From Man to a God (fmg)

Capítulo 40.3: Infiltrados en Clifland II 

Tras mi investigación en Chiple, tomé la decisión de guardar silencio sobre las cosas que descubrí esa noche, porque tanto para mí, como para varios de nuestro grupo, esta era una verdad demasiado pesada, una que amenazaba con destruirnos la moral antes de siquiera llegar a la capital.

Con un sabor agridulce en la boca, partimos finalmente un par de días después de nuestra llegada.

Para nuestro nuevo camino hacia las montañas, decidimos dejar atrás las caravanas y compramos una carreta de comerciantes, algo que nos permitió tener el control total de nuestro viaje, y en especial de nuestros tiempos.

Llevábamos varios días viajando por las carreteras secundarias, con el frío implacable del invierno y una nieve densa cubriéndonos a cada tramo. Con dudas en la mente por los comentarios de los ciudadanos en mi cabeza, el tiempo pasó, llevándose dos semanas en un parpadeo.

¿Realmente estamos haciendo lo correcto? Me preguntaba una y otra vez, mientras revisaba los apuntes de mi cuaderno. Si derroco a Boris... ¿podré mantener este nivel de seguridad y progreso? ¿O el Reino caería en el caos por mi culpa?

La duda era un veneno lento que avanzaba constantemente en mi cabeza.

Al caer la noche, decidimos acampar en un claro del bosque, protegidos por los árboles de los vientos helados para tener un momento con el grupo mientras nuestros animales descansaban. Encendiendo una fogata, nos sentamos alrededor, compartiendo un estofado caliente que Loniet había preparado.

“Si seguimos a este ritmo, llegaremos al río de Almond en dos meses.” Comentó Jacoby, limpiando su cuchara con un trapo. “Desde ahí, el camino a la capital debería estar más despejado para simples comerciantes como nosotros.”

“Esperemos que sí.” Respondió Lucio, frotándose las manos cerca del fuego. “Ya estoy harto de los malditos controles que nos encontramos cada dos días. Me hacen sentir como si fuera un criminal o algo parecido.”

Entre risas y quejas triviales, la noche se hizo más profunda y el fuego se redujo a brasas brillantes, con cada uno retirándose a sus respectivos cuartos dentro del carromato.

Con cansancio por mis dudas mentales, fui directo a mi cuarto para descansar, aprovechando que no me tocaba guardia esa noche. Al entrar, noté cómo Irisha me estaba esperando sentada sobre la cama, con su pijama puesta y una expresión de preocupación en el rostro, algo que me indicó que mi falsa cara había sido descubierta.

“Te noto distante, Kadian.” Susurró ella, una vez cerré la puerta detrás de mí. “Llevas varios días sin hablar de verdad, y eso es raro… estás distante, pensativo, como si algo malo te estuviera pasando.”

“¿Eh? ¿En serio? Seguramente es por el cansancio. Sí, por el viaje.” Mentí, sabiendo que ella no me creería del todo.

Irisha, al ver que no quería hablar del tema, o al menos no por ahora, no respondió con palabras, ya que me conocía mejor que nadie en este mundo. En su lugar, se levantó y me abrazó, un gesto simple pero cargado de afecto que logró romper un poco la barrera que había levantado. Sus manos recorrieron mi espalda, bajando la tensión de mis hombros mientras me miraba con esos ojos que siempre parecían leerme.

“Recuerda cariño, no tienes que cargar con todo tú solo, me tienes a mí… a la persona que más te ama en todo este mundo… por eso, si no quieres hablar de lo que te aqueja en este momento, está bien… lo entiendo. Al menos espero que esto te ayude a calmarte y sentirte mejor….” Dijo suavemente cerca de mi oído, antes de besarme, lenta y profundamente buscando borrar cualquier mal pensamiento en mi cabeza.

Mis manos, frías por el exterior, buscaron instintivamente el calor de su piel bajo la ropa, y lo que empezó como un consuelo matrimonial se transformó rápidamente en una necesidad mutua, una que no hacíamos hace semanas por culpa de los viajes.

“Irisha….” Susurré, empujándola suavemente contra las mantas de nuestra cama.

Era extraño, pero, tal como dijo Irisha, creo que a lo mejor necesitaba algo como esto, algo que me ayudara a no pensar, a dejar de analizar las estrategias de Boris, a dejar de cuestionarme.

Desnudándola, recorrí cada curva de su cuerpo que conocía de memoria con ambas manos, buscando perder la noción de la realidad en su aroma… y su tacto.

Con desenfreno, la pasión se apoderó de nosotros, rellenando el pequeño cuarto del carromato con el sonido de nuestra respiración agitada, y el hedor que implicaba todo esto.

Tras intensas horas, me sentía más calmado, con la mente fría y el cuerpo relajado por el sexo. Irisha, que al igual que yo estaba agotada, se acurrucó en mi pecho y brazo con uno de sus cuernos como apoyo, haciéndome sentir con claridad su respiración tranquila, y la calidez de su cuerpo desnudo junto al mío.

Suspirando, finalmente cerré los ojos, con una calma y felicidad que no sentía hace semanas.

...

Mi mente, jugando con mis recuerdos y las emociones que sentía me transportaron a cierto lugar, que quise olvidar todas estas décadas.

Este olor lo reconozco… lo recuerdo… metálico y denso como siempre. Sí… es de la sangre, de la sangre de mi familia y de todos aquellos que murieron ese día….

Abriendo los ojos en lo que parecía ser un sueño, me encontré de nuevo en aquel maldito lugar que cambió mi vida para siempre. La Sala del Trono.

Mirando alrededor, noté cómo todos estaban con la boca abierta, silenciosos por lo que pasaba en el centro. Cambiando mi campo de visión, vi que el suelo de mármol blanco, que siempre había brillado inmaculado, ahora estaba teñido de rojo.

“¡Esto solo es el comienzo!” Gritó Cael Rainhard desde el centro, desgarrado por el llanto que contrastaba con lo que había hecho. Lo vi ahí, frente a mí, con los ojos abiertos de par en par, llorando antes de levantar su daga manchada con la sangre del que juró proteger, mi padre el Rey.



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En el texto hay: aventura, muerte, isekai

Editado: 29.01.2026

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