Punto de vista de Kadian Helkar
Varios meses habían pasado desde que llegamos a Clifland, y tras nuestra despedida con Mork y Ness, nuestro viaje se ralentizó seriamente.
Mi grupo y yo debíamos ser cuidadosos, por culpa de la absurda seguridad y los asfixiantes controles que Boris había implementado en las fronteras de cada provincia, obligándonos a movernos con una cautela que me estaba agotando la paciencia.
Tras medio año viajando como comerciantes, finalmente estábamos por llegar a Chiple, la ciudad que me recordaba como el epicentro del descontrol.
Mierda… si esto sigue así, nos retrasaremos demasiado con el otro grupo…. Me quejé internamente, sintiendo una punzada de molestia al ver cómo la caravana en la que veníamos infiltrados empezaba a acomodarse a un lado de la carretera, debido a la fuerte tormenta que había golpeado el lugar hace un par de días.
Quieto, sentado, sumido en la duda y sin poder hacer nada, empecé a considerar seriamente la idea de ordenar a mi grupo, que estaba camuflado entre los tripulantes, a partir a pie hacia Chiple, todo por la insistente idea de que nuestro viaje se alargaría más días, semanas o incluso meses por culpa de una simple tormenta. Intentando calmarme, respiré profundamente, recordando el alto riesgo que nos esperaba si hacía eso.
Acercándome a la ventana de mi cuarto en el carromato, pensé en distraerme, mirando a través del cristal transparente cómo un grupo de niños humanos jugaban con la nieve afuera, riendo y saltando ajenos a la guerra silenciosa que se libraba en este Reino.
¡¡Ahh!! ¡Esto es frustrante! Maldije, sintiéndome impotente nuevamente al no poder hacer nada más que mirar y esperar.
Desde que habíamos entrado al Reino, mi grupo se hizo pasar por comerciantes que buscaban llegar a la capital, para así vender productos del Continente Central que traíamos con nosotros, y que habíamos comprado en la primera ciudad por un alto precio.
Continuando con nuestro plan, me vi forzado a ocultarme, por culpa de mis rasgos como persona de la alta nobleza o realeza, ya que mi cabello blanco, ojos dorados y rasgos físicos, delataban rápidamente mi raza ante cualquier guardia con los ojos ligeramente entrenados en este Reino.
Seguía sumido en ese ciclo de frustración hasta que escuché el sonido de la puerta abriéndose. Dando un vistazo, noté que era Irisha, mi esposa, que entraba en nuestra pequeña habitación cargando un vaso de chocolate caliente, cuyo aroma dulce logró relajarme un poco a pesar del caos en mi cabeza.
“Toma, esto te ayudará a sentirte mejor.” Dijo ella con suavidad, sentándose a mi lado mientras verificaba con un rápido movimiento de cabeza que nadie nos estuviera escuchando desde el exterior.
“Gracias.” Respondí, tomando un sorbo del líquido caliente. “Irisha… ¿qué crees que debamos hacer? ¿Deberíamos seguir por nuestra cuenta o realmente es mejor esperar a que esta maldita nieve nos deje avanzar?”
Irisha tomó un sorbo de su propio café, quedándose pensativa por un momento antes de soltar un suspiro y mirarme con amor.
“Kadian, a veces la victoria no pertenece al más rápido, sino al que sabe esperar el momento justo para golpear.” Empezó a decir, antes de continuar con preocupación. “Mira amor, debemos ser pacientes. Si salimos de esta caravana ahora, perderemos nuestra cobertura más valiosa ante los rumores que rondan en la caravana.”
“¿Rumores? ¿Qué rumores?” Pregunté, desconociendo las investigaciones que ella hacía cada día.
“Dicen que la guardia está en alerta máxima. Porque… bueno… se rumorea que… que el ‘Príncipe Traidor’ ha sido visto por estos lares.”
“¿¡Príncipe Traidor!?” Solté de golpe, sintiendo cómo la ofensa me atravesaba el pecho como una daga ante aquel burdo título.
Con ira, apreté inconscientemente la taza con tal fuerza que la cerámica empezó a agrietarse bajo mis dedos, aunque por suerte, al darme cuenta de mi estallido me detuve, antes de que el chocolate se derramara.
Respirando hondo, traté de calmarme, ya que me sentía profundamente insultado por las palabras que soltó Irisha.
“Cálmate por favor….” Susurró Irisha, poniendo su mano sobre la mía para que soltara la taza antes de que terminara de romperse.
“¿Cómo quieres que me calme?” Respondí en un susurro cargado de veneno, sintiendo cómo la sangre me hervía. “Esa basura se sienta en un trono manchado con la sangre de mi padre y mi hermana, ¿y ahora resulta que yo soy el traidor?”
Me sentía profundamente insultado, pero lo que vino después fue como un balde de agua fría que me dejó mudo. Irisha me miró con una tristeza que no esperaba, antes de continuar con lo que había descubierto en sus recientes paseos por los otros carromatos de la caravana.
“Kadian, tienes que entenderlo... las personas no solo repiten lo que dice el castillo. Ellas están cooperando activamente con la guardia para encontrarte.” Dijo ella, haciendo que mi corazón diera un vuelco de incredulidad. “Hay recompensas, sí, pero el sentimiento general no es de miedo... es de lealtad hacia él.”
No podía procesarlo. En mi mente, durante todo el viaje desde el Continente Central, me había imaginado a un Reino sumido en la oscuridad, con gente desesperada esperando a que su verdadero Príncipe regresara para liberarlos de la tiranía. Boris había matado a todos para obtener el poder, así que, ¿cómo era imposible que la gente lo quisiera?
“No tiene sentido... ¿Por qué estarían de su lado?” Pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.
“Al parecer, Boris ha hecho grandes cosas por el Reino en estos años.” Respondió Irisha, suspirando mientras se alejaba un poco para mirarme de frente. “Haciéndome pasar por una comercial novata, escuché a un grupo de comerciantes de otro carromato hablar con un fervor que me asustó.
Ellos dicen… que Boris es la ‘Reencarnación del Dios Dragón’. Que es increíble que alguien como él sea su gobernante y Rey, que lo aman, que creen que él salvó a Clifland de la debilidad de nuestro padre.”