Fríos Inviernos Para Un Corazón

Prologo × Un corazón bajo la tierra helada

Aún conservo en la memoria la imagen de mi madre mirándome desde la ventana. Tenía una sonrisa cansada pero cálida, y desde allí me observaba jugar en el patio. Yo solía correr de un lado a otro, gritando a todo pulmón mientras perseguía la sombra del viento, una ilusión fugaz que solo mis ojos de niño creían poder capturar.
En aquel entonces, a menudo me detenía y me preguntaba: «¿Por qué no sale a jugar conmigo?».

A veces, cuando la noche caía y el mundo se quedaba a oscuras a la hora de dormir, podía escucharla llorar detrás de las paredes de mi cuarto. Era un sonido ahogado, intermitente, como si el frío concreto intentara lapidar los murmullos de su dolor bajo sus gruesas capas.

Cuando eres niño no entiendes muchas cosas. La ingenuidad te sirve de escudo ante las grietas del mundo y, por esa misma ignorancia, aprendes a reprochar y a juzgar a los demás con una dureza implacable. En la infancia, los problemas parecen resolverse tan fácilmente que, cuando por fin creces, la vida te sirve en la mesa un plato amargo de cruda realidad.

Pocas veces vi a mi madre cruzar la puerta hacia el exterior. La última vez que lo hizo, mi padre se sentó a mi lado por la noche y me dijo que no volvería. Me explicó que mamá tenía algo importante que hacer, que estaría lejos por mucho tiempo, pero que algún día, seguramente, podríamos reencontrarnos.
Estoy seguro de que él hizo lo mejor que pudo con las palabras que tenía. Pero, viéndolo en retrospectiva, decirme sin rodeos que mamá había muerto habría sido lo mejor para ambos. Aunque, siendo sinceros, ¿cómo iba a explicarme algo que ni siquiera él lograba entender?

Sería lógico pensar que, con el paso de los años, algún día me diría con sinceridad lo que realmente ocurrió. Pero la lógica es un mito cuando se trata de los adultos.

Desde aquel día, el mundo se sintió distinto. Papá comenzó a moverse como las manecillas de un reloj inerte; giraba y avanzaba únicamente porque la inercia de la vida lo empujaba a hacerlo. Tengo la absoluta certeza de que, en algún rincón oscuro de aquellas primeras semanas sin mamá, él simplemente se fue tras ella. Lo que caminaba por los pasillos de nuestra casa era solo su cascarón vacío.

Supongo que, como una herencia silenciosa, con el tiempo me ocurrió exactamente lo mismo. Mi refugio fueron los libros. Podía pasarme horas enteras con la mirada vacía, clavada en el techo, preguntándome en el silencio de mi habitación si habría algo más allá de todo esto; si algún día reuniría el valor suficiente para huir de este pueblo, tal y como tantos otros ya habían hecho.
Pero, si he de ser sincero, debo admitir la verdad: el recuerdo de mi madre seguía anclándome a este lugar, atándome con cadenas invisibles que aún me negaba a romper.

Ahora que lo pienso, ni siquiera recuerdo si tuve la oportunidad de despedirme de ella. He olvidado qué fue lo último que le dije.

Por muchos años le pedí a Dios que, por favor, hubiese sido un «te quiero». Me arrepentí de no haber dicho tantas cosas, de tantos silencios cobardes. Cualquiera pensaría que ese arrepentimiento se transformaría en una lección de vida, pero te repito lo mismo: la lógica no funciona en los adultos. Crecen tanto que terminan convirtiéndose, irremediablemente, en aquello que juraron no ser.

Y entonces, todo cambió.

Aún recuerdo el día en que Amatsuki Rin se cruzó en mi camino. El día en que irrumpió en mi vida como una brisa que se cuela por una ventana abierta. Llenó los espacios vacíos, sacudió el polvo de mis días y, tan rápido como llegó, se marchó. Fue como una nevada de invierno: lo cubrió todo de blanco, marchitó lo que quedaba a su paso, pero en su silencio, preparó pacientemente la tierra para la llegada de la primavera.

Hoy voy a contarte algo que nunca debió escapar de mis labios. Un suceso que me esforcé con desesperación por borrar de mi mente.
Sin embargo, te advierto que, antes de llegar a la verdad, debes escuchar esta historia desde el principio. Solo así las piezas rotas de aquel entonces cobrarán sentido. Solo así entenderás por qué decidí desaparecer en el silencio durante tanto tiempo...

Entenderás por qué tuve que caminar hasta aquel solitario roble en el claro del bosque, cavar en la tierra helada y sepultar allí mi corazón. Porque antes de que la primavera traiga su redención, a veces la vida te obliga a soportar los más fríos inviernos para un corazón.




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