𝑁𝑒𝑟𝑒𝑎
No quería ir al colegio.
Abrí los ojos y lo primero que pensé fue en Luca. Eso ya era una mala señal. Me quedé mirando el techo un rato largo, esperando que el recuerdo del día anterior se sintiera menos pesado.
No pasó.
El papel.
Su cara.
Mi mentira.
Todo volvió como si alguien hubiera apretado replay en mi cabeza.
Enterré la cara en la almohada.
—Buenísimo, Nerea —murmuré contra la tela.
Por un segundo pensé en no ir. Decir que me dolía la cabeza, que me sentía mal, cualquier cosa. Pero sabía que igual iba a terminar levantándome.
Siempre termino haciendo lo que tengo que hacer.
Desde la cocina se escuchaban ruidos. Angie ya estaba despierta, moviéndose por el departamento como si el mundo estuviera perfectamente en orden.
Suspiré y me levanté.
Mientras me cambiaba traté de convencerme de algo simple: hoy iba a actuar normal. Iba a ir al colegio, iba a hacer mis cosas y ya.
Nada raro.
Nada incómodo.
Nada de pensar demasiado en Luca.
Spoiler: no era tan fácil.
El colegio se veía igual que siempre cuando llegamos. Gente hablando en los pasillos, mochilas en el suelo, profesores intentando organizar a todo el mundo.
Todo normal.
Entré al salón, saludé a algunos compañeros y dejé mi mochila en mi asiento.
Y entonces lo vi.
Luca estaba al otro lado del aula hablando con Lamo.
Sentí ese pequeño golpe en el pecho que últimamente aparecía cada vez que lo veía.
Así que hice lo único que se me ocurrió.
Miré para otro lado.
No lo saludé.
No dije nada.
Ni siquiera le di tiempo a que nuestras miradas se cruzaran.
Saqué mis cuadernos y me senté como si mi mayor preocupación en la vida fuera copiar lo que estaba escrito en la pizarra.
Durante la primera clase me concentré demasiado en parecer concentrada. Copiaba todo, incluso cosas que probablemente no eran necesarias. Cada tanto escuchaba a alguien hablar, una risa, una silla moviéndose.
Y en algún lugar del aula estaba Luca.
No lo miré.
Ni una vez.
Pero sabía que estaba ahí.
Eso era lo peor.
En otro momento del año habría sido fácil hablar con él. Decir algo tonto, hacer un comentario sobre la clase, cualquier cosa.
Hoy no.
Hoy sentía que si lo miraba iba a notar algo en mi cara.
Algo que no estaba lista para explicar.
Cuando terminó la clase guardé mis cosas rápido, como si tuviera muchísima prisa. En realidad solo quería evitar cualquier momento en el que él pudiera acercarse.
En el recreo salí con otras chicas antes de pensarlo demasiado. Me puse a escuchar conversaciones sobre profesores, tareas, gente de otros cursos.
Respondía cuando me hablaban.
Sonreía cuando tocaba.
Parecía completamente normal.
Pero cada tanto mi cerebro hacía lo peor posible.
Buscarlo.
Y cuando lo encontraba a unos metros, hablándole a alguien o caminando por el patio, volvía a mirar hacia otro lado.
Como si no existiera.
Como si nunca hubiéramos pasado recreos enteros hablando.
En un momento escuché su voz detrás de mí.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Me quedé mirando el celular como si fuera lo más interesante del planeta.
No me di vuelta.
No dije nada.
Nada.
El silencio duró unos segundos.
Luego escuché pasos alejándose.
No sabía si sentir alivio o algo peor.
Porque una parte de mí había esperado que insistiera.
Pero no lo hizo.
Y cuando finalmente me animé a mirar de reojo lo vi más lejos en el patio.
Hablando con otros.
Como si hubiera entendido.
Como si hubiera decidido hacer lo mismo que yo.
Ignorar.
Y por alguna razón eso se sintió un poco peor.
Porque ahora no era solo yo evitando algo incómodo.
Ahora los dos lo estábamos haciendo.
Durante el resto del día fue igual.
Mismas clases.
Mismo salón.
La misma distancia invisible entre los dos.
Ni una palabra.
Ni una mirada directa.
Nada.
Y mientras caminaba hacia la salida del colegio más tarde, con la mochila colgando de un hombro, no pude evitar pensar en lo absurdo que era todo.
Ayer había tenido un papel en sus manos que decía exactamente lo que sentía.
Hoy actuábamos como si ni siquiera nos conociéramos.
A veces mi propia cabeza me complica demasiado la vida.
𝐿𝑢𝑐𝑎
No entendía en qué momento todo se había puesto así de incómodo.
El día recién empezaba y Nerea ya me estaba ignorando como si yo le hubiera hecho algo terrible. Ni una mirada. Ni un gesto. Nada.
Al principio pensé que estaba exagerando. Capaz estaba cansada o distraída. Pero no. Pasaron las clases y seguía igual. Hablaba con los demás, incluso sonreía a veces. Conmigo no.
Como si hubiera una pared invisible.
Y lo peor es que sabía exactamente cuándo había empezado todo.
El papel.
Ese maldito papel seguía dando vueltas en mi cabeza desde ayer. La forma en que lo negaba. La forma en que se puso nerviosa. Sus dedos torciéndose. Su mirada escapando.
No había sido una negación tranquila.
Había sido una negación con miedo.
Suspiré y dejé el cuaderno sobre la mesa.
—Estás raro —dijo Nicole desde el asiento de atrás.
—Siempre soy raro.
—No, hoy estás peor.
Tomás levantó la cabeza también.
—Confirmo. Cara de tragedia romántica.
—Cállense.
Nicole se inclinó un poco hacia adelante.
—Es por Nerea.
No era una pregunta.
La miré.
—¿Qué?
—Desde ayer están raros.
Tomás sonrió como si acabara de descubrir algo importante.
—¿Pelearon?
—No peleamos.
—Entonces te gusta —dijo él.
—¿Qué?
Nicole soltó una risa corta.
—Relajate, Cezán, no es un crimen.
Miré hacia adelante otra vez, justo cuando Nerea se acomodaba el pelo. Llevaba ropa negra como casi siempre, pantalones anchos, una camiseta oscura, nada de maquillaje. Solo las pestañas un poco levantadas como hacía siempre.