𝐿𝑢𝑐𝑎
Cuando llegué al edificio ya estaba oscureciendo un poco. Subí las escaleras sin apurarme demasiado, con la mochila colgando de un solo hombro. No tenía ganas de llegar rápido a casa. En realidad, nunca tenía demasiadas ganas.
Abrí la puerta del departamento y lo primero que encontré fue silencio.
—¿Hola?
Nada.
No era raro. En esta casa cada uno estaba en su mundo. Mi hermano mayor casi siempre encerrado en su cuarto con la computadora, mi otro hermano haciendo quién sabe qué, y mi mamá todavía trabajando. Cerré la puerta, dejé la mochila sobre una silla y me quedé un momento quieto en medio de la sala de estar.
A veces parecía que vivíamos solos todos al mismo tiempo.
Fui a la cocina por costumbre más que por hambre. Abrí la heladera, miré un rato sin pensar demasiado y agarré algo para comer. Almorcé ahí mismo, apoyado contra la mesada, con el departamento completamente callado alrededor. Nadie preguntando cómo me fue en el colegio.
Después llevé todo al lavadero y caminé directo a mi cuarto.
Empujé la puerta con el pie, tiré la mochila al lado de la cama y me dejé caer mirando el techo. Intenté no pensar en nada, pero obviamente mi cabeza decidió volver al mismo lugar de siempre. Nerea. El papel. La forma en que lo negó. La forma en que desde ese momento parecía evitarme como si hablar conmigo fuera algo peligroso.
Suspiré y me senté.
Todavía tenía el papel guardado en la mochila. No sabía por qué no lo había tirado. Tal vez porque si lo hacía todo se volvía demasiado real, o tal vez porque una parte de mí quería seguir mirándolo para asegurarme de que no lo había imaginado. Lo saqué y lo dejé sobre el escritorio.
Las mismas palabras otra vez.
Me gusta Luca.
Me quedé mirándolo un rato mientras mi cabeza empezaba a darle vueltas a todo otra vez, recordando el momento en que lo encontré en la cancha, la forma en que Nerea se puso nerviosa cuando le pregunté, lo rápido que dijo que no era suyo. Y cuanto más lo pensaba, más difícil era creerle, porque conocía esa cara, esa forma de evitar mirarme directo cuando algo le incomodaba.
Me pasé una mano por el pelo y me dejé caer otra vez en la silla.
El departamento estaba tan silencioso que podía escuchar pasos en algún cuarto, pero ni siquiera sabía cuál de mis hermanos era. A veces este lugar se sentía enorme aunque en realidad no lo fuera. Y justo ahí, en ese silencio, era imposible no pensar demasiado.
Volví a acordarme de ella en el recreo, apoyada contra la pared con los audífonos puestos, mirando el celular como si el resto del patio no existiera. Últimamente hacía mucho eso. Escuchar música, aislarse un poco. Y no podía evitar preguntarme si lo hacía para no cruzarse conmigo o si simplemente yo estaba imaginando cosas.
Apoyé los codos en el escritorio y miré el papel otra vez.
Quedaba menos de un mes para que me fuera. Menos de un mes. Antes ese pensamiento no pesaba tanto, pero ahora sí, porque de alguna forma todo se había complicado justo cuando el tiempo empezaba a acortarse. Antes hablar con Nerea era fácil, natural. Ahora parecía que había un muro invisible entre los dos, uno que ninguno estaba dispuesto a atravesar primero.
Me levanté y me tiré en la cama otra vez, mirando el techo como si fuera a encontrar una respuesta ahí arriba. Y mientras más lo pensaba, más claro se volvía algo que no me gustaba demasiado admitir: el problema no era solo el papel ni lo que ella había dicho. El problema era que me importaba demasiado lo que significara.
𝑁𝑒𝑟𝑒𝑎
Llegué a mi casa y, como siempre, me encerré en mi cuarto. Mi hermana ya estaba en su habitación. A veces me gusta que la casa esté en silencio, pero hoy... hoy no me ayudaba. Me senté en el escritorio y saqué los cuadernos. Tenía que terminar todas las tareas, aunque la cabeza me doliera de tanto pensar.
Al principio todo parecía ir normal: copiaba fórmulas, escribía resúmenes, tachaba cosas de la lista. Pero mientras más avanzaba, más sentía que cada palabra que escribía era un recordatorio de que todo estaba complicado. Cada tarea, cada línea, cada respuesta correcta, parecía no significar nada. Porque aunque hiciera todo bien, mi cabeza seguía atorada en una sola cosa: Luca.
Intenté concentrarme. Me puse música, mis audífonos siempre ayudan un poco. Esta vez no fue una canción lenta ni de esas que te hacen suspirar, no. Elegí rock y trap argentino, esas que tienen ritmo fuerte y no te dejan pensar en otra cosa... al menos en teoría. Pero los pensamientos no se iban. Siempre volvían, silenciosos, insistentes, a recordarme todo lo que había pasado hoy en el colegio, el papel, su mirada, cómo todo se había vuelto más complicado de lo que esperaba.
Las tareas estaban terminadas, pero no podía dejar de mover la pluma en círculos sobre el cuaderno, dibujando líneas que no significaban nada. Cada línea era un tic nervioso, un intento de sacar de mí todo lo que no podía decir. Frustración. Eso era lo que sentía. Me sentía atrapada, atrapada por mi propia incapacidad de ser directa.
Pensé en Victoria, Vico. Siempre me caía bien, y aunque no le contara todo, era buena para distraerse sin complicaciones. Le escribí: "Oye, ¿ya hiciste las tareas?".
"Todavía no", me respondió al instante. "Es que estoy complicándome un poco con historia".
Me ofrecí a ayudarla. "Dale, puedo ayudarte", le escribí.
Pocos segundos después, abrimos videollamada. La pantalla se llenó de su cara sonriente y habladora, y por un momento sentí que podía respirar un poco. Hablamos solo de las tareas, de fórmulas, resúmenes, fechas de revoluciones, nombres de autores... nada más. Cada vez que un pensamiento sobre Luca aparecía, lo empujaba lejos y me concentraba en explicarle algo a Vico o corregirle un error. Era un esfuerzo, pero funcionaba.
—Ah, sí, eso tiene sentido —le dije—. Mira, fíjate que en la fecha...
Mientras hablaba, me sorprendí sonriendo un poco. No era la misma sonrisa que cuando estaba con Luca, no era la sonrisa nerviosa o pensativa, era más ligera, más fácil. Y me di cuenta de que necesitaba eso: un espacio donde no todo girara alrededor de mis sentimientos complicados, donde no estuviera atrapada en el papel, en la mirada que él me había lanzado, en todo lo que no me animaba a decir.