—David, ¿y qué dijo tu esposa sobre el cambio? —cuestiona Rose.
Dicen que, detrás de cada buen hombre, hay una buena mujer. Pero creo que depende de cada persona el ser bueno o no. Y si este hombre es bueno, hablará maravillas de ella, pero sobre todo no la negará.
Veamos qué tiene que decir al respecto.
―Bueno, no hay mucho que decir..., ella falleció hace cuatro años —responde con naturalidad.
Silencio incómodo. Y ahora no sé qué decir. De hecho, nadie sabe qué decir.
—Cuanto lo siento, disculpa —dice Rose apenada.
—Debe ser duro para ti —Interviene Thomas―, no tenía idea. Andrew nunca mencionó nada.
—Él tampoco lo sabía.
—De verdad que pena, David ―Vuelve a decir Rose, tratando de disculparse una vez más, pero a estas alturas ya se le ve un poco incómodo.
—Descuida, no pasa nada ―asegura.
―¿Lo estás pasando bien, Regina? ―pregunta Thomas desviando la atención hacia mí, evitando hacerle más preguntas personales.
Aunque es obvio que solamente saca a Rose de su imprudencia que no fue intencional.
―Ehm, sí. ¿No se nota? ―inquiero nerviosa tras sentir la mirada de David sobre mí.
―No es un secreto tu fascinación por el baile, Regina. Te la has pasado aquí sentada desde que llegaste ¿Está todo bien?
―Sí, todo bien.
―¿Segura? ―pregunta esta vez Rose, pero yo mantengo la misma respuesta.
―Sí. Descuida, no me pasa nada ―aseguro restándole importancia.
―Bien, si tú lo dices. Por cierto, ¿te llamó el chico?
―¿Qué chico? ―pregunto confundida.
―El del café. Susan nos dijo que al final consiguió tu número ―explica y entonces comprendo que habla de Shane.
―Ah, olvidé ese detalle ―menciono divagando en mi mente, pero no pretendo contarle que justo hace unos días lo vi.
―¿Entonces es cierto? ¿Tienes un pretendiente en el café? ―pregunta Thomas con sumo interés, acomodándose en su asiento.
―No es un pretendiente ―corrijo, aunque sí lo es.
―No es lo que dijo Rose. ¿En verdad escribió su número en el vaso? ―inquiere con tono burlón.
―¿Tú no lo habrías hecho? ―cuestiono―. Es decir, si quisieras el número de Rose. Suponiendo que no la conocieras claro está, pero si quisieras y no supieras cómo...
―No ―responde tajante y con seguridad―. Por supuesto que no. Somos adultos.
―Bueno, eso no lo sabemos. El fin justifica los medios, y no puedes negar que los detalles así son lindos —defiendo recordando todas esas cartas que Samuel dejaba para mí en la facultad. Siempre había una en mi casillero.
Niego con la cabeza nerviosa ante esta situación, la cual es ajena para David porque solamente se limita a escuchar.
Para mi fortuna, el tío de Thomas llega al evento y él se encarga de hacerlo notar.
―Creo que lo discutiremos luego ―avisa―, llegó mi tío. Tengo que dejarlos por un momento. Rose ―se dirige a ella dándole a entender que ambos deben levantarse.
―Disculpen, en cuanto nos desocupemos regresamos.
―No hay problema ―aseguro.
―Adelante ―secunda David.
Ambos se levantan y caminan en dirección a la figura principal que ofrece este evento dejándonos solos.
―Así que, Señorita Mills ¿Siempre sale muy tarde? ―pregunta rompiendo el hielo.
―¿Qué? No, ja, ja, ja, yo... Es decir, a veces.
―Entonces, la explotan mucho en su trabajo y la hacen quedarse turnos extra ―supone pensativo.
―No, no es así ―aclaro―. Ese día yo huía de mi exmarido ―confieso como si él debiera saberlo y me doy cuenta hasta que he terminado de decirlo.
―Debió ser muy grave lo que sea que le haya hecho para que huya así de él. Inclusive para que no lo quiera escuchar.
―Lo fue. Sí.
―Y no se lo contará a un desconocido ―supone adelantándose a la conversación.
―Cierto ―admito.
―Bueno, no pido que me lo cuente. Pero ya no soy totalmente un desconocido, al menos ya sé su nombre ―dice con una sonrisa de satisfacción.
―Suena como si hubiese ansiado saberlo ―acuso robándole una sonrisa―, Señor Macfadyen.
―Lo ansiaba, sí.
―Vaya. Okey ―digo ante sus respuestas tan directas
―Oficialmente, nos conocemos un diez por ciento, Regina. ¿No hay problema si te tuteo? ―inquiere y niego con la cabeza esbozando una sonrisa―. Perfecto.
―No era mi intención montar un espectáculo ―digo excusando lo que sucedió.
―No, está bien. Lo del auto fue una excusa ―revela, y frunzo confundida el ceño―. Ni siquiera era el mío.
―Fuertes declaraciones ―digo sorprendida.
―Soy culpable ―confiesa falsamente colocando la palma de su mano sobre su pecho. Rio para mis adentros por lo irónica que resulta esta revelación―. Parece que todos quieren disfrutar de este evento menos tú, Regina. ¿Estás aburrida?