𝐿𝑢𝑐𝑎
Últimamente Nerea me evita.
No es algo que alguien me haya dicho ni nada así. Es de esas cosas que uno empieza a notar sin querer. Antes se sentaba cerca, hablábamos de cualquier tontería en clase, o caminábamos al patio con los demás. Ahora siempre encuentra una excusa para irse primero o quedarse hablando con otra persona. No es obvio para todos… pero para mí sí.
Y lo peor es que no entiendo en qué momento cambió todo.
A veces levanto la vista en clase y la encuentro escribiendo en su cuaderno con esa cara concentrada que pone cuando está pensando demasiado. Tiene el pelo corto, medio desordenado como siempre, y usa esa ropa oscura que parece su uniforme personal. Pantalones anchos, buzos negros, casi nunca colores claros. No se maquilla como las demás. Solo se riza las pestañas, creo. Me di cuenta una vez cuando estaba sentada cerca de la ventana y la luz le pegaba en la cara. Sus ojos se veían más grandes, más atentos a todo.
Nerea siempre parece tranquila, pero cuando uno la mira bien se da cuenta de que está analizando todo.
Y eso me pone nervioso.
Porque nunca sé qué piensa de mí.
En el recreo intento actuar normal, hablar con Lamo, reírme de cualquier cosa, pero mi cabeza vuelve siempre al mismo lugar. A ella, sentada con los auriculares, moviendo el pie al ritmo de la música. A veces me mira. A veces no. Cuando nuestras miradas se cruzan dura apenas un segundo, pero alcanza para que algo en el pecho se me desordene.
Y encima está lo otro.
Lo que todavía no le dije.
Me voy.
Tal vez en unas semanas.
Neuquén queda demasiado lejos como para fingir que nada cambia. Mi papá consiguió trabajo allá y todo el mundo lo está tomando como algo normal, como si mudarse fuera cambiar de asiento en clase. Pero no es lo mismo. Cambia todo. Colegio nuevo, gente nueva, otra ciudad. Y ni siquiera sé si después voy a volver a Buenos Aires para la universidad.
Lo absurdo es que Nerea no sabe nada de esto. Sigo hablándole como si tuviera tiempo infinito para decirle las cosas importantes. Como si no importara esperar. Pero cada día que pasa siento más claro que el tiempo se está achicando y yo sigo sin hacer nada.
Educación física llega como siempre, con el patio lleno de gritos, pelotas rebotando y profesores intentando poner orden sin lograrlo demasiado. Yo trato de concentrarme en el juego, pero cada tanto mi mirada se va sola hacia la cancha de vóley.
Ahí está Nerea.
Salta para devolver una pelota y se ríe cuando le sale mal. Se pasa la mano por el pelo corto, acomodándoselo sin darle importancia. Su forma de moverse es tranquila, pero cuando sonríe parece otra persona, como si se olvidara por un momento de todo lo que piensa.
Me pregunto cuánto de eso es real.
Y cuánto se lo está guardando.
Salgo un momento de la cancha para tomar agua y veo algo en el piso cerca de las líneas del vóley. Un papel doblado. Podría ignorarlo, pero lo levanto por simple curiosidad.
Lo abro.
Y el mundo se queda en silencio un segundo.
“Me gusta Luca.”
Mi nombre está ahí, escrito claro.
Al principio mi cabeza tarda en reaccionar. Pienso que debe ser una broma, algo que alguien dejó tirado. Pero cuando levanto la vista hacia la cancha y veo a Nerea, una sensación rara empieza a acomodarse dentro de mi cabeza.
Hace un rato estaba revisando su bolsillo.
También la vi mirar al suelo un par de veces mientras jugaba.
Y ahora este papel aparece justo acá.
No quiero sacar conclusiones rápidas, pero tampoco soy tan ingenuo.
Si esto es de ella… todo cambia.
Porque significaría que no estoy imaginando las cosas. Que cuando nuestras miradas se quedan un segundo más de lo normal no es casualidad. Que cuando se pone nerviosa al hablar conmigo hay algo detrás.
Pero justo ahora tenía que pasar.
Justo cuando mi vida está por desordenarse.
Doblo el papel lentamente y me lo guardo. Podría hacer como si no lo hubiera encontrado, seguir con mi día y evitar complicarme la cabeza. Sería lo más fácil.
Pero la curiosidad me gana.
Necesito saber.
Cuando el partido termina y los grupos empiezan a dispersarse, la veo caminando hacia su mochila. Respiro hondo antes de acercarme. No estoy seguro de qué voy a decir exactamente, pero ya es tarde para echarse atrás.
—Nerea.
Ella se gira. Por un momento pienso que va a sonreír como antes, pero no. Solo me mira, esperando.
Saco el papel.
—¿Vos escribiste esto?
Lo reconoce. Estoy seguro. No dice nada por un segundo y en su cara aparece algo que desaparece demasiado rápido.
Después niega.
—No.
La respuesta es inmediata. Demasiado.
—¿Seguro?
—Sí.
La miro unos segundos más de lo normal. Ella evita mis ojos y eso solo hace que mi sospecha crezca.
—Nerea… esta es tu letra.
Se cruza de brazos, como si levantara una defensa invisible.
—Hay muchas personas que escriben parecido.
No puedo evitar soltar una pequeña risa incrédula.
—Se te cayó jugando.
—No es mío.
—Dice mi nombre.
—Casualidad.
La conversación empieza a sentirse absurda, pero también demasiado importante para dejarla pasar. Doy un paso más cerca, intentando entender qué está pasando realmente.
—¿Por qué estás mintiendo?
—No estoy mintiendo.
—Entonces mirame y decilo.
Levanta la mirada finalmente. Sus ojos tienen esa mezcla rara de nervios y terquedad que ya conozco. Se queda unos segundos en silencio antes de hablar.
—No es mío.
Pero esta vez su voz no suena tan segura.
Guardo el papel otra vez en mi bolsillo.
—Está bien.
No está bien.
Nada de esto está bien.
Porque ahora estoy casi seguro de algo. Nerea está mintiendo. Y no sé si lo hace porque le gusto o porque le da miedo que sea verdad.
Vuelvo a la cancha con esa sensación extraña en el pecho que no se va. Intento seguir el juego, pero mi cabeza ya no está ahí. Está en ese papel, en su forma de negarlo todo, en la manera en que evitó mirarme al principio.