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Esa noche le envié un mensaje a Leah para pedirle que fuera a mi departamento a cuidar de Nero, y de paso le di la contraseña de mi penthouse.
Cuando Frederic volvió, Alice había terminado de cocinar la cena con mi ayuda y la de Rhys.
Pusimos la mesa y nos sentamos los cuatro en un silencio incómodo.
—La comida está deliciosa —dije tratando de quitar algo de tensión, pero lo cierto era que aún estaba un poco molesta con Frederic.
Y, aunque era el padre de Rhys, no dejaría que lo tratara mal y mucho menos me dejaría intimidar.
En ese instante, Frederic dejó caer la cuchara en el plato, y el tintineo metálico resonó en todo el comedor.
Todos dejamos de comer y lo miramos expectantes.
—Yo… —comenzó a decir—... solo quiero decirte que no menosprecio tu trabajo, es solo que me preocupa, y no quiero —respiró hondo—, que te pase lo mismo que a tu hermano. Lo siento, no soy muy bueno expresándome —dijo jalándose el cuello de la camiseta, como si estuviera sofocándose.
Ahora entendía perfectamente de quién había heredado el “no soy muy bueno expresando mis sentimientos”.
Rhys tragó, y miró a su padre con comprensión.
—Está bien, papá.
—No, no lo está —dijo pesaroso—. Solo quiero que sepas que tu madre y yo te amamos mucho. No importa lo qué haya pasado, nunca te hemos culpado por la muerte de tu hermano. Eso solo fue algo inevitable que estuvo fuera de tus manos. No puedes tener todo bajo control siempre.
Rhys asintió con los ojos cristalizados, su rostro se sonrojó y siguió comiendo, pero no derramó ni una lágrima.
Era como si se estuviera reprimiendo todo el tiempo.
—Rhys, mírame —dijo Alice acongojada.
Él evitó sus ojos, pero su madre tomó su rostro entre sus manos.
—Escúchame bien, porque no volveré a repetirlo. La muerte de Liam no fue tu culpa.
—Pero yo no estaba allí —murmuró él, con la voz quebrada—. Si hubiera estado…
—¿Qué? ¿De verdad crees que habrías podido detener una bala? ¿Habrías detenido una guerra? —preguntó ella, y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas—. Eras su hermano, Rhys, no un Dios.
Él apretó la mandíbula.
—No puedes pasar años castigándote por algo que nunca estuvo en tus manos. Y duele… porque el día que perdí a Liam, sentí que también te perdía a ti.
Rhys levantó la vista por primera vez.
—Liam te adoraba. Estaba orgulloso de ti. ¿Crees que quería que vivieras atormentándote? ¿Que cargaras con su muerte como una condena?
Negó lentamente.
—Entonces deja de castigarte por sobrevivir.
Ella acarició su mejilla con ternura.
—No le fallaste a tu hermano, Rhys. La guerra les falló a ambos. Y aunque lloré en silencio a Liam todos los días, todavía tengo un hijo aquí conmigo… —su padre me miró—... y no pienso perderlo también.
Él lo comprendió.
Jamás podrían recuperar a Liam, pero se tendrían el uno al otro por lo que quedara de sus vidas.
Me sentí conmovida, triste y feliz al mismo tiempo. Era extraño.
Luego de esa conversación, la incomodidad y la tensión desaparecieron.
Después de la cena, Alice nos llevó al segundo piso, donde estaban las habitaciones.
Hacía tanto frío que moría de ganas de acurrucarme entre las cobijas.
—Está justo como la dejaste —dijo ella abriéndole la puerta a Rhys.
La habitación estaba ordenada. Un par de fotos y certificaciones decoraban la pared al lado de su cama. Había un ropero, una mesa de noche y un escritorio con silla. Además de eso, había otra puerta, probablemente era el baño.
—Las sábanas están limpias. Entonces, los dejo —dijo sonriendo e iba a cerrar la puerta.
—Espere, ¿no hay otra habitación? —dije precipitadamente.
—Querida, puede que seamos mayores, pero no somos tradicionalistas —rio suavemente.
—No, mamá…
—Creo que lo malinterpretó —aclaré antes que Rhys—. Él y yo solo somos… amigos —sonreí nerviosa, pero fue más una sonrisa forzosa.
—Oh, yo pensé… —dijo señalándonos—. Que ustedes dos eran pareja.
—Aún no.
Estuve a punto de llevarme la mano a la boca, sorprendida por lo que acababa de decir.
Sentí mi rostro acalorarse y Alice rio suavemente.
—Ya veo. Bueno, si te sientes incómoda, puedes dormir en otra habitación.
—Mamá —dijo Rhys, desconcertado.
—Está bien —le dijo ella a él—. Ven conmigo.
Ella me llevó al frente de la habitación de Rhys y abrió la puerta.
Ahora entendía por qué Rhys había reaccionado así. Era la habitación de su hermano.
Sobre el escritorio aún descansaba una vieja bola de béisbol y un guante. También había una fotografía de Rhys y él de adolescentes.
—Si no quieres dormir aquí, podemos cambiar. No me molesta que duermas en mi habitación —dijo Rhys con cierta preocupación.
Supongo que no quería que me sintiera incómoda.
—Estaré bien —dije sentándome en la cama y mirando todo alrededor.
—Bien, entonces descansa. Ten una buena noche —se despidió la madre de Rhys.
—Ustedes también —dije antes de que cerrara la puerta.
—¿Estás segura? —preguntó Rhys al otro lado de la puerta.
Me lo imaginaba con una oreja pegada a la puerta tratando de escuchar. Reí por lo bajo, solo de pensarlo me hacía gracia.
—Sí.
—Bien, si necesitas algo puedes ir a mi habitación… quiero decir… que si me buscas te ayudaré.
Reí nuevamente, parecía nervioso.
—De acuerdo.
La sombra de sus zapatos seguía viéndose por debajo de la puerta, hasta que finalmente desapareció y escuché sus pasos alejarse debido al piso de madera.
Me levanté de la cama para encender la calefacción y dormir a gusto.
Al principio falló en encender, pero luego del tercer intento finalmente empezó a calentar.
Me quité los zapatos y me metí bajo las cobijas, apagué la luz de la mesita de noche y me dispuse a dormir.
Como no habíamos traído ropa de cambio por el imprevisto que sucedió en carretera, no pude asearme, aunque lo deseaba: una ducha con agua caliente y ropa limpia.
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empresaria poderosa, guardaespaldas y protegida, exmilitarenigmaticoyvaliente
Editado: 29.08.2026