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—¿Se encuentra bien, señorita?
El hombre me extendió en su mano el bolso y lo tomé.
—Sí, gracias.
—Bien, que tenga un buen día.
Estaba a punto de irse y entré en pánico, así que lo sujeté por el traje.
El hombre bajó la vista hacia mi mano aferrada a la tela y frunció levemente el ceño.
—Disculpe… Es solo que me preguntaba si estaría bien invitarlo a un almuerzo como agradecimiento —me excusé.
Obviamente quería contratarlo como guardaespaldas, pero no podía pedírselo a la ligera.
—Temo que voy a rechazar su propuesta. Adiós. —Y sin más, se marchó.
Traté de seguirlo, pero uno de los guardias me detuvo para decirme que debía hacer la denuncia. Le aseguré que lo haría, pero cuando giré en busca del hombre, ya había desaparecido.
‹‹No puede ser… se me escapó de las manos››, pensé.
Resoplé indignada, como una niña a la que acaban de negarle el juguete de sus sueños.
Regresé con Leah después de hacer la denuncia. Ella se veía bastante afectada, pero le aseguré que estaba bien.
Almorcé tranquilamente, pero al mismo tiempo perdida en mis pensamientos.
Mientras que Leah parecía estar un poco nerviosa, mirando alrededor.
No la culpaba, después de recibir aquella carta y de que sucediera el robo, yo también me comenzaba a sentir ciertamente inquieta.
Cuando terminamos nuestro almuerzo, regresamos a la oficina.
Aún faltaban un par de entrevistas más por hacer.
Le di unas palmaditas en la espalda a Leah para tranquilizarla, pero ella dio un respingo, aún estaba consternada por lo sucedido.
—Tranquila, Leah. Ya encontraremos a alguien —dije tratando de calmarla.
Ella asintió y apretó la correa de su bolso.
Ella era una gran amiga, y siempre se preocupaba por mí como yo por ella.
Al llegar a la sala de espera, tal fue mi sorpresa que parpadeé varias veces, entusiasmada de ver al mismo hombre.
Él se puso inmediatamente en pie, y nos miró a ambas con un pequeño gesto casi invisible de sorpresa.
—Buenas tardes —saludó seriamente.
—¿Viene a la entrevista? —cuestioné, guardando cualquier emoción evidente y volviendo a mi modo CEO.
—Así es.
—Pase —dije entrando en la oficina.
Dejé mi bolso a un lado de la silla y saqué la carpeta con los currículums.
—¿Cúal es su nombre? —dije buscando entre los papeles.
—Rhys. Rhys Kane.
‹‹Es un bonito nombre››, pensé. ‹‹Perfecto para un personaje literario››.
Seguí buscando hasta que encontré su currículum.
—Bien. Empecemos con la entrevista.
Mientras hacía las preguntas y él las respondía, le iba echando un ojo a los papeles que tenía en mis manos.
RHYS KANE
Seguridad Ejecutiva | Estrategias de Protección | Operaciones Encubiertas
Residencia actual: confidencial
Contacto: [clasificado]
Teléfono: [clasificado]
Levanté una ceja al ver que todas las posibles maneras de contactar eran clasificadas. Qué rayos…
Proseguí con su perfil profesional y su experiencia. Cuanto más leía su currículum, más interesante se volvía.
En su experiencia figuraba recientemente como agente de seguridad privada. Además, trabajó en el Servicio de Inteligencia Táctica por 6 años, así como en las Fuerzas Armadas en la Unidad de Operaciones Especiales por 4 años con una baja honorable. Leí algunos puntos importantes: participación en operaciones internacionales de recopilación de información y neutralización de amenazas; entrenamiento especializado en perfiles psicológicos, manipulación de información y tácticas de infiltración; clasificación de seguridad: nivel máximo autorizado.
Vaya… este hombre estaba increíblemente capacitado. Prácticamente era perfecto para el trabajo. De hecho, no había visto un currículum como este desde que empecé a contratar guardaespaldas.
Seguí leyendo el resto del papeleo: la educación, donde decía que hablaba inglés, español y alemán, entre otras cosas, y las habilidades: evaluación y neutralización de amenazas, combate defensivo y ofensivo, seguridad encubierta, entre otros.
REFERENCIAS
Disponibles solo bajo solicitud directa de la entidad contratante. Clasificación restringida.
Las palabras ‹‹restringida›› y ‹‹clasificado›› se repetían con frecuencia. Levanté la vista mientras lo escuchaba responder una de las tantas preguntas.
Me pregunté si podía leerme o si era tan bueno como yo para deducir situaciones.
Carraspeé para cuestionar algo que no era parte de la entrevista, pero que me estaba matando de la curiosidad.
Cerré la carpeta con suavidad y entrelacé los dedos sobre ella.
—Aquí dice que puede leer el lenguaje corporal.
—Sí —respondió sin dudar.
Alcé una ceja, no esperaba que respondiera tan directamente.
—Entonces… ¿Puede leerme?
Estaba muy serio, pero habló con una leve pausa reflexiva:
—Está más nerviosa de lo que quiere aparentar —me miró directo a los ojos—. Pero no por mí. Tiene muchas capas puestas, como si fuera alguien acostumbrada a ocultarse… aunque no deja de ser directa. Es contradictorio. Controlada, pero no indiferente.
‹‹No puede ser››.
Lo miré sin moverme y contuve el aire. Mis labios se curvaron apenas, más por sorpresa que por agrado.
—¿Siempre es así de… incómodamente preciso?
—Solo cuando me lo piden —dijo sin sonreír, pero su tono tenía una leve inflexión irónica.
Me reí un poco a mi pesar. Luego lo observé de nuevo, con un poco más de seriedad. Algo en él me intrigaba, aunque intenté que no se me notara.
—Perfecto. No me gustan los que fingen no ver nada.
—Y yo no trabajo con quienes pretenden que no pasa nada.
Nos miramos por un segundo más. Empate. Y ahí, en ese cruce de frases y miradas, ambos entendimos algo: esto no será una relación profesional común.
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empresaria poderosa, guardaespaldas y protegida, exmilitarenigmaticoyvaliente
Editado: 06.06.2026