridad, y terminé siguiéndolo.
El patio estaba lleno de gritos, risas y carreras por todos lados. Luca se movía entre ellos como si nada, riéndose, tirando comentarios y codazos, y yo ahí, intentando integrarme, torpe, con el corazón latiendo a mil.
—¡Vamos, Nerea, no te me escapes! —gritó Luca mientras corría unos pasos adelante—. ¡Te voy a atrapar!
Me reí, y no pude evitar sentir algo raro dentro mío. Corrí detrás de él, intentando tocarlo, y cada vez que nos chocábamos o nos empujábamos un poco, sentía esa mezcla de miedo y emoción que no sabía cómo manejar.
Emily apareció de repente.
—¡No me atrapen todavía!
—¡Ni lo intentes, Emily! —le grité mientras la esquivaba, y ella se reía como loca—. ¡Voy por ti después!
Alan y Fabián se metieron en medio y nos hacían tropezar, empujándonos con bromas. Me sentía completamente abrumada,era divertido, sí, pero todo mi cuerpo y mi cabeza estaban al límite; mi corazón latía rápido, mis pensamientos no paraban y cada gesto de Luca me hacía sentir cosas que no podía explicar.
—¡Eh, Nerea! —me gritó Mia mientras me esquivaba y se reía—. ¡No podés atraparme, boluda!
—¡Sí puedo! —le respondí corriendo, mientras Luca me tocaba para atraparme y me decía—: ¡Te tengo!
Me quedé congelada un segundo. Su mirada me atrapó y me sentí rara, como si estuviera flotando y cayendo al mismo tiempo. No podía dejar de mirarlo, y al mismo tiempo no quería que me notara demasiado.
—¡Cuidado! —gritó Emily mientras chocábamos—. ¡Ay, casi me caigo!
—¡Ay! —dije, y ella me lanzó una mirada divertida—. ¡No pasa nada!
Seguimos corriendo, riendo, chocando y empujándonos. Cada palabra, cada gesto, cada risa me hacía sentir viva y confundida al mismo tiempo. Sabía que tarde o temprano esto podía terminar mal, que cualquier momento bueno podía romperse. Pero aun así no podía dejar de disfrutarlo.
En un momento, Luca me empujó suavemente hacia un lado para que no tropezara
—¡No podés escapar tan fácil, che!
—¡Eso es trampa! —le grité riéndome, y él solo sonrió—. ¡Es injusto!
—Injusto es que seas tan lenta —respondió y se rió—.
Mi corazón latía como loco, y no podía dejar de mirarlo mientras corría, mientras reía. Sentía algo distinto hacia él, algo que me confundía y me hacía feliz al mismo tiempo. Cada codazo, cada empujón, cada risa compartida me hacía sentir más ligera… y más vulnerable.
El juego siguió un buen rato. Cada vez que nos cruzábamos, cada vez que alguien nos empujaba o reía, yo sentía que todo me afectaba más de lo normal.
Mi cabeza no dejaba de pensar en Luca, en lo que sentía, en lo frágil que era todo. Cada instante feliz me hacía temer que se fuera a romper de un momento a otro.
Cuando el recreo terminó, caminábamos de vuelta a clase, jadeando y todavía riéndonos un poco
Luca me dio un codazo suave
—¿Viste? No estuvo tan mal, ¿no?
Sonreí, aunque sentía mi corazón todavía acelerado y una mezcla de felicidad y miedo. No estuvo tan mal… aunque sabía que cada momento con él era frágil y que algo podía romperse en cualquier momento. Aun así, con Luca cerca, con su risa y su compañía, sentí que podía permitirme ser feliz… aunque solo fueran unos minutos. Y eso era suficiente… por ahora.