Free Heart

Capitulo X

𝐿𝑢𝑐𝑎

Cada vez que entraba al colegio me costaba respirar con normalidad. Mis ojos la buscaban de inmediato, como si mi cuerpo supiera que era imposible ignorarla. Nerea estaba ahí, caminando con su andar relajado, el pelo corto un poco despeinado que siempre parecía escaparse hacia sus ojos, los pantalones anchos y la ropa negra que la hacía parecer invisible y, al mismo tiempo, imposible de ignorar. Cada gesto suyo se me grababa en la mente: cómo se acomodaba el cabello mientras caminaba, cómo se inclinaba ligeramente para escuchar a sus amigas, cómo sus hombros se movían con naturalidad, cómo su risa a veces llegaba hasta mí, aunque intentara ignorarla.

Intenté concentrarme en la rutina, en los libros, en los apuntes, pero era inútil. Cada paso que daba por el pasillo sentía que todo desaparecía excepto ella.

—¿Qué te pasa, Luca? Estás en otro mundo —me dijo Nico mientras nos acomodábamos para la primera clase.

—Nada, todo bien —respondí, aunque mi sonrisa era forzada.

Nicole, como siempre, parecía entender sin palabras. Me lanzó una sonrisa cómplice mientras susurraba:

—Hoy es el día, decile algo, loco.

Asentí, aunque sentía que mi boca estaba sellada por miedo y ansiedad. Cada vez que pensaba en acercarme, un nudo se formaba en la garganta. Tenía miedo de que si decía algo y ella no sentía lo mismo, todo se arruinara. Y aun así, el deseo de decírselo crecía con cada minuto que pasaba.

Durante la primera clase intenté concentrarme, pero todo era un murmullo confuso. Cada vez que Nerea movía la cabeza, ajustaba los audífonos o miraba por la ventana, sentía un tirón en el pecho. Recordé el papel que se le cayó, cómo lo agarré, lo leí en silencio, lo guardé sin decir nada. El recuerdo me hacía sentir tanto deseo como frustración. Cada segundo sin acercarme parecía alargar la distancia entre nosotros y, al mismo tiempo, encender algo que no podía controlar.

—Dale, Luca, hoy tenés que hablar —me susurró Nicole mientras caminábamos hacia el patio.

—No sé si puedo —respondí, con la voz baja, casi para mí mismo.

El recreo parecía eterno. La veía moverse entre sus amigas, reír, hablar, y a veces sus ojos se escapaban hacia mí. Yo hacía lo mismo, buscando su mirada de reojo, y cada cruce era un juego silencioso que me mantenía atrapado, un tira y afloja que consumía cada parte de mi mente.

—Si no le decís ahora, no sé cuándo lo vas a poder hacer. Menos de un mes te queda acá —dijo Nicole, insistente, mientras miraba cómo Nerea se alejaba por el patio.

Asentí sin decir nada. Mi corazón latía a mil por hora y cada gesto suyo me recordaba que pronto no la vería todos los días, y que cada instante sin hablarla hacía que todo fuera más intenso e imposible de ignorar.

Cuando terminó el recreo y volvimos a clase, traté de concentrarme en las materias, pero cada minuto estaba atrapado en sus movimientos, sus gestos, sus miradas furtivas. La ansiedad crecía y mi cabeza no paraba de pensar en ella, en lo que podría decirle, en lo que estaba sintiendo y en lo que ella podría sentir también.

𝑁𝑒𝑟𝑒𝑎

Llegar a casa después de un día así era como soltar todo el aire que había estado conteniendo desde la mañana. Caminé con Angie, hablando de cosas superficiales para no pensar en él, pero cada palabra se sentía vacía. Por dentro, mi pecho estaba apretado, y mis pensamientos giraban una y otra vez sobre Luca: su pelo despeinado, su sonrisa rápida, cómo me miraba, cómo me buscaba en silencio y yo no podía decir nada.

Cuando entré al departamento, Angie se fue a su cuarto y yo me encerré en el mío. Cerré la puerta con cuidado y dejé caer la mochila al piso. Me dejé caer sobre la cama y puse los audífonos. La música llenó la habitación: Artic Monkeys, y la canción que más me atrapaba era “Do I Wanna Know”. Sus acordes profundos y la voz de Alex Turner me envolvían, me transportaban a él. Cada nota parecía recordarme su presencia, cada línea de la canción me llevaba a los momentos que habíamos compartido sin palabras, los gestos furtivos, las miradas que decían más que cualquier conversación.

Me levanté del piso y fui a hacer las tareas. Era un intento de concentrarme, de ocupar mi mente, pero incluso los ejercicios más simples se mezclaban con pensamientos sobre Luca. Mientras escribía, veía su pelo negro un poco despeinado, su manera relajada de caminar por el patio, cómo guardaba mi papel sin decir nada, cómo jugaba vóley con naturalidad y cómo yo lo observaba desde la distancia. Cada recuerdo me hacía desear acercarme y decirle todo lo que sentía, pero el miedo me detenía.

Mientras trabajaba, pensé en Vico. Aunque no se relacione mucho con los demás, cuando está en confianza habla. Eso me identificaba: yo también era así. Callada, reservada, incapaz de expresar lo que sentía incluso con las personas más cercanas. Me pregunté si Luca también estaba atrapado en ese silencio, si sentía lo mismo que yo y no sabía cómo decirlo. La incertidumbre me llenó de ansiedad, pero también de un deseo creciente de acercarme y romper el silencio.

Al terminar mis tareas, me recosté sobre la cama, apoyé la cabeza en la almohada y dejé que la música me envolviera por completo. Cerré los ojos y recordé cada detalle del día: cómo buscábamos nuestras miradas de reojo, cómo me sonreía de manera casi imperceptible, cómo cada silencio era un lenguaje propio que solo nosotros entendíamos. Cada recuerdo me hacía desear tocarlo, decirle lo que sentía, pero al mismo tiempo me aterraba pensar en las posibles consecuencias.

Las horas pasaron lentamente mientras me sumergía en la música, en mis pensamientos, en mis emociones mezcladas. La frustración por no poder expresar mis sentimientos, la ansiedad de cada momento cerca de él, y el deseo de acercarme y finalmente hablar se entrelazaban en mi pecho. Me sentía atrapada en un laberinto de emociones del que no podía escapar, cada latido me recordaba lo que quería y lo que temía.



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En el texto hay: desamor, amistad, amor

Editado: 20.03.2026

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