𝐿𝑢𝑐𝑎
Conozco este colegio desde que era chico.
Primaria, actos eternos, profesores que parecen no irse nunca, los mismos pasillos, el mismo kiosco que sigue vendiendo lo mismo desde hace años.
Nada cambia demasiado acá.
Por eso es raro que este último año se sienta distinto.
O tal vez no es el colegio.
Tal vez es Nerea.
Cuando llegó hablaba poco. Observaba todo como si estuviera tratando de entender el lugar antes de decidir si le gustaba.
Ahora no tanto.
Ahora se ríe más.
A veces hasta empieza las conversaciones.
Y también se burla de mí con bastante facilidad.
Su hermana Angie está en otro salón porque es un año menor, así que casi siempre Nerea termina pasando el tiempo con nosotros.
Conmigo.
—Este profesor explica horrible —digo mirando el cuaderno.
Nerea levanta la vista.
—El problema es que tú no prestas atención.
—Qué ataque tan gratuito.
—No es ataque. Es un hecho.
—Me siento juzgado.
—Con razón.
Intento mirar el pizarrón como si estuviera entendiendo algo.
No funciona.
—A ver —dice ella—. ¿Qué estamos viendo?
Miro el pizarrón.
Después mi cuaderno.
—Educación.
Nerea suelta una risa corta.
—Tu análisis es impresionante.
—Gracias.
—Años de estudio, imagino.
—Exacto.
Se ríe otra vez y vuelve a escribir.
Y otra vez me distraigo.
Últimamente me pasa mucho con ella.
Sus ojos, por ejemplo.
No son de esos que llaman la atención de inmediato, pero cuando te mira parece que estuviera pensando algo que no dice.
A veces parecen tranquilos.
A veces parece que está analizando todo.
También está su pelo.
Corto.
Un poco desordenado, como si no le importara demasiado que esté perfecto.
En este colegio casi todas llevan el pelo largo.
Ella no.
Y le queda bien.
Muy bien.
También está su forma de vestirse.
Casi siempre colores oscuros. Negro, gris, azul oscuro.
Pantalones anchos, poleras grandes, zapatillas simples.
Nada exagerado.
Ni siquiera usa maquillaje.
Solo se riza las pestañas.
Ni sé por qué me di cuenta de eso.
Probablemente porque últimamente noto demasiadas cosas de ella.
—Si me va mal en el examen te voy a culpar —dice de pronto.
—¿Culparme a mí?
—Sí.
—Eso es una acusación seria.
—Solo estoy siendo realista.
—Qué fe me tenés.
—La justa.
Intento volver a mirar el pizarrón.
Pero termino mirándola otra vez.
Entonces aparece ese pensamiento.
Agosto.
En agosto me voy.
Y todavía no sé cómo decirlo.
Nerea sigue escribiendo, concentrada, torciendo un poco los dedos.
—¿Qué? —dice sin mirarme.
—Nada.
—Estás mirando.
—Un poco.
Ahora levanta la vista.
—Estás raro.
—Siempre estoy raro.
Nerea se queda mirándome unos segundos.
Como si estuviera pensando algo.
Después sonríe de lado.
Y no dice nada.
Vuelve al cuaderno.
Y por alguna razón ese gesto me deja pensando más de lo que debería.
El recreo llega con el mismo ruido de siempre.
Gente hablando, mochilas cerrándose, sillas moviéndose.
Salimos al patio.
Nos sentamos cerca de unas gradas donde siempre se junta la gente del último año.
Nerea mira alrededor.
Todavía parece observar todo, como si siguiera descubriendo el lugar.
—Me gusta este colegio —dice después de un rato—. Es muy diferente a los otros.
La miro.
—Sí. Tienes razón. A mí también me gusta estar acá.
Ella asiente un poco.
Después abre una bolsa que compró en el kiosco.
—¿Quieres?
—Puede ser.
Me pasa la bolsa y nuestros dedos chocan un segundo.
Nada importante.
Pero mi cerebro decide registrarlo igual.
Genial.
—Sigues mirando —dice de repente.
—No es verdad.
—Un poco sí.
—Estoy pensando.
—Eso suena peligroso.
—Siempre lo es.
Nerea se ríe.
Y todo se siente demasiado fácil.
Demasiado natural.
Como si lleváramos más tiempo siendo amigos del que en realidad llevamos.
Y entonces vuelve ese pensamiento.
Esto es más difícil de lo que pensaba.
¿Cómo le voy a decir que a mitad de año me voy a ir a otra secundaria fuera de Buenos Aires?
Que ni siquiera sé si después voy a volver para la universidad.
Ni siquiera sé qué quiere hacer ella.
Capaz se queda aquí.
Capaz se va a otro lugar.
Capaz no volvemos a coincidir nunca.
—Luca —dice Nerea.
—¿Qué?
—Otra vez te fuiste.
—Estoy acá.
—Tu cuerpo sí.
Sonríe un poco.
Y en ese momento entiendo que necesito ayuda para entender qué hacer con todo esto.
Antes de que termine el recreo busco a Nicole.
La encuentro cerca del kiosco.
—Nicole.
—¿Qué pasa?
—Necesito preguntarte algo.
Ella me mira con cara de chisme inmediato.
—Habla.
—Me gusta Nerea.
Nicole sonríe.
—Lo sabía.
—No lo sabías.
—Era bastante obvio.
Genial.
—El problema es que… no sé si a ella le gusta alguien.
Nicole levanta una ceja.
—¿Y?
—En menos de un mes me voy.
—Cierto.
—Entonces no sé si debería decirle algo.
Nicole suspira.
—Dile.
—No es tan fácil.
—Sí lo es.
—¿Y si no siente lo mismo?
—Bueno, sobrevives.
Odio cuando tiene razón.
—¿Podrías preguntarle tú?
Nicole sonríe.
—Esto se puso interesante.
—Nicole.
—Está bien.
Mira hacia donde está Nerea.
—Espérame.
Nerea está apoyada en una pared del patio con audífonos.
Nicole se acerca.
Nerea se los quita.
—¿Te puedo preguntar algo? —dice Nicole.
—Sí, claro.
Nicole duda un segundo.
—¿Te gusta Cezán?