Free Heart

Capitulo XI

𝐿𝑢𝑐𝑎

El colegio estaba raro, silencioso. La mayoría de los compañeros ya se habían ido y los pasillos vacíos hacían que cada paso retumbara demasiado fuerte. Hoy era miércoles y el viernes me iba. No podía creer lo rápido que pasaban los días; sentía que el tiempo me empujaba hacia algo que no quería enfrentar.

Subí al segundo piso, donde estudiaba Angie, y la busqué de inmediato. Ahí estaba Nerea, apoyada en la pared del aula, sola, con su pelo corto ligeramente despeinado y sus pantalones anchos que siempre la hacían parecer libre y al mismo tiempo inalcanzable. La luz del atardecer entraba por las ventanas y dibujaba sombras sobre su rostro, resaltando sus ojos marrones, profundos y oscuros, casi como si pudieran leer cada pensamiento mío. Intenté respirar, tratando de no demostrar la ansiedad que me devoraba por dentro.

—Hola... Nerea —dije, intentando sonar casual, aunque mi voz temblaba—. ¿Cómo te ha ido hoy? Bien, ¿no?

Ella levantó la mirada y me sonrió un poco, esa sonrisa que parecía tímida pero firme.

—Bien... —dijo—. ¿Y vos, Luca? ¿Todo bien?

Asentí. Mi corazón latía tan rápido que sentía que cualquiera podría escucharlo.

—Sí... bien —respondí—. Solo quería preguntarte algo... Nerea, ¿por qué siento que me has estado evitando?

Ella bajó la mirada, cruzó los brazos y suspiró, como si cada palabra que dijera necesitara pensarla mucho.

—No te estoy evitando... es que estaba ocupada con tareas —respondió, intentando sonar tranquila, aunque no podía ocultar la tensión que había en sus hombros.

—¿Segura? —pregunté, acercándome un poco más—. Porque siento que no me hablás, que me esquivás...

Ella me miró, y durante unos segundos sentí que estaba evaluando cuánto podía decirme sin mostrar más de lo que quería. Finalmente suspiró y dijo:

—No... no te estoy evitando —repitió—. Te lo juro.

El vacío que dejaban sus palabras me atrapaba. Sabía que no estaba mintiendo, o al menos no del todo, pero algo en su forma de mirarme me decía que había más detrás de esa negativa. Cada gesto suyo, cada respiración, cada mirada fugaz se grababa en mi memoria con una claridad que me dolía.

—Nerea... —dije con cuidado—. ¿Tú escribiste el papel que se te cayó en vóley?

Ella levantó la mirada y negó con la cabeza.

—No.

Sentí una mezcla de alivio y frustración. Sabía que estaba diciendo lo que quería que yo creyera. Sus labios permanecían sellados, pero sus ojos eran un laberinto en el que no lograba entrar. Cada segundo que pasaba sin poder decirle nada me quemaba por dentro, cada silencio suyo se sentía pesado, como un muro que nos separaba, aunque ambos sabíamos lo que pasaba.

Antes de que pudiera insistir, la puerta del aula se abrió y apareció Angie:

—Hermana, vámonos, que tengo hambre —dijo, tirándole suavemente del brazo.

Nerea se dejó llevar, lanzándome una mirada que no logré descifrar, y desaparecieron del aula. Me quedé allí, de pie, sintiendo que cada segundo sin poder decir algo era una punzada en el pecho.

Caminé de vuelta a mi casa por los pasillos vacíos, cada escalón resonando, cada sombra recordándome que se acababa el tiempo. Pensaba en cómo habían sido los días con ella: las miradas de reojo, los silencios que decían más que cualquier palabra, los gestos pequeños que nadie más notaba. Todo eso me golpeaba con fuerza y al mismo tiempo me calmaba, porque sabía que había algo verdadero entre nosotros, aunque nadie se animara a decirlo.

Al llegar a casa, todo estaba tranquilo. Mis hermanos en sus cuartos, la casa en silencio, como si el mundo hubiera desaparecido solo para mí. Subí a mi habitación, dejé la mochila en el piso y me senté frente al escritorio. Intenté concentrarme en las tareas, pero cada letra que escribía me recordaba a ella: su pelo negro despeinado, la forma en que escuchaba, los pantalones anchos, cada gesto, cada mirada furtiva que compartimos en estos días.

Los pensamientos me envolvían sin piedad. La veía sonreír de lado, cruzar los brazos, fruncir el ceño cuando algo no le gustaba, inclinar la cabeza hacia un lado mientras escuchaba. Cada detalle se mezclaba con la ansiedad de que pronto me iba, con la certeza de que no podría decirle lo que sentía antes de partir.

Estaba completamente absorbido en estos recuerdos cuando la puerta se abrió y mi mamá entró.

—Luca... —dijo, con expresión seria—. Mañana nos vamos a Neuquén. Papá acaba de recibir la confirmación del trabajo.

Mi mundo se detuvo. Neuquén. Mañana. No sabía cómo comunicarme con Nerea, no tenía su número ni sus redes sociales. La frustración me aplastó y me dejé caer sobre la silla, apoyando la cabeza en las manos.

Después de unos minutos, saqué el celular y escribí rápido a Nicole: "Nico, me voy mañana a Neuquén. No sé cómo decirle nada a Nerea. No tengo su contacto. Ayúdame."

Nicole respondió de inmediato y pidió videollamada. Su rostro apareció en la pantalla, sonriente pero preocupado.

—Luca, ¿qué pasó? —preguntó—. Te veo muy tenso.

—Me voy mañana a Neuquén —dije—. Y no sé cómo comunicarme con Nerea. No tengo su contacto.

Nicole frunció el ceño, poniéndose seria por un segundo, pero con comprensión en la mirada.

—Mañana te vas?

—Sí..y quiero hablar con ella antes.

—Mirá... —dijo, apoyando la mano sobre la barbilla—. Si yo estuviera en tu lugar, sentiría lo mismo. Y creo que vos lo sabés, que ella también se da cuenta de lo que sentís, aunque ahora no pueda mostrártelo. A veces, Luca, las cosas se sienten más difíciles de lo que realmente son, pero no significa que no haya forma de arreglarlo después.

—Pero..¿Y si no hay otra oportunidad? ¿Y si mañana ya todo se rompe entre nosotros? ¿Y si.. Me olvida?

Nicole suspiró y sonrió, intentando tranquilizarme.

—Mirá, Luca... yo sé que la querés. Y sé que ella también... aunque ahora no pueda mostrártelo. Esto no es el final. A veces los finales vienen después de mucho silencio y de esperar un poco. Ahora solo tenés que prepararte para lo que viene y... no dejes de sentir lo que sentís. Nadie puede quitártelo.



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En el texto hay: desamor, amistad, amor

Editado: 20.03.2026

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