Free Heart

Capitulo XV

𝐿𝑢𝑐𝑎

Hoy se cumple una semana desde que llegué a Neuquén. El colegio es enorme.

Todavía me pierdo en los pasillos. A veces finjo que sé a dónde voy, pero no es así. Solo camino, como si en algún momento fuera a encontrar un lugar donde encajar.

Todos parecen tener su sitio. Sus amigos. Sus rutinas. Yo no.

A veces siento que, si mañana no viniera, nadie lo notaría. Y no es que me ignoren; es peor. Es como si todavía no existiera del todo.

Hay gente por todos lados, risas, grupos armados y yo estoy ahí, pero no estoy. Escucho conversaciones que no entiendo, chistes de los que no soy parte, nombres que todavía no sé.

Y me doy cuenta de algo: todos ya tienen una historia acá. Yo soy el que llegó cuando todo ya había empezado.

En Buenos Aires era distinto.

No tenía que pensar tanto. No tenía que dudar. Con Nico y Nerea no existían los silencios incómodos.

Acá sí.

Acá el silencio pesa. Porque no sé con quién llenarlo.

A veces estoy por decir algo, pero me detengo. Y después ya es tarde. Me quedo con la sensación de que todo podría haber sido distinto si hubiera hablado.

Me pasa todo el tiempo.

Y es agotador.

Me pregunto si Nerea pensó en mí cuando se enteró de que me fui. Si le dolió un poco, o si simplemente siguió con su día.

Porque yo no pude hacer eso. No pude seguir como si nada.

No pude despedirme.

Y a veces siento que eso lo arruinó todo.

Como si hubiera dejado algo importante sin cerrar, y ahora ya no hay forma de volver atrás.

Conseguí su número y pienso en escribirle. Muchas veces.

Pero no sé qué decir. Y tampoco sé si debería.

Y mientras más lo pienso, menos hago.

Y así pasan los días.

Intento convencerme de que esto va a mejorar, de que en algún momento dejaré de sentirme así, pero hay días en los que no quiero que mejore.

Porque si mejora, tal vez deje de pensar en ellos.

Y no sé si quiero eso.

Porque es lo único que todavía me hace sentir un poco... yo.

Si pudiera volver, lo haría. No por el lugar. Por las personas.

Por lo que era cuando estaba con ellos.

El recreo se me hizo eterno.

No porque hubiera algo diferente.

Sino porque todo seguía igual. Porque no pasaba nada.

Caminé un rato sin rumbo, como venía haciendo todos estos días. Miraba a la gente, pero sin verlos de verdad. Grupos formados, risas, empujones, conversaciones que sonaban importantes... y yo afuera, como si estuviera detrás de un vidrio.

Terminé cerca de la cancha casi sin darme cuenta.

Había un partido armado. Nada serio. Solo chicos corriendo detrás de una pelota, gritando como si fuera la final del mundo.

Me quedé ahí, en el borde, sin decidir si irme o quedarme.

Al final me senté.

Apoyé los brazos sobre las rodillas y me quedé mirando. No porque me interesara demasiado... sino porque no tenía nada mejor que hacer.

El sonido de la pelota contra el piso, las zapatillas frenando de golpe, los gritos de "¡pasala!" o "¡solo!"... todo eso me resultaba familiar. Demasiado.

Por un segundo me vi en Buenos Aires.

En otra cancha, con otras voces.

Nico gritándome algo que nunca entendía, y yo igual me reía.

Tragué saliva y bajé la mirada.

No tenía sentido seguir pensando en eso.

La pelota salió disparada de la cancha y rodó hasta donde estaba.

Se frenó justo frente a mis pies.

La miré unos segundos.

Podría haberla dejado pasar. Hacerme el distraído.

Pero no.

La frené con la suela y la empujé de vuelta, medio torpe, pero suficiente.

—Buena —escuché que alguien dijo.

Levanté la mirada.

Un chico del grupo me miraba. Axel. Me sonaba el nombre de clase, aunque nunca habíamos cruzado más que alguna mirada rápida.

Se acercó un poco, todavía con esa respiración agitada de haber estado corriendo.

—¿Jugás? —preguntó, con la naturalidad de quien no espera un no.

La pregunta me pesó más de lo que debería.

Me quedé callado, un segundo apenas. En mi cabeza todo empezó a girar. Si decía que sí... me metía de lleno. Expuesto. Hay riesgo de hacer el ridículo.

Si decía que no... volvía a lo de siempre.

—Más o menos —dije al final, encogiéndome de hombros.

Axel sonrió apenas, como si esa respuesta no cambiara nada.

—No importa. Vení igual. Falta uno.

Miré alrededor, instintivamente. Como buscando a alguien más. Alguien que encajara mejor que yo en esa escena.

Pero no había nadie.

Era a mí.

Sentí ese nudo en el pecho. Ese instante donde una decisión mínima se vuelve gigante

Que si voy a quedar como un inútil. Que si nadie me va a pasar la pelota. Que sí me voy a arrepentir.

—Dale —insistió Axel, tirándome la pelota suave.

La agarré casi sin pensarlo.

La sostuve un segundo entre las manos.

Y sin darme tiempo a seguir dudando... me levanté.

Cada paso hacia la cancha se sentía raro. Como si no fuera mi lugar. Como si en cualquier momento alguien fuera a decirme que me equivocaba.

Pero nadie dijo nada.

Cuando entré, uno de los chicos apenas me miró:

—Jugá por la izquierda —dijo, como si ya supiera que yo era parte.

Sin preguntas. Sin miradas raras. Y eso... me descolocó.

El partido siguió sin pausa.

Al principio me quedé medio quieto, desubicado, sin saber bien dónde pararme. Llegaba tarde a las jugadas. Dudaba antes de moverme. Pensaba demasiado.

Hasta que en un momento alguien me gritó:

—¡Luca, solo!

Levanté la cabeza.

La pelota venía hacia mí.

La frené como pude y, sin pensar tanto, la pasé rápido. Nada especial. Pero suficiente.

—Bien ahí —escuché.

Y no fue la gran cosa... pero tampoco fue nada.

De a poco empecé a moverme más. A correr sin pensar tanto. A equivocarme... y seguir igual.

El ruido dejó de ser lejano. Las voces empezaron a tener sentido.



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En el texto hay: desamor, amistad, amor

Editado: 20.03.2026

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